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Fenómeno cultural

Las redes sociales son, por mucho, el fenómeno cultural más interesante de los últimos 20 años. Jovencitas de 15 años volviéndose millonarias solo por tener un canal de YouTube en el que dicen incoherencias o venden consejos de maquillaje, muchachos que abandonan la preparatoria o la universidad para volverse influencers –nombre que reciben actualmente quienes se encargan de crear tendencias sociales o de consumo a través de las redes-, empleadores y empresas que han convertido en hábito el revisar el perfil de Facebook de los postulantes que buscan empleo con ellos, adolescentes que se desnudan y suben sus fotografías a Instagram solo por obtener la mayor cantidad posible de likes –es decir, solo por popularidad y sensación de aceptación- aún si no hay dinero de por medio y cientos de detalles más.

Si usted es fanático de la serie de ciencia ficción llamada Black Mirror de Netflix, sin duda recordará el episodio llamado Nosedive, en el que todo en la vida de las personas está determinado por su nivel de popularidad en las redes sociales: el tipo de amistades que pueden tener, su estatus social y económico, los trabajos a los que puede aspirar, las universidades en que puede estudiar, los barrios en los que puede vivir, los ingresos que puede tener e incluso cosas más banales, como las cafeterías a las que puede entrar y hasta el tipo de café que puede beber. Todos se desviven por ser agradables para los demás todo el tiempo y por obtener la mayor cantidad de comentarios y puntos favorables –equivalentes a los likes de Facebook-. De ese modo los estratos sociales están determinados ya no por el dinero ni por la educación, sino por la popularidad, y cualquier acto o comentario público que desagrade a la mayoría puede hacernos perder instantáneamente nuestro estilo de vida y caer en la desgracia. Hágase un favor y véalo, lo sentirá inquietantemente familiar.

¿Le parece fantasía? Permítame decirle que la realidad ya está superando a la ficción. Tan solo, durante esta semana, se dio un caso que aún tiene al mundo impactado: en Malasia, una jovencita de 16 años publicó en su perfil de Instagram una encuesta en la que preguntaba a todos sus seguidores si debía morir o no. El resultado de la encuesta determinó que debía suicidarse (69 por ciento de votos a favor) y, para sorpresa del mundo entero, la chica hizo caso a los votantes y se arrojó desde la cima de un edificio, falleciendo instantáneamente. Ese es el poder que tienen las redes en la actualidad.

Así las redes sociales crean tendencias, controlan popularidades, generan ingresos, vigilan preferencias, manipulan lo que visualizamos, trafican nuestra información, encaminan masas, facilitan ventas, juegan con el concepto de verdad, limitan las personas e ideologías con las que tenemos contacto cotidiano, elevan o destruyen autoestimas, registran nuestra ubicación y movimientos de manera continua y pueden bombardearnos una y otra vez con publicidad y anuncios de prácticamente cualquier naturaleza, siempre que haya quien pague el precio adecuado. Ahora piénselo: si usted fuese un político, ya sea con un cargo en particular o en campaña, ¿no soñaría con tener a su disposición todo ese poder?, ¿qué haría con él en caso de poseerlo?

Desde hace poco más de cinco años, las redes se han visto involucradas en un importante número de escándalos políticos a nivel nacional e internacional. Es bien sabido que durante las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos los republicanos invirtieron grandes sumas de dinero para posicionar las posturas más radicales de Donald Trump ante los grupos de población con tendencias más racistas y económicamente vulnerables a través de Facebook, principalmente en el sur de ese país. Esto con el fin de crear xenofobia y convencer a los norteamericanos de que las políticas más liberales con los inmigrantes que proponían los demócratas podrían robarles sus empleos, incrementar la inseguridad y la delincuencia y devastar la economía. ¿El resultado? Lo tenemos a la vista.

Seguiremos con más sobre el tema la próxima semana.

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