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Además de corruptos, traidores

Escuché el discurso que ayer pronunció, en Tula, Hidalgo, el presidente Andrés Manuel López Obrador durante el evento que encabezó para conmemorar el aniversario número 81 de la Expropiación Petrolera, decretada en 1938 por su antecesor Lázaro Cárdenas.

Como ya es su costumbre, dedicó varios minutos para enumerar lo que, a su juicio, son los graves daños que los llamados gobiernos neoliberales causaron a Petróleos Mexicanos (Pemex) y a la Comisión Federal de Electricidad (CFE).

Para el presidente, los 36 años durante los cuales los tecnócratas neoliberales detentaron el poder fueron funestos para las dos empresas productivas del Estado. Y no solo para Pemex y la CFE, sino para el país mismo.

Un día antes, al clausurar el foro Planeando Juntos la Transformación de México, que se llevó a cabo para definir cómo se elaborará el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, dijo: “Estamos iniciando una etapa nueva, es un cambio profundo, una transformación. No es un simple cambio de gobierno, es un cambio de régimen. Es el momento de expresar que para nosotros ya se terminó con esa pesadilla. Declaramos formalmente, desde Palacio Nacional, el fin de la política neoliberal, aparejada esa política con su política económica. Quedan abolidas las dos cosas: el modelo neoliberal y su política económica de pillaje, antipopular y entreguista”.

Pesadilla y pillaje son palabras que utilizó el domingo al referirse a los gobiernos neoliberales. Ayer también dijo “corrupción” para describir a las administraciones que sucesivamente presidieron De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto.

Me queda claro que para AMLO los seis gobiernos que antecedieron al suyo estuvieron conformados por una cleptocracia que no dudó en arruinar al país y a los mexicanos con tal de realizar negocios que la enriquecieran, que durante 36 años el gobierno de México estuvo en manos de ladrones que se dedicaron a saquear al país.

Si lo que afirma el presidente es cierto, me pregunto qué razones tendrá para no proceder judicialmente contra tantos rateros que con su actuar afectaron gravemente al país, mantuvieron en la pobreza a millones y ensancharon la brecha que divide a los que tienen mucho de los que no tienen nada.

¿Será que estos supuestos criminales que abusaron de sus cargos para hacerse de grandes fortunas no pueden ser sometidos a juicio en vista de que las leyes creadas por los congresos en manos de sus partidos se diseñaron precisamente para que sea muy difícil hacerlo?

¿Será que son muy ladrones, pero también muy inteligentes y no dejaron rastros legalmente comprobables de sus fechorías? No olvidemos que muchos de ellos suelen negar su participación en algún delito, diciendo que nunca firmaron documento alguno que sirva para demostrar su culpabilidad.

¿Será que las diversas fiscalías y procuradurías federales y locales están investigando a muchos de estos exfuncionarios con el fin de poder demostrar fehacientemente, con evidencias sólidas, su culpabilidad?

No tengo respuesta para estas preguntas, pero me queda claro que para el presidente de México muchos de quienes dirigieron al país de 1982 a 2000 no solo son ladrones e incapaces, sino verdaderos traidores a la patria. Solo por ello deben responder por sus actos.

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