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Plaza de almas

Permítanme ustedes presentarles a don Antonino Pío. Es un solterón empedernido. Es también hombre de mucha religión, presidente de varias cofradías y secretario o tesorero de otras. Relatar su historia es tan fácil como contar un cuento, y tan difícil como narrar la vida. Cierto día conoció a una mujer en flor de edad y de atractivas prendas físicas, que son las que se ven primero. Al mirarla sintió una extraña sensación que nunca había sentido; una especie de sabroso cosquilleo que le iba del corazón a la entrepierna y viceversa. Ella se percató de la impresión que había causado en aquel señor tan circunspecto (las mujeres siempre se dan cuenta de la impresión que causan en los hombres, sean circunspectos o no). Hizo discretas averiguaciones, y no tardó en averiguar dos datos importantes acerca de don Antonino. El primero: era célibe, como queda dicho. El segundo: era rico, cosa que aquí no se había dicho. Los demás datos -esos de la piedad religiosa, etcétera- salían sobrando para los efectos de la aludida dama. Se las arregló entonces para amistar con él. Y sucedió que la señora le gustó al señor, pues Nohelí -así se llamaba ella- lo oía con mucho interés cuando le hablaba de los santos y las santas; de la virginidad de éstas y los sanguinosos martirios de aquéllos; del novenario que estaba haciendo para pedir por la salvación del alma de los paganos, los protestantes y los comunistas. Plácidamente transcurrían las cotidianas charlas entre el añoso caballero y la exuberante fémina. A veces hablaban del clima, o de lo caro que estaban las cosas en el súper, pero don Antonino volvía siempre al tema de sus devociones, y le daba a conocer los acuerdos que los socios de la Legión de San Efelio habían tomado en su última asamblea diocesana. Por eso fue muy grande la sorpresa del piadoso señor cuando una tarde que fueron a merendar en el café Élite le dijo ella de pronto: “Querido amigo, amigo querido: ¿por qué no nos casamos?”. Tanto se sobresaltó al escuchar la súbita propuesta que metió la nariz en la taza de café capuchino que en ese momento se estaba llevando a la boca, con lo cual le quedó como de payaso. Nohelí, riendo, se la limpió con su servilleta y continuó: “Usted no tiene compromisos; yo tampoco. Usted no tiene familia; yo tampoco. Usted no quiere estar solo; yo tampoco”. (Añadió en su interior: “Usted tiene dinero; yo tampoco)”. Y remató su lista de tampocos con una pragmática declaración: “Haríamos una buena pareja”. De momento no supo don Antonino qué decir. No estaba acostumbrado a tratar con el género opuesto -así decía para no decir “sexo opuesto”, pues la palabra “sexo” le parecía inconveniente-, e ignoraba los usos mundanales. Así, quedó en silencio. Nohelí advirtió su turbación  y lo tranquilizó: “No digas nada ahora, Toni. Piénsalo”. Notó el señor Pío lo del “Toni” y el tuteo que su amiga había empezado a usar. Eso lo azaró aún más, pues nunca ninguna mujer aparte de su madre le había hablado de tú, y él a nadie tuteaba, ni siquiera a los niños del catecismo, con quienes usaba el usted: “Dígame usted, niño: ¿dónde está Dios?”. Acortaré la historia. Se casaron. Y el matrimonio fue un fracaso, tanto que no duró ni un mes. Se separaron al regreso del viaje nupcial, y ninguno de ellos reveló la causa de la separación. Al parecer, dijeron los pareceres, fue algo que tuvo qué ver con la noche de bodas. Quién sabe. El caso es que don Antonino volvió a sus novenas y sus cofradías, en tanto que ella salía con hombres a los que llamaba “querido amigo, amigo querido”, y gastaba la pensión que mensualmente le entregaba su marido para que no dijera por qué se habían separado. FIN.

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