La reforma del 77 a 40 años

Pachuca, HGO.

Dic 15, 2017

A Criterio de

La reforma del 77 a 40 años

La potente conflictividad política y social que se vivió después del movimiento estudiantil de 1968.

El Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM organizó el seminario: “A cuatro décadas de la reforma político-electoral de 1977”. Fui invitado y me hubiera gustado estar, pero creí que en esa fecha me encontraría fuera de la ciudad. Habría dicho algo como lo siguiente sobre su circunstancia.
Esa reforma no se explica sin:
1. La potente conflictividad política y social que se vivió después del movimiento estudiantil de 1968. Si este fue contenido mediante una sangrienta represión, la década de los setenta estuvo marcada por conflictos en muy diversos espacios: en las universidades, el campo, los sindicatos, las colonias populares, las empresas, se alzaron voces y reivindicaciones que entraron en tensión con la pirámide autoritaria del poder político. Fueron años, además, de la emergencia de nuevas publicaciones y agrupaciones partidistas, y por si fuera poco, guerrillas urbanas y rurales, que asumieron que las vías del quehacer político público y pacífico se encontraban clausuradas, declararon la guerra al Estado. El clima era tenso y ominoso, cargado de malos presagios, opresivo y aparentemente sin salida.
2. Las insípidas elecciones de 1976. El candidato del PRI, PPS y PARM, José López Portillo, recorrió el país sin enemigo al frente. El PAN, la oposición partidista más asentada, fue incapaz de postular un candidato, porque en su asamblea ninguno logró las adhesiones suficientes para ser su abanderado (se requería del 80 por ciento de los votos), mientras el Partido Comunista Mexicano lanzó la candidatura del respetado sindicalista Valentín Campa, pero sin que esa organización contara con registro. De tal suerte que los votos emitidos a favor de Campa no se sumaron. Fue una “elección” en la que un solo candidato, una sola propuesta, un solo ideario, una sola opción, aparecieron en la boleta. Eso -paradójicamente- mientras el país era sacudido por un haz de enérgicos y tirantes conflictos.
3. La campaña testimonial del Partido Comunista Mexicano. La operación desatada por el PCM le decía al país (versión libre): “somos una fuerza política nacional, tenemos presencia a lo largo y ancho del país, contamos con un ideario y una propuesta y queremos y exigimos poder participar en los procesos electorales ejerciendo nuestros derechos. Hemos sido excluidos pero reclamamos poder hacer política a la luz del día practicando las libertades como lo hacen otros partidos”. Fue una “jugada” audaz y venturosa. En su momento incomprendida y criticada por grupos muy relevantes de la izquierda, pero que con el tiempo seguirían la vereda abierta por el PCM, la de incorporarse a la arena electoral.
4. El diagnóstico oficial que señalaba que era necesario ofrecer un cauce institucional a las disidencias en curso. Desde el Ejecutivo se pensó a la reforma como una operación preventiva, como una válvula de escape, se decía entonces, porque los múltiples conflictos requerían algo más que exorcismos o fórmulas represivas. Parecía contundente que aquel México no cabía ni quería hacerlo bajo el manto del PRI y lo que quedaba de la ideología de la Revolución Mexicana. El país contenía una pluralidad de sensibilidades, intereses, programas e ideologías que reclamaban una vía para su expresión. Y así, si la lógica gubernamental fue la de un ejercicio tutelar, la de las oposiciones consistía en apostar por un proceso de acumulación de fuerzas progresivo, que les permitiría redoblar sus puentes de comunicación con la sociedad. Recordemos, como si hiciera falta, que a la historia la modelan lógicas contrapuestas.
5. La decisión del presidente José López Portillo y de su secretario de Gobernación Jesús Reyes Heroles. Creo que entendieron que el país requería de una definición estratégica: o se fortalecía la represión con su espiral de desencuentros, riesgos y sangre o se abrían cauces a la recreación de la pluralidad política que cruzaba a la nación. Al optar por la segunda, no solo aprovecharon un “momento plástico” y modelaron una salida civilizada al conflicto político y social, sino que pusieron en marcha -queriéndolo o no- un proceso que se convirtió en imparable: el de la construcción de un sistema de partidos cada vez más equilibrado y de elecciones cada vez más competidas. Lo cual a su vez requirió de nuevas y más profundas reformas.

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