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A propósito de Santa María del Circo

Quien diga que la política no parece una novela de la ficción más extrema miente, y miente en serio, porque lo que vemos a veces es tan hilarante, ingenioso, inverosímil e incoherente como la más divertida y redonda novela que podamos leer.

Digo esto a propósito de la novela Santa María del Circo, del mexicano David Toscana, quien, entre otras obras, también escribió el libro de cuentos Historias de Lontananza y que, en una narrativa ingeniosa y divertida, retrata nuestra realidad.

Santa María del Circo la leí por primera vez hace unos veinte años, y la he vuelto a leer un par de veces más, al menos, porque no hay mejor placer después de leer que releer.
En fin, que Santa María del Circo es una historia de dos hermanos dueños de un viejo circo, que después de una pelea se dividen animales y empleados, carpa, mago, domador, contorsionista, mujer barbuda, hombre fuerte, etcétera.

Así, uno de estos grupos llega a un pueblo abandonado y, cansados de la vida circense cada vez más devaluada y poco apreciada por la gente, decide asentarse en el pueblo y le pone por nombre Santa María del Circo; al no saber hacer nada más que sus trucos circenses deciden jugar a la suerte el rol que tendrán en su nueva “sociedad”.

Así, la mujer barbuda será el médico; el mago será el campesino; un joven blanco y enclenque, contorsionista, será el negro del pueblo; el enano tendrá el rol del cura y el hombre fuerte… la prostituta del pueblo.

La novela, sin duda, explora el comportamiento humano, desde una visión ácida y jocosa, por eso no he podido, desde hace veinte años y ahora que estoy releyendo el libro, relacionar esa circunstancia con la de nuestros amados políticos que parecen, al arribar a un encargo, a un gobierno, actuar así, como si de la suerte dependiera, sin conocimiento previo de lo que serán sus responsabilidades, para administrar, decidir y actuar con total improvisación, y luego nos asusta que los secretarios sean exhibidos por los medios, que ellos mismos nos muestren su impericia, su ignorancia, su falta de capacidades o que se salgan por la tangente con chistoretes o porque “traen otros datos”.

Así, la política es por ratos un espectáculo circense que en nada carece de malabares, doma de fieras, payasos, magia e ilusionismo, como de un verdadero espectáculo de animales que nos lleva de la risa a la admiración y el suspenso. A ello, le sumamos que nuestros queridos políticos, no importa que cada cual tenga su propia pista, invadan entre ellos sus espacios, se critiquen, se inviten, se molesten o se ataquen, pues en todo momento el show ha de continuar.

Sin embargo, a eso se dedica esta clase política que puede cambiar de siglas o de colores, de barniz ideológico, pero que en el fondo nos sigue dando los mismos o peores resultados lastimeros, sin rumbo, sin personalidad, sin una idea programática de largo plazo, solo con la vana convicción de demoler lo anterior para imponer una visión, además, coja, incompleta, mal aprendida y peor comunicada, que nos hace andar hacia atrás, porque, a fin de cuentas, ha sido la suerte, la casualidad, el éxito del cuate, el jefe, el amigo, el pariente, la que ha ido poniendo a cada cual, gobernante y secretario, al mando de una responsabilidad que, como en Santa María del Circo, parece haber llegado por causalidad, de la mano de la suerte y terminado en las manos de la improvisación. Y lo más triste del caso, como ya han reconocido muchos, con el riesgo de ser vilipendiados por los acríticos seguidores del líder de turno, a veces, muchas veces, el remedio ha resultado ser peor que la enfermedad, porque no vale que entre la multitud de estultos premiados por la suerte subsistan y encontremos brillantes y valiosos personajes que saben hacer bien su trabajo, si son opacados, menospreciados e incluso mal vistos por sus propios compañeros de aventuras.

DE LAS OBRAS DEL FILOSO FITO
La frase que dice “Nada es lo que parece y nadie es quien dice ser”, es hoy tan válida como la bíblica de “Vanidad de vanidades, nada nuevo hay bajo el sol”, cuando de política se habla, porque en el juego de apariencias, estratagemas y disputas soterradas, ni vemos todo lo que es, ni sabremos toda la verdad, porque entre gitanos, políticos a fin de cuentas, no se leen las manos.
Y al que ayer era un gigante, mañana le descubren los pies de barro, e incluso al gran Ulises, el talón le hizo perder.

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