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El extraviado arte de la discusión

No, discutir no es pelear, ni gritar ni hacer aspavientos, tampoco significa cerrazón de ideas, imposición de dogmas o allanamiento del otro; discutir en un proceso de intercambio de ideas, de conceptos, de enriquecimiento mutuo donde quienes discuten, dos, tres o más, pueden oír y hacerse oír, opinar, argumentar, explicar, exponer, compartir, de manera tal que al final todos se nutren de las expresiones que se vierten.

Cierto, hay quienes se van con las mismas ideas, dogmas, conceptos, necedades o errores con los que llegaron, pero otros más se podrán ir con una visión más amplia de la alteridad, con más capacidad de entender a los demás, con mayores convicciones o con más dudas, pero siempre con un proceso de aprendizaje que permite ver de manera más completa al otro, e incluso a sí mismo.

Sin embargo, esa capacidad humana de la argumentación, de la escucha, del aprendizaje donde no sólo conoceremos las ideas de la otra persona, sino que, por medio de sus ideas, nos permite conocer a esa otra persona, se ha convertido en un arte en desuso, en una cada vez más devaluada práctica, que en sí misma es esencialmente humana.

Hoy en día la gente usa sus medios electrónicos para pontificar, para dictar cátedra de sus conocimientos y sus puntos de vista y cada vez más estos medios cierran las puertas al auténtico diálogo, y se truecan por insultos, “troleos”, acosos y por dogmatismos que nos arrebatan la maravillosa oportunidad del diálogo.

Pero no nos sorprenda que eso pase en los medios, en las redes sociales, si en el trabajo, en el transporte público e incluso en casa, ocurre que las personas están absortas en sus teléfonos móviles, mirando memes, videos, incluso noticias y un sinfín de publicaciones, ignorando lo que pasa alrededor, cerrando así la puerta al diálogo que podría nutrir nuestro bagaje cultural o social.

Hoy el diálogo se termina porque se recurre al insulto, a la burla, a la insidia, cuando es notoria la ignorancia, y en lugar de expresarnos y apostarnos a aprender, y a aprehender, nos cerramos a los nuevos conocimientos o al a ampliación de los que ya teníamos, a la profundización incluso de nuestra propia reflexión que se pone en marcha cuando al argumentar, una buena discusión nos obliga a reflexionar y a encontrar el sentido y las bases de lo que creemos y de lo que opinamos.

Así como suele ser decepcionante descubrir que una persona que creíamos una lumbrera, en tres conversaciones agota todo su saber, es iluminador encontrar que en personas que pensábamos cortas de miras puede haber reflexiones profundas y aleccionadoras.

Del mismo modo que resulta frustrante que una persona, ante la exigencia de explicaciones y argumentos se cierre a una monótona respuesta, sin argumentos, sin siquiera echar mano de sinónimos o de comparaciones que los lleven a profundizar sus propias ideas, es maravilloso ver el proceso de quienes, al reflexionar y obligarse a pensar, pueden ir modificando, puliendo y abriendo sus propias ideas para plenificarlas y profundizarlas.

Tuve, como un ejemplo, la oportunidad de platicar un par de ocasiones con el ex Gobernador Manuel Ángel Núñez, quien era una máquina de datos y números sobre obras públicas y estadísticas cuando de entrevistas se trataba; pensé que sería siempre así, que su universo era su gobierno, sus datos y sus logros, pero en las dos ocasiones en que hablamos, me encontré con una persona que conocía de filosofía, de letras, de historia, y que era capaz de hacer a un lado la perorata gubernamental para exponer su ideario y su visión del mundo, más allá de su trabajo.

Pocos políticos he encontrado así, quizás podría contarlos con los dedos de una mano; por el contrario, creo que cada vez más encontramos especialistas de lo mínimo e ignorantes del todo, que no son capaces de aventurarse más allá de su universo conocido, y por tanto que convierten en diatribas y peroratas sus opiniones.

Es necesario fomentar el diálogo para crecer como ciudadanía, propiciar el encuentro de las ideas y de los conceptos para hallar nuestra humanidad, hoy perdida en un mundo que se va dividiendo poco a poco en extremos que se ven como enemigos, como antagonistas y adversarios a los que hay que acabar y arrasar, con los que no cabe la posibilidad de entenderse.

Cuando discutes, creo yo, no se trata de ver si se gana o se pierde, sino de cuanto se aprende, del otro, de su visión del mundo, de su experiencia, del camino de la reflexión que lo lleva a sus propias conclusiones, a sus personalísimas “verdades”, bajo las cuales podremos coincidir, o no, pero a partir de las cuales nos podremos conocer.

Y hago este alto, esta reflexión que apela a la humanidad para que aprendamos a conocer a los demás a través de sus ideas porque en breve empezarán en Hidalgo unos procesos electorales que, ante el caldeado ánimo nacional y la polarización política en que nos ha insertado la dialéctica pejiana-morenista, no habrá mucho tiempo para la escucha y sí para la diatriba.

Dialogar, discutir, siempre será un sano antídoto para el extremismo y la intolerancia, y sobre todo será un eficaz adhesivo para construir mejores relaciones humanas y una cohesión social más fuerte donde resalte lo humano, la inclusión y la aceptación del otro.

 

DE LOS ESCRITOS DEL FILOSO FITO

Ave de tempestades, mediático, polémico y amante de los reflectores, el gobernador de Hidalgo llega a medio mandato con resultados tangibles, millonarias inversiones y grandes obras en marcha, con los conceptos claros de lo que quiere y, gracias a una metodología de evaluación puntual por objetivos, con el mapa claro de lo hecho y lo que resta por hacer.

Sin llamarse a sí mismo el impulsor o artífice de la gran transformación de Hidalgo, sí llegó con diagnóstico y metas precisas de lo que sería su Gobierno, causando polémica desde la presentación de su Gabinete y la reingeniería gubernamental.

El tiempo, las urnas, la ciudadanía, calificarán lo hecho por él en este sexenio, y darán su veredicto, así que, desde ahora, que inicia su segunda mitad de mandato, cada elección será como una evaluación de dicho gobierno.

Sé, porque lo conozco y lo considero mi amigo, que Omar Fayad Meneses no cambiará su esencia, que seguirá empeñado en cumplir su palabra y hará todo por honrar sus compromisos, porque cumplir con el camino trazado desde hace tres años, significa para él, trascender su propio sexenio.

 

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