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Por un retuit

Compré un tamal para calentarme las manos. Iba con mi amigo Chacho. Más ingenioso que yo, él metió tres tamales bajo su chamarra y llegó de mejor humor a la junta en la que teníamos que convencer a un visionario corporativo de dar un retuit en favor de Marichuy, candidata de los pueblos indígenas a la Presidencia.
La vida moderna depende de la cibernética, pero la cibernética depende de los usos y costumbres. Chacho me explicó que ese asunto se arreglaba personalmente. Tiene tantos contactos que no le da tiempo de tener nada más. Su oficio se define como “negocios residuales”; vincula a gente y obtiene curiosos beneficios de sus enlaces, desde en un terreno en Tezoyuca que le pareció magnífico porque tenía vista a un cañaveral y que no ha podido vender en quince años, hasta un álbum de filatelia que piensa subastar como si se tratara de un Picasso. En suma: conecta a otras personas y aguarda que el destino decida los resultados.
Cuando le comenté de la dificultad de apoyar a Marichuy con 867 mil firmas en al menos 17 estados, usando una aplicación que sólo se descarga en celulares de gama media, en un país con cobertura deficiente y donde los focos se prenden y se apagan, no para llamar la atención, sino porque así “funcionan”, contestó: “Eso lo arregla Bernie”.
Vislumbré una patria con perennes focos de cien watts y pregunté de quién se trataba.
“¿Sabes lo que es un influencer?”, mi amigo habló con la arrogancia de un antropólogo que se dirige a un informante preverbal. “¡Por supuesto que no!”, contesté con el orgullo herido de quien tiene sus propias y muy valiosas costumbres.
En forma típica, Chacho dijo: “Bernie está por encima de eso”. Sin definir el primer concepto, aludía a una actividad que lo superaba. Le pedí que se dejara de tonterías (aquí usé otra palabra) y describió a una especie de deidad empresarial que manipula a cientos de miles de tuiteros. Para acabar de impresionarme, añadió: “Es tan poderoso que no usa computadora”. Si millones de mexicanos carecen de conectividad por pobreza, él la despreciaba por lujo.
“¿Cómo vamos a conseguir un retuit de una persona sin computadora?”, pregunté para molestar. Chacho no honró mi curiosidad con una respuesta: “Nos espera a las siete de la mañana”, informó.
Aquí es donde entran los usos y costumbres. He ido a esa hora a numerosas oficinas de gobierno para hacer cola antes de que abran, pero nunca a ver a un potentado. La fortuna de Bernie no incluía el descanso.
Pasé por Chacho a las seis. Sugirió que fuéramos por tamales para calentarnos y me mostró un tejido horroroso: “Lo hice en mi terapia textil”. Cada jueves, se relaja en un taller haciendo hilados neuróticos.
En el camino a Santa Fe, la niebla y la contaminación lograron que la ciudad fuera agradablemente borrosa; sin embargo, el extenso recorrido del Valle de Anáhuac a las colinas empresariales me hizo sentir intensamente mesoamericano. Además, olíamos a maíz.
Chacho habló de lo alivianado que es Bernie, de su gusto por el yoga y la permacultura, sus plantíos de quínoa, los artistas conceptuales que patrocina, los premios que ha recibido como innovador. Su éxito deriva de una razón casi metafísica: le explica a las empresas en qué trabajarán cuando sus productos desaparezcan del mercado. Un oráculo corporativo.
A pesar del frío, Bernie nos recibió en camiseta y habló de un futuro maravilloso en el que todos seremos aborígenes. Gracias a desarrollos cibernéticos, la especie será una tribu articulada por fogatas virtuales.
En lo que llegaba ese promisorio porvenir, le pedí que apoyara la causa de Marichuy con un retuit.
El innovador me explicó que cree en el cambio y la igualdad, pero sus muchos clientes le han pedido que no se meta en política. Luego se hizo el oriental: “El aleteo de una mariposa en una orilla del océano puede cambiar lo que pasa en la otra orilla”. Si ordenaba un RT, su emporio se desmoronaría.
¿Podía eso ser cierto? Lo único comprobable es que la “buena onda” tiene límites. Entonces Chacho volvió a sorprenderme y reveló su razón para estar ahí: mostró su horroroso tejido, dijo que había sido hecho por una etnia ciega y se lo vendió a Bernie en una fortuna.
Aunque mi amigo ha prometido donar el dinero a la AC Llegó la Hora del Florecimiento de los Pueblos, con él nunca se sabe.
La lucha sigue, pero es difícil.

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