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Vientos nuevos y brumosos

No sólo en México sino en el mundo parecen soplar vientos nuevos y preocupantes en materia político-electoral. No son fenómenos que aparezcan de un día para otro, no se trata de sucesos inéditos, son más bien procesos inacabados, contradictorios, inestables, pero que se pueden apreciar en diferentes latitudes. Suceden ante nuestros ojos y modifican las coordenadas de la disputa y aunque no se reproducen en estado puro vale la pena tomarlos en cuenta. Enumero sin jerarquía alguna.
1. La fuerza ordenadora de las ideologías parece ir a la baja. Las grandes corrientes de pensamiento que llegaron a forjar una especie de subculturas se encuentran debilitadas. Conservadores, liberales, democristianos, socialistas, comunistas, no han desaparecido pero su gravitación e irradiación social es declinante. Han tenido que conjugarse con otros idearios, flexibilizarse, abrirse y recibir el aliento productivo de otros marcos conceptuales. La cara positiva es que las agrupaciones políticas ya no semejan fortalezas inexpugnables incontaminadas, el otro rostro, es que para el ciudadano común resulta cada vez más difícil orientarse entre las diferentes ofertas que aparecen y se recrean en el escenario de la política.
2. Por ello también las identidades son más débiles. No es que no existan, ni mucho menos, pero se han reblandecido. Izquierdas y derechas, para hablar en términos convencionales, siguen siendo grandes constelaciones con sus magnos y pequeños matices. Y en cada tema de la agenda política aparecen y reaparecen. Pero hoy se puede ser de “izquierda” y estar en contra de una política fiscal progresiva y redistributiva o ser de “derecha” y plantear el ingreso básico universal e incondicional. Las identidades se vuelven porosas y las convergencias y divergencias en la arena política resultan fluidas y cambiantes.
3. El pragmatismo se encuentra al alza. Dado lo anterior no resulta extraño que el pragmatismo sea quizá la ideología dominante. Un poderoso nutriente se encuentra en el código genético de la mecánica democrática: si de lo que se trata es de lograr el mayor número de adhesiones, entonces decirle al “respetable” lo que este quiere oír resulta una estrategia “inteligente”. No es casual que existan muy pocos políticos dispuestos a navegar contra la corriente… de opinión. Les resulta, desde su mirador, costoso e improductivo. Más bien tienden a mimetizarse con las pulsiones dominantes. Y si ya de por sí la ideología y la identidad son más bien borrosas, entonces el pragmatismo encuentra escasos obstáculos para desplegarse.
4. Las personas parecen más importantes que los partidos. Aunque las primeras requieren de los segundos, la mala fama de éstos hace que en el centro se coloque la personalidad, las cualidades (reales o inventadas) y las destrezas de la persona. Thatcher, Mitterrand, Felipe González, Willy Brandt, Macron, Trump, expresan “mejor” las necesidades de identificación de los votantes que sus propias organizaciones. Esa política personalista es producto y al mismo tiempo refuerza los puntos anteriores.
5. Existe una tendencia marcada a la simplificación. La virtud del “juego” democrático es que los representantes deben ganar la voluntad de los representados. Pero esa virtud se convierte en su contrario cuando para atraer el voto se acuñan, de manera reiterada, fórmulas simplistas que impiden la comprensión cabal de los problemas. Esa tendencia se subraya por la existencia de las nuevas redes sociales en las cuales la frase afortunada, el calificativo pegador, la fórmula feliz, substituyen a los diagnósticos complejos. Parecería que nadie tiene tiempo ni disposición ni ganas de enredarse en sofisticados análisis; más bien la demanda es de chisteras de mago de los cuales deben salir no sólo conejos, sino soluciones instantáneas y perpetuas.
6. Todo lo anterior impacta a eso que en el pasado se llamaba contexto intelectual. Identidades e ideologías declinantes, ascenso del pragmatismo y el personalismo, más una marcada tendencia a la simplificación, angostan el eventual papel de las elaboraciones fundadas. Los diagnósticos y propuestas complejos no sólo se topan con un espacio estrecho, sino que en ocasiones sus portadores optan mejor por el alineamiento acrítico. Con ello, el círculo parece cerrarse.

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