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Cuando tengas un orgasmo…

“Cuando tengas un orgasmo te agradeceré que me lo digas” -le pidió el marido a su mujer. “No puedo” -opuso ella. “¿Por qué?” -se extrañó el hombre. Explicó la señora: “Porque me has prohibido que te llame por teléfono a la ofi cina”. Empédocles Etílez y Astatrasio Garrajara iban en automóvil en competente estado de ebriedad. Gritó de pronto Empédocles: “¡Cuidado con el poste!”. A pesar de la advertencia el coche fue a chocar contra el madero. (Al día siguiente Empédocles les contaría con orgullo a sus amigos: “Anoche me eché un palito de 15 mil pesos”). Salieron los dos beodos del vehículo, y Empédocles le dijo a Astatrasio: “¿No oíste que te grité: ‘¡Cuidado con el poste!’?”. “Sí oí -respondió con voz lastimera el temulento-. Pero tú ibas manejando”. Para que un matrimonio sea un éxito se necesitan dos. Para que sea un fracaso se necesita solamente uno. Don Chinguetas y doña Macalota hacían todo lo posible para que su matrimonio naufragara. Él era pronto de bragueta con todas las señoras, menos con la suya, y ella por su parte amaba más a sus tarjetas de crédito que a su marido. Pero Chinguetas no quería divorciarse de su esposa, pues a su edad le daba fl ojera iniciar una nueva relación. Bostezaba nomás de pensar en todo eso de las fl ores, las citas, los regalos, las invitaciones a cenar y a bailar, la presentación a la familia, etcétera. Así, buscó la asesoría de un consejero familiar. Éste le hizo una sugerencia que don Chinguetas trasmitió a su cónyuge. “Opina el terapeuta que nuestra relación anda mal por aburrimiento. Dice que debo tener una aventura extramatrimonial para dar nuevo interés a mi vida”. “No le hagas caso -repuso doña Macalota-. Yo he tenido varias, y eso no ayuda nada”. Don Martiriano, el sufrido esposo de doña Jodoncia, le contó
muy apesadumbrado: “El jefe me insultó en la ofi cina. Me dijo que soy medio pendejo”. “No le hagas caso -lo consoló doña Jodoncia. Es que sólo te conoce a medias”. Capronio es un sujeto ruin y desconsiderado. Cierto día extrañó el reloj de bolsillo que en su lecho de muerte su papá le había vendido. (Tenía a quien salir el tal Capronio. Bien decían nuestros ancestros: “Padre petate, hijo tepetate”). Un breve interrogatorio le bastó para sacarle la verdad a la criadita de la casa: ella había sustraído el reloj con intención de regalárselo a su novio. “Lo siento, Ancilia -le dijo Capronio. Tendré que llamar a la policía”. “¡No me denuncie, patroncito! -suplicó llena de angustia la muchacha-. ¡Hágame lo que quiera, pero no llame a la policía!”. No es que Capronio fuera muy bueno; lo que pasó es que Ancilia estaba muy buena. El vil sujeto se dispuso entonces a cebar en ella su rijosidad. Pero se le cebó el intento, pues por más esfuerzos que hizo no pudo ponerse en aptitud de dar satisfacción a su libídine. Quiero decir que no funcionó. “Lo siento mucho, Ancilia -dijo entonces el desgraciadísimo Capronio-. Siempre sí tendré que llamar a la policía”. Aquel señor estaba en una cama de hospital vendado de pies a cabeza igual que momia egipcia. Sus compañeros de trabajo fueron a visitarlo, y uno le preguntó por qué se hallaba en tan lamentable estado. “Mi compadre Leovigildo me golpeó” -respondió con voz feble el lacerado. “¿Por qué?” -inquirió el otro. Contestó el señor: “Porque estuve de acuerdo con él”. “No entiendo” -se desconcertó el que preguntaba. ¿Te golpeó por estar de acuerdo con él?”. “Así es -confi rmó el infeliz-. En reunión de amigos comentó: ‘Mi mujer hace muy bien el amor’. Y yo dije: ‘Es cierto’. Por eso me golpeó el compadre ¿ustedes creen? Por darle la razón”. FIN.

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