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Universidad popular

lunes, 30 de julio de 2012
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Una joven mujer le dijo al médico: “Pienso, doctor, que tendrá usted que hacerle la vasectomía a mi marido”. Contesta el galeno: “Si no recuerdo mal, señora, hace tres o cuatro años le hice la vasectomía a su esposo. Y nunca he oído hablar de un hombre que tenga dos pares de aquéllos”. “Estoy segura de que no, doctor-replica ella-. Pero seguramente habrá oído hablar de una mujer que ha tenido dos maridos”... Un tipo invitó a otro: “¿Qué tal si jugamos golf mañana?”. “No puedo -responde el amigo-. Mañana es el día en que salen los niños, y debo hacerme cargo de la niñera”... La Universidad Popular Autónoma Veracruzana, de Xalapa, es una institución cuyo modelo educativo debería servir ejemplo y dar origen a otras instituciones semejantes en todos los estados del País. Gracias a ella millares de estudiantes que de otra manera quedarían fuera de las aulas tienen acceso a una educación universitaria de alta calidad, y conseguir así mayores oportunidades en la vida. Al frente de ese magnífico proyecto está un hombre excepcional, el maestro Guillermo H. Zúñiga Martínez. Conocerlo y tratarlo es un señalado privilegio, no sólo por su cultura y su saber, sino por su elevada condición humana. Caminé con él por las calles del centro de Xalapa -que son también, como dijo López Velarde hablando de las sinuosas y empinadas calles de la bizarra capital de su estado, Zacatecas- “una broma pesada”. La gente saludaba con afecto a quien fue alcalde de la bella ciudad; lo llamaba respetuosamente “maestro”, y de continuo lo detenía para entablar con él una breve y cordial charla. Educador que ha recogido lo mejor de la noble tradición normalista de Xalapa; excelente orador que en su juventud llegó a ser campeón nacional en aquellas reñidas justas de elocuencia organizadas por “El Universal”; hombre sabio que conoce como pocos la historia y tradiciones de su Estado, el rector Zúñiga Martínez hace de su conversación una cátedra dicha al mismo tiempo con elegancia y sencillez. Agradezco a la vida -esa extraña mujer que quita y da- el regalo de haberlo conocido junto con su amable y gentilísima esposa, la señora Guillermina. Visité esa Universidad que tanto bien hace ya a tantos veracruzanos, y recibí en ella, de manos del gobernador Duarte, una presea universitaria no por inmerecida menos apreciada. Tuve además el gusto de compartir la ocasión con un querido amigo, el doctor Ramón Durón Ruiz, gran estudioso de la cultura popular en quien han encarnado el ingenio y donosura del Filósofo de Güémez, lo cual acrecentó el deleite de volver a Xalapa, ciudad por la que siento afecto y gratitud, pues de ella salió la semilla germinal de la Centenaria y Benemérita Escuela Normal de Coahuila, mi estado. Gracias, pues, señora vida, por todos esos regalos. Y gracias por el café -un sonoro, malabarista y acrobático lechero- que disfruté en el Gran Café de la Parroquia, otra entrañable tradición veracruzana debida a mis amigos los Fernández, y que en Xalapa tiene también digna representación... Viene ahora un cuento cuyo lenguaje, si es mal interpretado, podría convertir el chascarrillo en un relato de deplorable gusto. Las personas que no gusten de leer cuentos cuyo lenguaje, si es mal interpretado, podría convertir el chascarrillo en un relato de deplorable gusto, deben interrumpir la lectura en este punto y saltarse hasta donde dice FIN... El pediatra de la clínica de maternidad hacía su visita diaria a los cuneros. En uno de ellos vio a un bebé que le llamó la atención por su poco peso y tamaño reducido. Casi podía caber la criaturita en una mano. El facultativo, preocupado, le preguntó a la enfermera encargada de esa sección del hospital: “¿Por qué se mira así ese bebé?”. Responde ella: “Es producto de una inseminación artificial, doctor. Quizás ahí está la explicación”. Muy pensativo dice el médico: “Eso confirma una teoría de mi abuela, que era partidaria de usar métodos severos y castigos físicos en la crianza de los hijos”. Inquiere la enfermera: “¿Cuál era la teoría de su abuela, doctor?”. Contesta el médico: “Decía ella: ‘Si ahorras el palo echarás a perder al niño’”. (Excesivamente barroco es este chiste. No le entendí)... FIN.

 

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