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Más panista que político

martes, 31 de julio de 2012
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Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le pidió a su novia de turno, una linda enfermera, que se entregara con él a los deliquios de la refocilación sensual. Ella no aceptó aquella lasciva invitación. Dijo que se había olvidado de tomar la píldora. Añadió: “Si hago lo que me pides podría ser acusada de practicar la licencia sin medicina”. (Tenía razón la chica: la palabra “licencia”, a más de designar el permiso para hacer algo, o el documento en que consta esa autorización, significa también el abuso de la libertad en la palabra o en la acción)... He aquí una historieta oldie but goodie, antigüita pero buena. Don Valetu di Nario era un señor de edad más que madura. Como tal se apegaba mucho a las costumbres del pasado, tanto que todavía usaba ligagambas. Así se llaman las ligas que antiguamente ceñían las piernas de los señores para sostener los calcetines. De hecho los calcetines eran ya lo único que podía sostener el añoso señor. Cierta noche tuvo una cita erótica con una ninfa de la calle. Pese a los ímprobos esfuerzos que hizo, la muchacha no pudo poner a su provecto cliente en aptitud de realizar obra de varón. Cansada ya de la futilidad de sus empeños le dijo: “Oye: esto está blando”. “¿Ah sí? -contestó sin turbarse don Valetu-. ¿Y qué dice?”... Aviso o advertencia: al final de esta columnejilla viene un cuento que puede ser calificado de imprudente por cierta expresión que contiene. Lo leyó doña Tebaida Tridua, encargada de velar por la moral ajena, y sufrió un repentino insulto de nistagmo, que así se llama la oscilación espasmódica del globo ocular, raro accidente oftalmológico producido por una alteración del sistema nervioso. Las personas que no quieran sufrir un repentino insulto de nistagmo deben abstenerse de leer el citado chascarrillo, que vendrá luego de la siguiente reflexión política... El Presidente Calderón es un político panista. Más panista que político, según lo dio a ver en los años de su Presidencia. Ahora se olvida otra vez de los afanes del País e insiste en refundar al PAN. Su inoportuna y excesiva intervención lo puede llevar a refundirlo, cosa que en este caso no significa fundir otra vez, sino hundir en lo más hondo. A mí me gustaría que el PRI y el PAN se unieran y afrontaran juntos la grave coyuntura por la que atraviesa la Nación. Ese acuerdo, que aconsejan tanto el sentido común como el amor a México, no sólo ayudaría a fortalecer el resultado de la jornada electoral en la que se manifestó la voluntad de la mayoría de los electores: serviría además al propósito, inaplazable ya, de llevar a cabo las urgentes reformas estructurales que necesita la República para salir del estancamiento en que se halla. Del diálogo entre panistas y priistas podría derivar también el nombramiento de Calderón como embajador de México en algún país, preferiblemente de habla hispana, pues entiendo que don Felipe no domina el idioma inglés. (Tampoco, al parecer, domina el español, a juzgar por aquello de “haiga sido como haiga sido). La lucha emprendida por el actual Presidente contra el crimen organizado hace obligada su salida del País una vez concluida su gestión, por su seguridad y la de su familia. Una embajada constituye la salida perfecta. Para eso, sin embargo, el michoacano tendrá que ejercer la sabia virtud de la discreción, a diferencia del gárrulo señor que lo antecedió en la Presidencia. Don Felipe debe ya desasirse de su partido, si es que no quiere deshacerlo. La vida nos impone a veces el penoso deber de alejarnos de lo que más queremos. Tal es el caso, creo, en que se encuentra Calderón tanto en relación con su partido como con el país. Désele una embajada, ahora que tan en bajada va. (Otro juego de palabras como ése y los cuatro lectores de esta columnejilla quedarán reducidos a dos)... Sigue ahora la desaconsejable narración que arriba se anunció. Las personas con arrechuchos de moral harían bien en abstenerse de leerla... Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, vio a una musa de la noche que bebía su copa en la barra de la cantina. Fue hacia ella y le dijo con tono arrogante y majadero: “Hola, linda. ¿Qué te parece si vamos a un motel? Traigo conmigo un par de pesos, y supongo que ese dinero podría serte útil”. Sin alterarse le contestó la daifa: “¿Y qué te hizo pensar que cobro por pulgada?”... FIN.

 

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