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El cansancio del Almirante

En Los Ángeles se acaba de retirar una estatua de Cristóbal Colón, acusado de genocidio. No es la primera vez que el desembarco europeo en el Nuevo Mundo es visto como una empresa nefasta. En el siglo XVIII, Georg Christoph Lichtenberg escribió: «El americano que descubrió a Colón hizo un descubrimiento atroz».

Con todo, parece exagerado responsabilizar al Almirante de la Mar Océano de las desgracias ocurridas después de su epopeya. ¿Es posible juzgarlo a partir de la conducta que debería tener en nuestro tiempo?

Colón fue un hombre de convicciones medievales con un propósito renacentista. Creía ser guiado por Dios y jamás pensó que su fiebre de oro fuera signo de codicia. Buscó rutas sin otra evidencia que el deseo. Hizo un cálculo pragmático para justificarse su aventura ante sí mismo y un cálculo exagerado para convencer a la tripulación. En forma dramática, la realidad demostró estar más cerca del viaje fabulado que del que pensaba hacer. Llegar al Este por el Oeste era posible, pero más arduo de lo esperado.

Colón fue egoísta, terco, valiente y ambicioso. «Era más fácil odiarlo que quererlo», dice su biógrafo Gianni Granzotto. Se quedó con la renta anual de diez mil maravedíes que le correspondía a Rodrigo de Triana, el primero en gritar la palabra «tierra». Incapaz de transigir, prefería la certeza de un pleito a la medianía de un acuerdo.

También fue un marino impar. El arqueólogo naval Samuel Eliot Morison, que repitió en el siglo XX los cuatro viajes de Colón, le dedicó novecientas páginas celebratorias. El diario de a bordo del Almirante es un documento imprescindible sobre las fatigas de una insólita travesía y la continua extrañeza ante lo otro. Pendenciero en tierra, Colón cedía en el mar al hedonismo de lo desconocido. En un tiempo poblado de monstruos imaginarios, no cerró los ojos.

Su misión fue tan incierta como la del Apolo 11, pero tuvo mayores consecuencias. Neil Armstrong pisó la Luna sin que eso modificara la conducta de sus congéneres. En cambio, Colón disipó para siempre los terrores del océano y permitió que otros repitieran esas rutas.

El pirata Francis Drake tiene en Plymouth y en Londres estatuas sólo mancilladas por los excrementos de los pájaros. ¿Fue Colón más terrible por adelantarse a otros oportunistas de ultramar?
El Almirante ya fue castigado por la historia. A los 53 años hizo su último viaje de vuelta. Llegó extenuado a Sevilla, el 7 de noviembre de 1504. Buscó a Isabel, su permanente protectora, pero la reina murió diecinueve días después. La corte no quiso recibir a quien regresaba con más reproches que oro. El marino había hecho fortuna, pero consideraba que merecía el diez por ciento de las riquezas obtenidas en el Nuevo Mundo. Agobiado por la gota y la artritis, quiso ir a Madrid en un catafalco, pero no consiguió este carruaje fúnebre. No resistía el movimiento del caballo y pidió permiso para servirse de una mula, lo cual estaba prohibido. El rey Fernando accedió a esta petición. Fue el único favor que le concedió.

Colón viajó a Madrid en mula y de ahí a Valladolid, donde murió y fue enterrado sin honores en un sitio que hoy es un billar. Según señala Granzotto, su fortuna póstuma no fue mayor. Américo Vespucio, que viajó después que él, bautizó al continente, y durante tres siglos no se publicó nada sobre el marino genovés. Humboldt se sorprendió de que en el Nuevo Mundo no hubiese una piedra que aludiera a su existencia. Su rehabilitación sólo llegó con el cuarto centenario de su desembarco, en 1892.

¿El Almirante debe volver a naufragar en el olvido? La pregunta surge en tiempos de otra navegación. Internet amenaza al periodismo como modelo independiente de negocios, distorsiona la realidad con fake news, destruye la privacidad, fomenta el linchamiento y permite tramas terroristas. Como las cuentas de vidrio que cautivaron a los aborígenes, las pantallas enajenan a sus usuarios y los convierten en rehenes del consumo. ¿Hay que denostar a los intrépidos que inventaron un sorprendente artilugio sin calcular los usos que le daría la limitada especie humana?

El Almirante pagó sus afrentas con el cansancio. Castigar simbólicamente sus agravios acaso sólo sirva para desviar la atención de otros depredadores, los que continúan expoliando a los pueblos originarios.

Ático
Terco, valiente y ambicioso, Cristóbal Colón ya fue castigado por la historia; ¿merece volver a naufragar en el olvido?

 

Juan Villoro
Agencia Reforma

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