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Cuando México se fue al abismo

Le escuché esta historia a José Elías Romero Apis: en 1925, Gilberto Valenzuela Galindo presentó su renuncia como secretario de Gobernación. Se había inconformado porque el presidente Plutarco Elías Calles intentaba imponer a su propio candidato a la gubernatura del Estado de México.

Calles le reclamó: «¿Por qué renuncia usted, si hasta ahora no ha perdido mi confianza?».

Palabras más, palabras menos, Valenzuela le contestó: «Solo hay dos razones por las que se renuncia al gabinete: porque el presidente le pierde la confianza al secretario, o porque el secretario le pierde la confianza al presidente. Se ha dado este último caso, por lo que presento a usted mi renuncia».

En la historia moderna de México, se ha pedido la renuncia a innumerables secretarios de Estado. Se cuentan con los dedos de una mano, sin embargo, los que por dignidad, o desacuerdo, han decidido entregarla con la propia.

Es célebre esta anécdota, que narraba el escritor Ricardo Garibay: en 1968, luego de los sucesos de Tlatelolco, el entonces secretario de Educación Pública —el también escritor, Agustín Yáñez—, se acercó al presidente Gustavo Díaz Ordaz, justo cuando concluía una reunión, con un papel en la mano.

Díaz Ordaz lo leyó y lo rompió en cuatro partes, o tal vez en mil pedazos. Vociferó: «¡A mí ningún hijo de la chingada me renuncia!

¡Váyase a cumplir un poco mejor con su cometido!».

La renuncia presentada ayer martes a la cartera de Hacienda por el secretario Carlos Urzúa resulta prácticamente inédita. Al menos desde 1973, quienes estuvieron al frente de esta cartera se fueron del cargo por tres razones:

Por cambio de administración, como José Antonio González Anaya, José Ángel Gurría, Gustavo Petricioli, Pedro Aspe Armella o Francisco Gil.

Para buscar una candidatura (José Antonio Meade, Ernesto Cordero, José López Portillo), o para pasar a otro encargo (Agustín Cartens, Guillermo Ortiz, Antonio Ortiz Mena). O bien, porque el presidente consideró necesario solicitar su renuncia, a consecuencia de un desacuerdo o de una crisis (Jaime Serra Puche, Jesús Silva Herzog, David Ibarra, Rodolfo Moctezuma, Luis Videgaray).

En los anales de la Secretaría de Hacienda existe el caso de un desacuerdo igual de grave al que acaba de tener el exsecretario Urzúa: el que Hugo B. Margáin sostuvo con el presidente Luis Echeverría.

Margáin solo le aguantó el paso a Echeverría hasta la mitad del sexenio. Los gastos inmoderados que ocasionó el proyecto populista del mandatario fueron encendiendo una y otra vez focos de alarma en Hacienda. Echeverría gastaba en obras faraónicas, repartía dinero a manos llenas, adoptaba políticas públicas sin reflexionar en las consecuencias que estas podrían traer en el futuro. Llevaba al gobierno a cometer «errores administrativos muy serios», según recordó el propio Margáin en una entrevista con <i>Proceso</i> (1977).

Echeverría lo acusó de reaccionario, y de ser un funcionario obsoleto: es decir, de ser incapaz de adecuarse a los nuevos tiempos, de resistirse al «cambio».

Margáin entregó su renuncia en 1973: «La deuda interna y la deuda externa de un país tienen su límite, y ya llegamos al límite», dijo. Se pretextó que la caída de un caballo le había provocado un daño en la columna.

En la entrevista con <i>Proceso</i> a la que he hecho mención, el exfuncionario resumió el desastre económico que no tardó en llegar: cuatro mil millones de dólares se fueron del país en un santiamén, cuando los inversionistas le perdieron la confianza al gobierno. La inflación se disparó un 30 por ciento; el déficit de la balanza comercial con Estados Unidos fue en 1974 ¡de dos mil millones de dólares! El dólar pasó de 12.50 a 24 pesos.

México se fue al abismo. A nuestros padres, a nuestros abuelos, a la gente de mi generación, le llevó lustros superar, medianamente, la crisis. Refugiado en Estados Unidos, Margáin declaró que los técnicos tendrían que estudiar «que es lo que hicimos en el sexenio pasado para no repetir los errores».

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