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207 años de la Toma Insurgente de Pachuca

La tibia mañana del jueves 23 de abril de 1812,  desde las primeras horas, fue presagio del calor infernal que habría de sentirse; estímulo para mantener abarrotadas la decenas de pulquerías y botillería de aquel Pachuca que atravesaba ya por una gran borrasca en la producción minera –situación que habría de prolongarse hasta mediados del siglo 19–; al medio día las calles del antiguo Real se veían vacías, pues el intenso sol ahuyentaba todo tipo de transeúntes; inclusive la bulliciosa chiquillería, se ocultaba tras los portones para buscar formas de entretenimiento.

Mas la quietud de aquella mañana se vio súbitamente interrumpida poco antes de las dos de la tarde, al hacer aparición por el rumbo de la comunidad de Las Lanchitas –hoy colonia céspedes– los jefes insurgentes Vicente Beristaín, Miguel Serrano, Pedro Espinosa y otros oficiales, quienes al frente de unos 500 hombres y dos cañones, intimaron la rendición de la plaza.

La indefensa población, defendida apenas por un puñado de civiles, la mayoría españoles apenas armados con fusiles caseros, cayó en poder de los insurgentes. Los sitiados no tuvieron más remedio que resistir el ataque refugiados en las casas del coronel Pedro Madera, la del conde Casa alta –antiguo caballerizo del virrey Iturrigaray–  y la del aubdelegado –antes alcalde mayor– Francisco de Paula Villaldea, ubicadas alrededor de la entonces denominada Plaza de Toros de Avendaño –actual asiento de la Torre del Reloj Monumental– entonces sitio donde se efectuaban los saros y suertes de varas con los toros.

El mayor número de defensores europeos se concentró en la casa de Villaldea, rico minero que a la sazón estaba en México, ignorante de lo que sucedía en Pachuca. El ingeniero Gabriel Mancera, siguiendo los datos que aporta Lucas Alamán, asegura en su libro sobre la nomenclatura de las calles de Pachuca que esa mansión, ubicada en la antigua Plaza de Toros, fue el edificio que más tarde, en 1841, se convirtió en terminal de diligencias y que no es otra que el actual Hotel Independencia.

El pequeño poblado minero vivió el resto de la tarde en terrible desosiego, mismo que por la noche aumentó, al percatarse que los insurgentes habían prendido fuego a varias casas, mientras los soldados se daban al pillaje, saqueo y secuestro de hombres y mujeres, sobre todo los de origen español. Fue entonces que hicieron su aparición los religiosos del Colegio Apostólico de San Francisco, quienes a suplica de algunos vecinos, intervinieron para que se tratase la capitulación.

Madera que comandaba la resistencia, reunió en el edificio de la aduana, a  los europeos que aún estaban libres y pactó con los insurgentes la rendición, estos, dejarían en libertad a los españoles y a sus familias, en tanto que los realistas entregarían las armas y los caudales de la Real Hacienda –cuyo monto ascendió a 250 barras de plata y algunos tejos de oro con un valor superior a 300 mil pesos– además, los hispanos juraron que no volverían a tomar las armas contra los Insurgentes.

No obstante, el caserío del antiguo Real de Minas fue incendiado por los insurgentes, iluminando la noche con las llamas que por momentos parecía avivarse con el aire que suele correr en esta comarca, encajonado en las cañadas del norte –El Tulipán y San Buenaventura–  de modo que el lugar, señala el historiador Lucas Alamán, ofrecía la imagen de la Troya de Heródoto, situación que se prolongó hasta el amanecer del 24 de abril de aquel 1812.

Cuando todo parecía entrar a la normalidad, por ahí del medio día se corrió el rumor de que las fuerzas realistas de la hacienda de Tlahuelilpan, armadas por el Conde de La Cortina y comandadas por Vicente Fernández, venían en auxilio de la ciudad, hecho que sirvió para que los insurgentes acusaran al comandante Madera de haber violado las condiciones de la capitulación y con tal pretexto los rebeldes quisieron aprehender a Madera cuando parlamentaba con ellos, pero éste, al darse cuenta de la treta, se abrió paso con su tropa, motivando la reanudación de las hostilidades y la inmediata aprehensión de diversos españoles radicados en este real de Minas, entre ellos el Conde de Casa alta, quienes conducidos a Sultepec, fueron entregados a Ignacio López Rayón, Presidente de la Junta de Zitácuaro, no sin antes haber fusilado a algunos de ellos.

Por espacio de 15 días permaneció Pachuca en poder de los Insurgentes, pues la plaza fue recuperada el 10 de mayo siguiente por las fuerzas realistas de Rafael Casasola; fueron dos semanas de gran incertidumbre, pues al aprehenderse a los hispanos, la mayoría de las minas y haciendas de beneficio, dejaron de trabajar, los comercios cerraron y los mercados dejaron de recibir mercancías, de modo que comenzó a desatarse el caos en esta comarca minera.

El botín logrado por los Insurgentes fue repartido, una buena parte entre las huestes de Osorno y los suyos –quienes dilapidaron lo recibido en caprichos personales, como compra de botas, cabalgaduras y otras cosas sin importancia; el resto, poco más de 100 barras, se entregó más tarde, en octubre de 1813 en Ozumba al generalísimo José María Morelos y Pavón, y sirvió para financiar la campaña del Siervo de la Nación a Oaxaca, de todo esto, mañana se cumplirán 207 años.

Ilustra esta publicación un grabado de principios del siglo veinte del Hotel Grenfell –hoy Hotel Independencia–, que en 1812 era la casa de don Francisco de Paula Villaldea

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