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Turbios episodios

afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, invitó a Lasda, linda chica con traza de inocente, a que lo visitara en su departamento. Ahí, con gesto de labioso seductor, sacó una botella de champaña que para el caso tenía prevenida y empezó a escanciar el burbujeante líquido en la copa que puso frente a la visitante. Le pidió a la muchacha: “Dime cuánto”. “Eso lo veremos después -respondió ella-. Primero lléname la copa”.
Vestidos con sus herméticas parkas los esquimales Nanook e Inuit hojeaban intrigados una revista Playboy que dejó olvidada, junto con su Biblia, el último misionero que llegó a la aldea. Después de contemplar las turgencias y sinuosas carnaduras de las voluptuosas féminas ahí retratadas Inuit le preguntó a Nanook: “Oye: ¿también nuestras mujeres tendrán todo eso?”.
Himenia Camafría, madura señorita soltera, lavaba afanosamente las ventanas de su alcoba. Su amiguita Celiberia, extrañada, quiso saber por qué las lavaba con aquel empeño. Explicó la señorita Himenia: “Es que dicen que anda rondando en la colonia un hombre que se asoma por las ventanas a ver a las mujeres cuando se desvisten”.
El padre Arsilio recibió en la oficina parroquial a los novios que la siguiente semana se iban a casar. Le preguntó al muchacho: “¿Cómo te llamas?”. “Sinesio Chanfaina” -repuso él. Se volvió el sacerdote a la chica: “¿Y tú?”. Contestó la novia: “Dulzaína Chanfaina”. Inquirió el buen sacerdote: “¿Alguna relación?”. “Bastantes, padre -confesó la chica-. Pero ya vamos a regularizar nuestra situación”.
La pequeña imagen está hecha de barro, el mismo material frágil y eterno de que estamos hechos tú y yo. Mide 30 centímetros de altura, y representa a una mujer vieja, adiposa, de ubres bovinas y prominentes nalgas. Su cabello es color rubio peróxido; su rostro, maquillado con estrépito, tiene un lunar falso en forma de corazón. Su transparente blusa estalla con las bombas de sus enormes tetas; la exigua falda deja ver los crasos muslos; lleva medias de malla y un bolso cuajado de chaquiras de neón.
En sus facciones muestra un gesto descarado, provocador, obsceno. Le compré la estatuilla a un artista callejero de Oaxaca. Cuando le pregunté qué nombre le había puesto a su obra me miró como se mira a quien hace una pregunta idiota. Respondió: “Se llama ‘Puta’”. Ayer volví a ver la figura -está vergonzantemente oculta tras los libros de un anaquel- y me dije si no se debería llamar más bien “Justicia”.
Yo estudié Derecho, primero en la Escuela de Leyes de mi natal Saltillo, donde recibí las enseñanzas de aquella sabia tríade formada por don Francisco García Cárdenas, don Margarito Arizpe y don Antonio Guerra y Castellanos; luego, en la Facultad de Jurisprudencia de la UNAM, en que tuve como maestros a los grandes: Burgoa, Serra Rojas, Recaséns, Jiménez Huerta, Gutiérrez y González, Margadant.
Esos insignes profesores me entregaron la ideal idea de una justicia recta en cuyo imperio se finca el buen orden social. Nuestra pedestre realidad, en cambio, me ha hecho ver turbios episodios como el de Esther Gordillo, que va a la cárcel por causas de política y luego sale de ella por causas también de política.
La Justicia -así, con mayúscula- no es entonces la enhiesta mujer que espada en mano y vendada de los ojos preside la aplicación de la ley, para todos igual, obligatoria para todos. La justicia -así con minúscula- se vuelve entonces, en manos de políticos conculcadores de la ley y jueces dóciles a la consigna, una prostituta venal, como aquélla de pies de barro, pródigas ubres y descarado gesto. Miré ayer la estatuilla de la ramera, no sé por qué, y sentí pena y tristeza, sí sé por qué. FIN.

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