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Don Languidio Pitocáido

Don Languidio Pitocáido, señor de edad madura, sufría problemas graves de disfunción eréctil. Más bien los sufría su mujer. Eso no inquietaba mucho a don Languidio -ella era de confianza-, pero tenía una amiguita a la que visitaba una vez por semana, generalmente los viernes por la noche. Fallarle a esa amistad sí mortificaba al señor Pitocáido, pues a los amigos no debe uno fallarles, y a las amigas menos. Buscando remediar tal deficiencia echó mano a toda suerte de potingues y mejunjes, particularmente aquellos a los cuales las consejas populares atribuyen virtudes para que el varón pueda enfingir: la infusión de hierba damiana; el té de la otra hierba llamada garañona; las criadillas de toro; los ostiones; la hueva de liza, etcétera. Ninguna de esas sustancias funcionó, y por lo tanto siguió sin funcionar el tribulado caballero. Recurrió en seguida a los específicos de que dispone la farmacopea, tanto los antiguos -la yohimbina, por ejemplo-, como los más modernos, cuyos nombres desconoce el escritor por no tener aún necesidad de ellos, praise the Lord. Tampoco tales medicamentos fueron útiles para poner a don Languidio en aptitud de izar la grímpola de su masculinidad. Iba ya a apelar a cosas de brujería vade retro, Satana- cuando alguien le habló de las miríficas aguas de Saltillo, capaces de reanimar al más desanimado másculo. Soy originario y vecino de esa ciudad, y por lo mismo se me puede tachar de no ser objetivo, pero como prueba de las virtudes de esas aguas diré que en el último número de la revista “The M.D. Companion” aparece un artículo firmado por el doctor Carterio, especialista en antigüedades egipcias, quien declara que por vías de experimentación vertió unas cuantas gotas de aquellas taumaturgas linfas en los labios de una momia de varón existente en el
Museo del Cairo, con el pasmoso resultado de que la tal momia, de 3 mil años de antigüedad, rompió el vendaje que le cubría la alusiva parte, y sin usar las manos. De ese portentoso hecho son testigos dos muftis egipcios y un mujic ruso que estaba ahí porque extravió la ruta en el camino de Kiev a Vladivostok. Pero advierto que me he apartado del relato. Vuelvo a él. Don Languidio se las arregló para conseguir un centilitro de las miríficas aguas mencionadas. Tuvo suerte, ya que esas linfas escasean a veces por la enorme demanda que hay de ellas. Pues bien: ni siquiera fue necesario que el provecto señor las bebiera. Con solo mirarlas en el frasco volvió a tener 20 años, al menos en la parte en que más necesitaba regresar a esa edad vernal, o sea primaveral. Don Languidio no daba crédito a lo que sus ojos contemplaban. Tanto tiempo hacía que no miraba una tumefacción así que ya hasta se le había olvidado cómo era. Sintió correr por sus venas una plétora de ardiente sangre, y creyó ser aquel árabe sin cuitas que el poeta dijo, “que siempre está de vuelta de la cruel continencia del desierto, y que en medio de un júbilo de huríes las halla a todas bellas y a todas favoritas”. Su primer pensamiento fue dar infinitas gracias a San Guignolé, miraculoso santo que alivia disfunciones como aquella que padecía él, pero luego pensó que el prodigio lo debía a las miríficas aguas de Saltillo, e hizo voto de ir en peregrinación a esa ciudad a agradecer el prodigio que sus linfas habían obrado en él. Luego llamó a gritos a su mujer. Vino corriendo la señora, pensando que algo malo le había pasado a su marido, y lo que vio en él la llenó al mismo tiempo de asombro y regocijo. Al punto empezó a despojarse de la ropa. “¡No te hablé para eso! -la detuvo don Languidio-. ¡Rápido! ¡Tráeme la cámara! ¡Mis amigos del café no me van a creer esto!”. FIN

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