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El Cirineo de San Miguel Cerezo

Don Mariano Iturría, párroco del templo de Nuestra Señora de la Asunción, fue uno de los mayores impulsores en la restauración del vecino santuario de San Miguel Cerezo El libro de fábrica de su reconstrucción obra en el archivo de la parroquia, levantado entre finales del siglo XVIII y principios del XIX y da constancia del gran esfuerzo realizado para dejarla en condiciones de culto.

A muchas prestezas acudió el bueno de don Mariano para conseguir cómo arreglar aquella vetusta construcción, en la que primero restauró la bóveda y luego procedió a desnudar las paredes humedecidas, por los escurrimientos sufridos a lo largo de un buen número de años. Pero en eso estaba cuando los fondos se acabaron.

Las limosnas, diezmos y otras aportaciones de los habitantes de aquel pequeño poblado eran insuficientes, pues  era habitado por mineros de muy bajos ingresos, dado que muchas minas habían cerrado por aquellos años.

Fue el vicario que laboraba con el padre Iturría, tal vez el presbítero Mariano Matamoros, quien ideó como conseguir recursos para la reconstrucción del santuario. Como estaba cerca la celebración de la Semana Santa, era factible celebrar en aquel lugar un Viacrucis viviente, que aprovechara la escenografía natural que rodea al pueblo, a fin de dar mayor realismo a la representación.

Se procedió entonces a invitar a todos los fieles de Pachuca y sus alrededores, a fin de que acudieran a esa ceremonia, alrededor de la que se organizarían, en unión de las Cofradías de María Santísima la del Santo Rosario y la de la Sábana Santa, una serie de entretenimientos para los visitantes, tales como: puestos de alimentos, arreglados a la obligatoria vigilia alimenticia; pabellones expendedores de aguas frutales, y sitios dedicados a la venta  de cirios y candelas, así como de estampas y libros religiosos.

El párroco Iturría convocó a los habitantes de San Miguel  Cerezo, a fin de repartir responsabilidades y elegir a quienes intervendrían en la santa representación del Viacrucis. En menos de una semana se echó andar la organización de aquella celebración. El párroco solicitó a su vicario se encargara de los ensayos y a doña María Revilla, de la distribución de responsabilidades para la vendimia.

Todo marchaba muy bien, hasta que una semana antes, precisamente el Viernes de Dolores, Melquiades Hondo, quien se iba a desempeñar como Simón Cirineo, cayó enfermo de gravedad y se determinó que no podría intervenir en el viacrucis. Don Mariano se levantó muy temprano el lunes y después de celebrar la misa, de 6 de la mañana, partió a San Miguel Cerezo para resolver el problema.

Muy alto estaba el sol cuando el sacerdote y algunos de los organizadores de la ceremonia religiosa llegaron a la vivienda de Hilario Arciniega, un hombre de escasa estatura, tez morena picada por una viruela mal cuidada y el escaso pelo ya encanecido por la edad. Con gesto de pocos amigos, Hilario escuchó la invitación que le formuló el cura y de inmediato la rechazó: ¡Yo no creo en esas cosas!”, les dijo, “¡además, soy el menos indicado para representar al santo ese que astedes dicen”!.

El párroco no escatimó tiempo para convencer al elegido, hasta que finalmente accedió a cambio de que le regalaran la ropa que necesitaría, misma que quedaría como suya para usarla en las labores del campo, de las que vivía cotidianamente.

Asistió Hilario a regañadientes a los últimos ensayos, no hizo conversación con nadie, se concretó únicamente a seguir las indicaciones que le proporcionaron sobre la manera en que debería conducirse y al terminar se marchaba sin despedirse ni cruzar palabra con nadie; era en realidad, como dijo la señora Revilla, un individuo raro, muy raro.

Llegó por fin el día de la representación, el Viernes Santo de 1798. Poco  después de las 11 de la mañana dio inicio el Viacrucis viviente. El pueblo de Cerezo se vio materialmente invadido de fervorosos fieles, que ocuparon la calle principal del poblado desde la entrada del Camino Real hasta el templo.

El hombre que representaba a Cristo cargó con la cruz después de la condena de Poncio Pilatos. Vino la primera caída y el Cristo aquel padeció para levantarse, pues la cruz pesaba más de lo imaginado.

Cuando en la quinta estación se acercó al lugar donde Hilario representaría al Cirineo, el actor primero le miró con una profunda compasión que nunca antes había sentido por nadie, declaró más tarde; luego, con todo comedimiento, cargó con la cruz, pero he aquí que uno de los soldados, siguiendo las instrucciones de la escenificación, simuló golpear al Cristo; Hilario lleno de cólera, olvidándose que era una representación un tanto teatral, se abalanzó sobre aquel individuo y empezó a golpearlo hasta que le dio muerte.

Los asistentes pensaron que aquello era parte de la representación, hasta que alguien gritó: “¡está muerto!”, refiriéndose al soldado que yacía en el suelo sin vida. Entonces todo se convirtió en confusión: Hilario fue aprehendido y llevado ante el alcalde mayor, en tanto que el Viacrucis viviente termino abruptamente, los feligreses desconcertados se retiraron y el padre Iturría dio por terminada la dramatización.

No hubo dinero para continuar la restauración del templo y, por muchos años, el arzobispo de México prohibió que se hicieran este tipo de representaciones en Semana Santa. Hilario fue condenado a 20 años de prisión, pero a partir de aquel suceso se hizo creyente de la fe católica hasta su muerte.

La placa que ilustra esta narración corresponde al camino Pachuca-San Miguel Cerezo en 1907, a la altura de las minas de San Rafael y Camelia.

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