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Saltillo

sábado, 28 de julio de 2012
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"Mi mujer me vuelve loco en la cama". Así dijo en el bar un individuo. "¿De veras?" -le preguntó un amigo con voz al mismo tiempo de admiración y envidia. "Sí -confirmó el tipo-. Me esconde el control remoto de la tele"… El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite el adulterio a condición de que en la realización del acto no se diga: "Oh my God!"), vio en la esquina de su templo a una mujer de cuya profesión no había duda, pues lo corto de la falda que llevaba permitía verle las credenciales.

Poseído de santa indignación (la indignación de los creyentes siempre es santa; la de los agnósticos o ateos es mera corajina) el ministro fue hacia la perendeca y le espetó, severo: "¿Conoces el pecado original?".

Sin azararse respondió la damisela: "¿Qué tan original lo quieres?". (Y es que de eso dependía el precio)... Saltillo cumple años el 25 de julio, día del apóstol Santiago. A la advocación del Hijo del Trueno está dedicada la hermosa catedral de mi ciudad, con sus tres cuerpos anacrónicos y anárquicos de monja franciscana, europea trasmigrada y virreina colonial.

Pero no es nuestro patrono el Santiago Matamoros que aparecía en el cielo de la España, jinete en albo corcel, para poner en fuga con su espada a los infieles. La inscripción latina que se lee sobre el altar mayor del bello templo: "Sancto Patrono Iacobo Dicatum", se refiere al manso apóstol peregrino, cuya imagen lleva la esclavina, el cayado y la venera de los que van a Compostela, como fui yo en mi primera juventud, no tan plena como la segunda que ahora estoy viviendo.

Este año no pude cantarle las Mañanitas a Saltillo: ese día me tocó estar en otra ciudad con la cual tiene la mía vínculos estrechos: Xalapa, la hermosa capital de Veracruz, de donde provino la semilla germinal de la educación coahuilense.

Pido disculpas por esa ausencia a mis paisanos, si es que alguno entre ellos la advirtió. Cada año, en esa fecha, el Cabildo entrega la Presea Saltillo, distinción máxima que otorga la ciudad. Este año la recibió Jorge Dávila Flores, saltillense que ha prestigiado a su ciudad.

En otro tiempo fui su maestro; ahora soy su amigo. Lo conozco bien, por tanto, y sé de su gran vocación de servicio. En su actual calidad de presidente nacional de la Concanaco Servytur ha realizado una labor extraordinaria llena de aportaciones novedosas que han tenido, todas, notable éxito.

Muy merecido es el reconocimiento que su ciudad le hizo. Estoy seguro de que Jorge seguirá poniendo su talento, su dedicación y su entrega al servicio de sus representados, e igualmente seguirá haciendo el bien, como siempre lo ha hecho, a nuestra comunidad, necesitada siempre de saltillenses como él... En horas de la madrugada sonó el teléfono en la demarcación de policía, y contestó el oficial de guardia.

Dijo una angustiada voz de hombre: "Llamo para reportar a un ladrón que está atrapado en la alcoba de Himenia Camafría, señorita soltera. Por favor vengan rápido por él". Inquirió el oficial: "¿Quién habla?".

Con voz feble y temblorosa responde el que llamó: "Habla el ladrón"… Un sombrío sujeto se presentó en la consulta del doctor Duerf, célebre analista, y le contó su caso. "Trabajaba yo en el departamento de carnicería de un supermercado -relató-.

Durante mucho tiempo sentí la obsesión compulsiva de poner mi atributo varonil en la cortadora de carne. Por fin hace un mes llevé a cabo esa acción". "¡Qué barbaridad! -se espantó el facultativo-. Y ¿qué sucedió?".

Responde el individuo: "El gerente me despidió. Y despidió también a la cortadora de carne"… Jock McCock, sheriff de Dodge City, violento pueblo del Salvaje Oeste, recibió dos fotografías, una de frente y otra de perfil, de un maleante que había asaltado la diligencia procedente de Fort Apache.

El gobernador del territorio le pedía su intervención en el asunto. Al día siguiente Jock envió un telegrama a la capital: "Caso resuelto. Atrapé a los dos bandidos, y hoy en la madrugada los ahorqué"… Dulcilí, muchacha ingenua, se deshizo del lascivo abrazo con que la ceñía su galán en el asiento del automóvil, y le hizo esta romántica pregunta: "¿Crees, Afrodisio, que tú y yo podemos crecer juntos en el camino de la vida?".

"Claro que sí -respondió él, acezante-. En este mismo momento una parte de mí ya está creciendo". (No le entendí). FIN.

 

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