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¿Vodka en la urna?

Si fijamos a la alternancia, es decir, el cambio de partido político en la Presidencia de la República, como signo de que nuestra democracia existe, caemos en cuenta que este año llega a la mayoría de edad, con todo lo que esa circunstancia significa. Por ejemplo, inmadurez.

Nuestra democracia apenas cumplirá en julio su mayoría de edad pero ya muestra los problemas de las democracias con décadas de existencia, como la conversión de la política en general y las elecciones en particular en espectáculos.

Y muy vinculada la sigue la llamada guerra sucia, donde se “descubren” pecados del oponente o de plano se le inventan, sin olvidar que se agrandan al máximo los que ya tenga, sin preocuparse por demostrarlos en los hechos, pues al final de cuentas es un espectáculo.

Este es el contexto inicial para entender y saber qué hacer con la amenaza rusa hacia nuestras elecciones de julio, que en principio, debe de entenderse junto con el tercer elemento que viene de nuestra historia reciente, y que muestra a México como un importante centro de política internacional, incluido el espionaje.

En efecto, desde la I Guerra Mundial, México ha sido tomado en cuenta como actor de la escena internacional. Baste recordar las muchas investigaciones que demuestran que se ofreció a diversos gobiernos, aliarse con el nacional socialismo en contra de Estados Unidos y recibir beneficios sustanciales. Se trata de hechos históricos.

Ahora, la presunta injerencia rusa en las elecciones mexicanas es como una especie de segunda parte de la novela de la injerencia de Moscú en los comicios que llevaron a Donald Trump a ganar a la demócrata Hillary Clinton.

De acuerdo a trabajos periodísticos y oficiales, Rusia habría hackeado servidores electrónicos demócratas para conseguir correos electrónicos. También usó a sus medios informativos internacionales como RT y Sputnik para contar historias negativas demócratas. Y abrió cuentas a nombre de usuarios inexistentes o reales pero que no estaban enterados de como eran utilizados sus datos, para publicar “verdades reveladas” siempre negativas de Clinton y su partido.

Lo que ahora la justicia estadunidense trata de determinar, y cada vez parece acercarse más a su objetivo, es que el entonces candidato y actual presidente Donald Trump lo sabía e inclusive autorizó y hasta promovió.

Con ese arsenal de información fácilmente encontrable en la red, no debe de sorprendernos que Rusia quisiera intervenir en los comicios donde nuestra joven democracia cumple su mayoría de edad.

¿Y para que? Lo primero que debe tenerse presente es que poseen todo el potencial informático para hacerlo en México o en cualquier otro lugar del mundo, potencial que también poseen Estados Unidos, las principales potencias mundiales y China, que ya ha sido acusada de ataques cibernéticos contra empresas estadunidenses.

Lo que mueve a sospecha es que la denuncia mayor hasta ahora haya sido hecha por el secretario estadunidense de Estado Rex Tillerson en su visita de la semana pasada a México, en una nueva ofensiva y reafirmación de alianzas en contra del gobierno del venezolano Nicolás Maduro, quien sería un beneficiado colateral del presunto hackeo ruso a las elecciones mexicanas,
Es decir, la posibilidad técnica es un hecho, pero por ahora parece estar subrayada la intención de seguir forzando a México y a otros países del área a un abierto intervencionismo contra Venezuela, más allá de condenas y sanciones que hasta ahora no han funcionado para que la débil y dividida oposición venezolana tire al mandatario por sí misma.

Pero de ninguna manera deberían los actores políticos mexicanos desestimar la posibilidad del hackeo ruso pero viendo al mismo tiempo hacia otros focos de amenaza. América Latina vive un año donde México, Brasil y Venezuela cambiarán a sus ejecutivos y por su peso específico, la tendencia de sus mandatarios es vital para las definiciones del área en su conjunto. En México la moneda está en el aire, en Brasil Inacio Lula da Silva parece que se quedará viendo el partido electoral en la banca, y pese a los esfuerzos para tirarlo,

Maduro sigue gozando de cabal salud.
Más que el hackeo, una historia sobre la existencia de ese intervencionismo informático parece convenir a actores continentales específicos que están en el norte.

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