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Es San Ivo

Las lenguas vespertinas (así dice doña Panoplia de Altopedo por decir “viperinas”) afirman que en el Cielo hay solamente un abogado. Es San Ivo, de quien se dijo en la Edad Media: “Advocatus et non latro, res miranda populo”. Es abogado y no es ladrón, lo cual admira al pueblo. Desde luego esa frase entraña una generalización injusta.
En la profesión del Derecho, como en todas, hay gente honesta y otra a la que ni siquiera le puedes decir dónde está el baño, porque el jabón se pierde. Advierto, sin embargo, que me estoy apartando del relato, y ni siquiera lo he comenzado todavía.
Sucedió que el buen San Pedro les informó a Adán y Eva: “Me asesoré con Ivo, y él estudió el asunto concienzudamente. Su conclusión es que no pueden ustedes cobrar regalías por el acto que inventaron después de que el Señor los echó del Paraíso”.
Don Chinguetas, libidinoso caballero, logró al fin que Famulina, la linda criadita de la casa, accediera a recibirlo en su cama aquella noche. En la oscuridad el rijoso señor aguardó a que su esposa, doña Macalota, estuviera roncando ya en todos los tonos de la escala, y luego se deslizó con paso tácitos hacia el cuarto de la apetecible mucama. Ella le abrió la puerta y le espetó una pregunta inusitada: “¿Tiene usted herpes?”. Sorprendido por tan insólita cuestión replicó don Chinguetas: “¡Claro que no!”.
La chica, entonces, lo admitió en su lecho. Consumada la deleitosa acción que ahí lo había llevado el salaz empleador le preguntó a la chica: “¿Por qué me preguntaste si tengo herpes?”. Respondió ella: “Porque a mí me pegaron eso hace unos días, y no quería que usté me lo fuera a pegar otra vez”.
Igual que Pedro Garfias yo tengo una novia regiomontana. Es la ciudad de Monterrey. Me dio su abrazo, generosa, y me ha entregado siempre los regalos del pan y del amor. Sin esos dones no puede vivir el cuerpo, ni el alma tiene vida. Por el cariño que esa gran metrópoli me inspira, y por el agradecimiento que tengo hacia su gente, me alegra todo lo que es de bien para ella, y me entristece o indigna lo que le causa daño. Ahora me preocupa la contaminación que su aire sufre.
El otro día, como hago con frecuencia, viajé por la autopista que une a la capital nuevoleonesa con mi ciudad, Saltillo. En las proximidades de Monterrey la capa de esmog era tan densa que no dejaba ver las montañas épicas, así bautizadas por Manuel José Othón. El humo neblinoso -o humosa niebla- ocultaba a la vista el emblemático Cerro de la Silla, colosal montura en la cual Alfonso el Sabio, don Alfonso Reyes, quería estar enhorquetado, una pata pa’ Monterrey y la otra pa’ Cadereyta.
Graves daños a la salud ha de causar esa tremenda contaminación. Desde luego la urbe regia no es la única que tiene ese problema. Muchas ciudades del país tosen por el esmog, uno de los precios que debemos pagar como tributo al automóvil, al desarrollo de la industria, al crecimiento urbano, a todo eso que lleva el nombre de modernidad.
Yo, que en el campo vivo la mitad de mi vida y que ahí respiro a todo pulmón, y a toda garganta, y a todo corazón, me pregunto junto con Babalucas, mi otro yo, por qué no se nos ocurrió hacer nuestras ciudades en el campo, donde el aire es limpio y puro. Y otra pregunta me hago: ¿cuál es la capital de Dakota del Sur?… Un soldado vio en el arsenal del cuartel una mina explosiva, y le pidió permiso a su jefe de llevársela. “¿Para qué la quieres?” -le preguntó, intrigado, el superior. Respondió el soldado: “Tengo sospechas acerca de la fidelidad de mi mujer.
Llevo un mes fuera de la casa. Hoy pondré la mina en la puerta trasera. Entraré a medianoche por la puerta principal y gritaré: ‘¡Ya vine!’. Luego me sentaré en la sala a oír la explosión”. FIN.

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