Jesús Silva-Herzog Márquez

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Del voto y la humildad

lunes, 2 de julio de 2012
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Tecleo con velocidad este artículo con las primeras noticias de la victoria priista. Habrá que esperar las cuentas y ver de qué manera se ha recompuesto el mapa de la política mexicana. Habrá que esforzarse, sobre todo, por comprender. Tratar de entender el sentido del voto, las implicaciones para el futuro inmediato, el impacto en los distintos partidos y en el funcionamiento de la democracia.

Habrá quien se aferre a su vaticinio. Quien quiera ajustar los resultados de ayer a su anticipo o a su deseo. Es común la práctica de forzar la interpretación de tal suerte que ratifique lo dicho y salvaguarde la imagen del adivinador. Pase lo que pase, muchos se empeñarán en decirnos “te lo dije”. La flexibilidad intelectual de opinadores y activistas es sorprendente. Si, además se reviste con la lógica de la conjura, es capaz de cualquier malabarismo. No hay hecho que rebata al conspiratista. Si gana quien debería perder será porque hubo imposición, porque hubo fraude, porque en el fondo perdió. Creo que hay que acatar el dictado de los números y esforzarse por comprender. El voto nos exige volver a pensar y nos invita a tomar distancia de lo que creíamos.

El voto, esa señal que es solamente un dato, contiene un mensaje de humildad. No se gana todo, no se gana por siempre. Las victorias son siempre precarias, transitorias. Las derrotas, aunque inclementes, no son la muerte. Conocemos la orden de los votos pero nunca llegaremos a entender su significado pleno. Apenas lanzamos conjeturas sobre su fuente y su significado. La victoria de Peña Nieto parece sólida y rotunda, con un margen amplio que lo separa de sus competidores. Se trata sin embargo, de una victoria construida en buena medida por eliminación, por un rechazo contundente al gobierno panista y una desconfianza en la izquierda que no pudo remontar el daño que a sí misma se hizo hace seis años. Si el PRI ganó no fue por la candidatura visionaria de un hombre de ideas que encabezó una transformación de su partido para presentarse a los electores con un proyecto reformista. Creo que ganó porque el gobierno de Felipe Calderón hizo inaceptable la relección del PAN y porque López Obrador le obsequió al PRI la plataforma para aprovechar el intenso voto de castigo de esta elección. Dudo que las viejas categorías de la transición nos ayuden a entender los motivos de la victoria priista. Me parece que, más que la nostalgia por el viejo orden autoritario, se impuso la lógica elemental del castigo: ayer se votó contra el PAN y contra el sexenio de la sangre; el PRI fue la carta disponible al electorado para quitarle el poder al PAN.

Asumir que la victoria es resultado de la decepción más que de la confianza serviría a los priistas para mantener los pies en la tierra. La frustración que hoy beneficia al PRI mañana puede castigarlo. No soy de quienes creen que ayer se inauguró un largo ciclo astronómico, una era de otros setenta años de hegemonía. Creo, por el contrario, que la victoria de ayer es tan frágil como cualquier triunfo en democracia. A los priistas sobre todo, conviene leer con humildad que han ganado a pesar de sus limitaciones y que la victoria, lejos de ser motivo para ignorarlas, es oportunidad y deber de encararlas.

No sé aún si el PRI se lleva también la mayoría en el Congreso. De conseguirlo, se habrá reconstituido una plataforma de gobernabilidad que el país perdió hace quince años. Buenas noticias que son, al mismo tiempo, preocupantes. Cierto: la eficacia que tanto ha invocado el candidato priista podría tener el camino libre para dar resultados pronto. Un gobierno unificado podría reactivar el movimiento. La comunicación entre Presidencia y Congreso tendería a facilitarse pero habría también tentaciones por ocupar los valiosos espacios que los contrapoderes han ganado en tiempos recientes. El gobierno unificado pondría en prueba a la democracia mexicana. Sería, ante todo, un desafío para los gobiernos locales (priistas y no priistas), para los espacios autónomos, para los medios. La recuperación del PRI resulta particularmente preocupante porque ese partido no ha dejado de ser una red de encubrimientos, una extensa federación de intereses donde la disciplina implica muchas veces complicidad. Su victoria, por eso, no puede dejar de ser inquietante.

La oposición social al PRI que se organizó en las últimas semanas de la campaña debe ser tomada con seriedad. Con cierta arrogancia podría decirse que las movilizaciones no tuvieron impacto electoral: que fueron visibles, ruidosas e intrascendentes. Pero ningunear la discrepancia por no haber podido descarrilar a Peña Nieto sería un costoso error de la soberbia. El PRI está obligado a demostrar que gobernará democráticamente, como se lo exigen las voces más críticas. Debería admitir las fuentes de esa desconfianza profunda y terca que es, a fin de cuentas, saludable y necesaria. Para el PRI debe actuar como vacuna, un recordatorio de que no puede haber vuelta atrás.

 

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