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Pericias eclesiásticas

La señorita Peripalda, catequista, se enamoró perdidamente del nuevo cura llegado a la parroquia. Le confió a una amiga: “Amo al padre Celesto con locura. En mis fantasías nocturnas lo imagino acariciándome y besándome apasionadamente, y luego haciéndome el amor. Pero soy poco agraciada, y él no se fija en mí. ¿Qué crees que debo hacer para atraerlo?”. Le aconsejó la amiga: “Disfrázate de monaguillo”. Ese cuento, a más de ser desfachatado, no es aplicable a la inmensa mayoría de los sacerdotes, dedicados con devoción y entrega al cumplimiento de su labor de bien. Sin embargo puede servir para llamar la atención sobre ese terrible mal que tan graves daños está causando ahora -antes se había ocultado- a la Iglesia católica: la pederastia. Tan grave es el problema que el Papa Francisco se vio en la precisión de convocar a una reunión de obispos a fin de examinar esa lacra que tantas víctimas inocentes ha cobrado en todo el mundo. Yo, sin merecerlo, soy católico. Y los laicos tenemos también derecho a decir nuestro sermón. He aquí el mío. La Iglesia, a más de mantener el celibato sacerdotal, excluye a la mujer de las funciones del altar, y la sigue viendo con recelo. El mismo Papa asumió esa actitud cuando dijo que “todo feminismo termina siendo un machismo con faldas” y cuando casi tuvo que disculparse ante sus hermanos por haber convocado a una mujer -una sola- a esa reunión. “Invitar a hablar a una mujer no es entrar en la modalidad de un feminismo eclesiástico”, manifestó. Yo tengo para mí que el celibato sacerdotal es un atentado contra la naturaleza, vale decir contra la vida, creación divina. Cuando a la naturaleza se le cierra la puerta entra por la ventana. Ahí está el origen de muchas de las abominaciones cometidas en el seno de la Iglesia. También se dan en el hogar, es cierto, y en la escuela, pero cuando tales actos los comete un eclesiástico -”hombres de Dios” se llaman- eso es particularmente condenable. La propia Iglesia tiene responsabilidad en tan viciosa práctica. Si aboliera el celibato y permitiera el acceso de la mujer y de los hombres casados a las funciones sacerdotales -ya tiene ministros y ministras de la eucaristía, impensables en los pasados tiempos- atraería a innumerables católicos deseosos de servir a su iglesia, y a través de ella a su prójimo. Sólo una renovación audaz que hiciera que la institución eclesiástica volviera a los orígenes del cristianismo -entonces no existía el celibato sacerdotal, y las mujeres participaban en las funciones del culto- podrá hacer que la Iglesia católica sobreviva y florezca libre de males como ése de la pederastia que tanto preocupa ahora al Papa, pero a cuya raíz no se ha llegado. Don Chinguetas le pidió a su esposa doña Macalota que cocinara ella misma la cena de esa noche, pues había invitado a su jefe a cenar. “No quiso aumentarme el suelo-le explicó-, y esa cena es mi venganza”. Un señor llegó a la cantina “Las glorias de Baco”. Llevaba los dos brazos enyesados hasta las manos, pues había sufrido un accidente de automóvil. Le pidió al cantinero que le sirviera una copa de tequila y que le ayudara a beberla poniéndosela en los labios. El de la cantina, compadecido, hizo lo que el pobre hombre le solicitaba. Tras de tomarse la copa éste le pidió al cantinero que le sacara la cartera del bolsillo del pantalón y que tomara de ella un billete para pagar el consumo. El cantinero lo hizo. Luego el señor le preguntó: “¿Dónde está el baño?”. El hombre se apresuró a responder muy asustado: “¡Está en la gasolinera, a una cuadra de aquí, y el que la atiende es muy ayudador!”.  FIN.

 

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