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Aquella masacre

La señal fue un tiro de escopeta lanzado al aire. En solo dos horas en las calles de Cholula habían quedado tres mil muertos (una fuente indica que fueron en realidad seis mil). Cuando la matanza terminó, los agresores, teñidos en sangre, “no pisaban más que cuerpos muertos”. La noticia “corrió por toda la tierra hasta México, donde puso horrible espanto”. La gente temblaba azorada. “Todo era admiración”.

El viernes pasado se cumplieron 500 años de todo aquello. Las convulsiones del día provocaron que la Matanza de Cholula apenas fuera recordada. El Lienzo de Tlaxcala reprodujo sus escenas pavorosas. Los informantes del padre Sahagún la recordaron con horror muchos años después, lamentando la forma en que los habitantes de Cholula fueron masacrados:

“En el momento hay acuchillamiento, hay muerte, hay golpes. ¡Nada en su corazón temían los de Cholula! No con espadas, no con escudos hicieron frente a los españoles. Nomás con perfidia fueron muertos, nomás como ciegos murieron, no más sin saberlo murieron”.

Uno de los capítulos más negros de la Conquista quedó escrito con sangre el 18 de octubre de 1519. Aunque unos embajadores, enviados por Moctezuma a Tlaxcala, habían advertido a los españoles que les sería imposible entrar en México-Tenochtitlan, “porque Moctezuma estaba malo y en una ciudad cercada de agua, que ni podíamos entrar a él ni verle sin gran peligro nuestro”, Hernán Cortés decidió seguir la marcha hacia la siguiente estación de la ruta: Cholula.

Sus aliados, los caciques tlaxcaltecas, le habían advertido que en aquella ciudad, por órdenes de Moctezuma, los aguardaban guerreros que habían bloqueado calles y guardaban piedras en las azoteas, a fin de cercarlos y capturarlos.

El capitán extremeño, sin embargo, desoyó la advertencia y se dirigió a Cholula —una ciudad, “muy torreada”, que describió después como “la más hermosa de fuera que hay en España”. Antes de partir, recibió de los caciques una última recomendación: que no dejara mexicas vivos: ni jóvenes ni viejos. Que los matase a todos: “al mancebo porque no tome armas, al viejo porque no dé consejos”.

Los españoles, sin embargo, fueron recibidos a las puertas de la ciudad, con grandes muestras de hospitalidad, por los dos máximos dignatarios, el Mayor Señor de lo alto, y el Mayor de lo bajo del suelo. Estos le solicitaron que los tlaxcaltecas, sus enemigos, no cruzaran las puertas de Cholula. Cortés accedió, y entró acompañado solo por sus hombres y por el pequeño ejército de totonacas que se le había unido.

Narra Andrés de Tapia que fueron tratados de manera espléndida durante los primeros días. Pero que pasado el tiempo, los cholultecas comenzaron a rehuirlos y a regatear la comida. Pronto llegaron rumores, vertidos al parecer por los totonacas, de que los sacerdotes estaban sacrificando niños al dios de la guerra. Una anciana le contó a la Malinche que muy cerca había miles de guerreros mexicas (Bernal Díaz del Castillo dice que 20 mil) que solo esperaban que los españoles salieran de Cholula para emboscarlos.

Cortés escribió: “Decidí prevenir antes de ser prevenido”. Convocó a los señores principales en el patio del templo de Quetzalcóatl (llegaron más de cien), les recriminó su traición y ordenó que los encerraran. Simultáneamente, se hizo el disparo de arcabuz que marcó el inicio de la matanza. Más de cinco mil tlaxcaltecas y totonacas cargaron con furia contra la gente de la ciudad. “En pocas horas murieron más de tres mil hombres”, le escribió Cortés al rey, “hice poner fuego a algunas torres y casas fuertes donde se defendían”.

La matanza duró cerca de cinco horas. Refugiados en lo alto de los templos, algunos cholultecas “se despeñaron ellos propios” para no entregarse al hierro de sus enemigos. Otros, relata Diego Muñoz Camargo, “morían desesperados, matándose ellos propios”. Las calles se convirtieron en ríos de sangre. El saqueo duró dos días. Tlaxcaltecas y totonacas se repartieron la sal y las telas. El Lienzo de Tlaxcala narra gráficamente aquel horror. Se acaban de cumplir 500 años de que la fama de todo aquello corrió “por toda la tierra hasta México, donde puso horrible espanto”. Un espanto que, por otras causas, sigue vivo medio milenio más tarde.

 

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