DACA y los parias

Pachuca, HGO.

Dic 13, 2017

A Criterio de

DACA y los parias

El presidente de los Estados Unidos pretende convertir a cientos de miles de migrados en parias.

Un hombre que es solamente un hombre carece de las cualidades indispensables para ser tratado como hombre. Todos necesitamos pueblo, ley, casa. Hannah Arendt pensaba en eso al reflexionar en el surgimiento del totalitarismo. Lo que quería decir es que el hombre solo es, si es ciudadano. Si pertenece a una ciudad, si sus derechos son reconocidos, si vive con tranquilidad en casa podrá ser persona. Los derechos se tejen en prácticas, en leyes, en instituciones. Quitarle patria a los judíos y a los comunistas, extirparlos de la comunidad a la que pertenecen, confinarlos en jaulas fue el preludio del horror totalitario. El fascismo necesita inventar una categoría de humanos sin derechos. Biológicamente humanos y, políticamente, cosas. Objetos de los que mejor valdría deshacerse. Ese enemigo es indispensable en la imaginación del fascista para encender el fuego del odio. Para fincar las bases del despotismo es necesario señalar a los indeseables, designarlos como peligro y emprender la campaña por la expulsión.
Cuando se describe al presidente de los Estados Unidos como un fascista debe atenderse, ante todo, a este impulso de perseguir y de excluir a los más débiles. Debe hablarse de su concepción de la política como un fermento de hostilidades. Su bautizo político fue un anuncio de odio contra los mexicanos. Violadores, narcotraficantes, delincuentes y, tal vez, una que otra buena persona. Hoy ha convertido su retórica en decisión política. La eliminación de DACA debe entenderse en esos términos: despojar de patria a miles de jóvenes. Convertir a cientos de miles en parias, en personas sin comunidad, sin raíz y sin destino. Quienes llegaron a Estados Unidos por voluntad de sus mayores, quienes ahí han vivido toda su vida, quienes han aprendido en inglés las letras y los números, quienes han hecho amigos y socios en esas tierras, quienes apenas tienen recuerdos de otro país y amasan sus proyectos allá han sido declarados como indeseables por el presidente Trump, un hombre que, para todo efecto, es su presidente. Se les condena por una falta que no cometieron, por acciones por las que no podrían, en modo alguno, ser responsables. ¿Migrantes? No: más bien migrados. Niños que fueron traídos por sus padres y que desde entonces han convertido a su nuevo país en casa.
Expulsarlos del único país que consideran propio es un acto de monstruosa crueldad. La decisión no sólo se sostiene en la impiedad sino en la mentira. Se describe a estos jóvenes como un peligro para la seguridad interior de los Estados Unidos cuando no son, ni remotamente, una amenaza. Se les acusa de robar empleos a los nativos ignorando las razones estructurales del desempleo contemporáneo. Se denuncia con hipocresía la ilegalidad de la medida adoptada por el presidente Obama, mientras la administración Trump ha insistido en las competencias migratorias del Ejecutivo. La medida anunciada por el fiscal general Sessions no es solamente una política inhumana, es también económicamente irracional. Expulsar a miles de jóvenes que son, desde cualquier punto de vista relevante, norteamericanos, que no han hecho nada mal es una obscenidad moral, decía Paul Krugman. Una obscenidad que no puede ocultarse con la absurda racionalidad económica que se ha invocado.
La única lógica que puede invocarse para llamar a la expulsión de jóvenes que trabajan y que estudian en Estados Unidos es la del racismo. La de la identidad amenazada por el Otro. La de una cultura que se siente insegura. Insiste Krugman en advertir que la medida contra DACA no es solamente un golpe a los jóvenes sino a toda la economía norteamericana que podría perder la energía de los nuevos contribuyentes. “No hay un lado positivo en esta crueldad, a menos de que simplemente se quiera menos gente con piel café y apellidos hispanos. Ese es, por supuesto, el fondo de este asunto.”
Atizando los rencores de su base, el presidente Trump sigue antagonizando a demócratas y republicanos de centro. La indignación que ha generado el anuncio es entendible. El presidente de los Estados Unidos pretende convertir a cientos de miles de migrados en parias. Ha decretado el desahucio de su verdadera comunidad. Muchos podrán haber nacido en México pero la mayoría ha perdido ya el lazo que los arraigaba. Arrancarle país a un ser humano, convertirlo en apátrida es arrancarle la piel.

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Criterio Hidalgo

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