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Bajo la dulce miel

Palabras de beato y uñas de gato”. Así decía un antiguo proverbio castellano para describir a quienes, en términos de canción mexicana, prometen muchos regalos y luego dan puros palos. Entre los latines que guardo en la memoria hay uno que da la misma idea: “Sub dulci melle impia venena latent”. Bajo la dulce miel se ocultan crueles tósigos.

Escucharé, claro, el mensaje que López Obrador dará el día de su toma de posesión como Presidente de México. Su discurso será seguramente de paz y amor. En él procurará calmar a todos los que hasta ahora ha escamado, y hará promesas de respeto a la ley y a las instituciones. Reiterará su propósito de ser un buen mandatario y, aunque confirmará su lema, “Primero los pobres”, ofrecerá gobernar para todos los mexicanos sin distingos de ideologías políticas, credos religiosos o condición social. Garantizará su apego a las libertades -la de expresión principalmente- y a los derechos de que gozamos los mexicanos. Lo más probables que no haya en sus palabras nada que se preste a la polémica, y menos aún al sobresalto. Hará, sí, pronunciamientos firmes -hay que mostrar quién manda aquí- pero en general, pienso, su lenguaje será sedeño y aterciopelado. Yo, sin embargo, no me dejaré llevar por su discurso.

Guardaré ante él una reserva cautelosa y esperaré a ver los hechos del nuevo Presidente antes de dar crédito pleno a sus palabras. Esto que digo no implica una actitud de recelo o desconfianza. Menos aún pretendo sembrar dudas sobre las buenas intenciones de AMLO. Creo en ellas, y por el bien de México espero sinceramente que se cumplan. Pero otros gobernantes ha habido que al asumir el poder tuvieron mansedumbres de paloma y luego actuaron con fierezas de gavilán. Aquí cabe otro latinajo: “Facta, non verba”. Escuchemos las palabras, pero esperemos a mirar los hechos.

Paso ahora a otro discurso menos debatible, el de algunos lenes cuentecillos que pongan sosiego en la República tras de mis reticencias y aligeren el ánimo de mis cuatro amabilísimos lectores. “Me acuso, padre, de que me gusta hacer el amor a oscuras”. Así le dijo en el confesonario una joven mujer al padre Arsilio. “Eso no es pecado, hija mía -la tranquilizó el buen sacerdote-. Por el contrario, la oscuridad puede servir para evitar que por los ojos entren tentaciones de concupiscencia lúbrica y erótica que lleven, ellas sí, a cometer algún pecado grave contra la castidad”. “No me entendió usted bien, padre -precisó la feligresa-. Me gusta hacer el amor a’os curas, a ‘os sacristanes, a ‘os seminaristas.”.

El empresario de espectáculos, acostumbrado al trato con gente de la farándula, y a quien por tanto nada sorprendía, se asombró bastante cuando un perro se presentó en su oficina y hablando con toda corrección le dijo que quería que lo contratara para actuar en su teatro. “¿Qué sabes hacer?” -le preguntó. “Imito artistas” -respondió el perro. Y así diciendo procedió a hacer una perfecta imitación de Frank Sinatra, Nat King Cole y Louis Armstrong”. “No está mal -le dijo el empresario-. Pero procura no imitar a nadie. Sé tú mismo”. Don Inepcio le contó a su mujer: “Lo muchachos de la oficina me invitaron a una stag party, una fiesta para solteros donde van a pasar películas pornográficas. Naturalmente rechacé la invitación”. “Ve -lo incitó la señora-, a ver si aprendes algo”. El señor llegó muy triste de su cita con el médico. Le comentó a su esposa: “El doctor me dijo que no puedo fumar, que no puedo beber, que no puedo desvelarme, que no puedo hacer el amor”. “¡Caramba! -exclamó ella-. ¿Cómo supo esto último”. FIN.

Catón

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