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AMLO y el privilegio de la duda

Sé que quizás esperarían en esta entrega el diagnóstico rumbo a la sucesión en Hidalgo y el obligado paso por la renovación de ayuntamientos el próximo año, pero, a propósito de las esperanzas morenistas en el artículo de la semana pasada, revisamos que PAN y PRD, yendo solos, no tienen ninguna expectativa de triunfo y que, pese a la fortaleza de los blanquiazules en la elección de la semana pasada, al alzarse como el único partido capaz de darle batalla al partido del presidente López, en Hidalgo se ha convertido en una entidad fracturada, dividida por intereses facciosos, que es incapaz de plantarle cara a nadie si no hacen a un lado sus mezquindades.

Entonces, de lo que en realidad quiero escribir en esta ocasión es de una demoledora frase que dice que cada pueblo tiene el gobernante que merece, y por eso, en esta ocasión, cuando parece que estamos al borde del abismo económico y comercial, amén de la persecución política de la que son presa los periodistas críticos del sistema y de cualquiera que disienta del Mesías Tropical, no extraña que todavía haya más de un sesenta por ciento de esperanza de que la Transformación de Cuarta, funcione.

¡Hey, hey, mis asiduos lectores!, pese a que los he castigado con largas ausencias, saben que nunca he sido devoto –ni seré– de su venerable cabeza de algodón; sin embargo, creo que esa mayoría todavía intenta encontrar justificaciones para darle el beneficio de la duda a un hombre que es un gran vendedor de ilusiones, pero fracasa como hacedor de milagros, porque, por muy prestidigitador que sea, al final el castillo de naipes colapsa y termina por derrumbarse cuando topa con la realidad.

Cuando candidato, la última campaña que parece que él no entiende que ya terminó, dijo que pondría en su lugar al presidente norteamericano, Trump, y, sin embargo, las melosas cartas de reconciliación y amistad no han servido para nada de eso, ni el amor y paz, ni el absurdo “respeto” a un hombre que utiliza a nuestro país como su trampolín para pretender su reelección.

Cuando escribo esto no parece haber remedio a la amenaza trumpiana de imponernos aranceles debido a la incapacidad de la administración de cuarta por contener la migración centroamericana rumbo a Estados Unidos, pero el genio que moría por estar en Palacio Nacional ya prepara un acto masivo en Tijuana para defender la Soberanía Nacional. Sin duda conmoverá a muchos y alargará más esta absurda e irracional confianza basada en simbolismo, pero no en hechos.

Alguien debería decirle, entre sus cercanos debe haber un valiente, que los lucidores actos a los que se acostumbró en sus incontables campañas políticas no van a servir si no se avocan a trabajar en serio; deben decirle que el daño al sector turístico, a la confianza de inversionistas que traen dinero para crear empleos, a la economía nacional con sus recortes absurdos que echan a la calle a millones de trabajadores, no se detendrá con promesas ni con esos “otros datos” que dice traer, porque si la gente no empieza a ver acciones que se reflejen en su bolsillo, se acabará el privilegio de la duda, el bono democrático y la esperanza de que algo funcione.

No me falta memoria para recordar el desastre de corruptelas y la marabunta de rapaces que desfalcaron al erario en la administración peñanietista, pero tampoco olvido que el único que prometió meter a la cárcel a Peña Nieto y su caterva de ladrones no fue López Obrador, sino Ricardo Anaya. Y no, no soy panista, pero a raíz de esa promesa, hay que tener memoria, fue que la persecución judicial en su contra lo debilitó cuando repuntaba y dejaba en el fondo a Meade, y dicha campaña no benefició al tricolor sino al morenista.

Tampoco olvido que se habló de acuerdos en lo oscurito entre el nuevo PRI y el viejo PRI –PRIMOR, le dicen— para que, garantizando la llegada de López, no habría prisión contra Peña y los suyos. A seis meses de gestión, el tiempo parece dar la razón a esos rumores.

El caso es que nos acercamos a un abismo que se abrió con un voto visceral para poner el poder en manos de incompetentes, que no han demostrado sino buen manejo de su parafernalia, sin buenos resultados, incluso con agujeros, fallas y corruptelas en sus programas estrella, que regalan dinero pero dejan abierta la puerta al engaño, al latrocinio, pero, sobre todo, a la discrecionalidad para hacer uso de los programas sociales en beneficio de un partido.

DE LAS OBRAS DEL FILOSO FITO

Se dice que en política la lealtad es el valor más preciado, por tanto, honrar la palabra dada, el compromiso establecido, la promesa hecha, debería ser la base del actuar de nuestros políticos, sin embargo, la buena costumbre de nuestra clase política es de simulación, engaño, conveniencia y oportunidad. No importan los años transcurridos, no importan los cambios de humor, la lealtad también significa cumplir la palabra dada.

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