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Nosotros y ellos

AMLO. Andrés Manuel López Obrador. El presidente López Obrador. El Peje. Estas son las palabras que más escucho en la mayoría de las reuniones a las que asisto, sean estas de índole familiar, social, académica o profesional. También abundan los términos chairo, AMLOver, Pejelover, fifí, conservador y neoliberal.

Desde que empezó a vislumbrarse que ganaría la elección presidencial del 1 de julio pasado, el candidato de lo que fue la coalición Juntos Haremos Historia empezó a ser el asunto dominante en las discusiones públicas y privadas de millones de mexicanos.

Desde el día de su elección hasta hoy, han transcurrido 254 días y en cada uno de ellos el tema del día ha sido Andrés Manuel López Obrador. La intensidad de lo que se conversa o discute en torno al presidente de la república aumentó desde que ofreció la primera de sus conferencias de prensa mañaneras y diarias, el lunes 3 de diciembre.

Y pese a que han pasado 254 días desde su elección y 101 días desde que asumió su cargo, nada indica que en un futuro próximo la gran mayoría de los mexicanos vayamos a dejar de hablar del tabasqueño, del primer sureño en ocupar la titularidad del Poder Ejecutivo federal, desde que el oaxaqueño Porfirio Díaz renunció a la presidencia, el 25 de mayo de 1911.

Nada indica tampoco que en un futuro previsible cesen los enfrentamientos verbales y vía redes sociales entre quienes ven a Andrés Manuel como la encarnación del bien y quienes aseguran que es la encarnación del mal. En estas verdaderas batallas campales que se libran en el interior de oficinas, aulas, cafés, restaurantes, medios de comunicación, Twitter, Facebook, las sedes del Congreso de la Unión y las de los congresos locales y casi en cualquier lugar en donde haya dos o más personas, es difícil encontrar mujeres u hombres que asuman una posición lo menos subjetiva posible, que realmente traten de analizar con la cabeza fría, libre de emociones, al presidente, sus decisiones, acciones y la realidad del país.

Hoy es fácil posicionarse de un lado u otro de la discusión. O se es chairo o se es fifí, o se es AMLOver o se es AMLOhater. Lo que resulta difícil es tratar de no pertenecer a alguno de ambos bandos. Tanto que a quienes intentamos lograr y mantener cierto grado de objetividad nos acusan de ser chairos cuando opinamos positivamente en torno a alguna decisión o acción del nuevo gobierno y nos califican de ser fifís cuando criticamos cualquier cosa que haga este gobierno. O sea, somos malditos si decimos algo a favor y malditos si no
lo hacemos.

La discusión en torno a la figura presidencial y su gobierno ha dividido aún más a los eternamente divididos y enfrentados mexicanos. Y, peor aún, el mismo AMLO ha contribuido a ahondar esa división al calificar a sus detractores como conservadores, fifís y neoliberales, mientras que, según él, solo sus seguidores pertenecen al “pueblo bueno y sabio”.

Yo me niego a caer en el juego perverso que divide a todos los habitantes de un país entre nosotros y ellos, en donde nosotros descalificamos automáticamente a ellos por el solo hecho de no pensar igual. Antes que nada, todos somos mexicanos que buscamos el mejoramiento del país. Recordémoslo.

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