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¿El futuro?

No es recomendable tratar de predecir. Las probabilidades de fallar son muy altas porque el futuro es una tierra incierta. Pero intentar preverlo puede servir para colocar en el debate alguna preocupación.

Si hoy fueran las elecciones -según todas las encuestas- el próximo Presidente sería Andrés Manuel López Obrador. Faltan dos meses para los comicios y por ello no se puede hablar de certeza sino de altas probabilidades. Su larga visibilidad pública (18 años) como opositor a los sucesivos gobiernos; su vena popular de la que carecen sus contrincantes; sus formulaciones simplistas, refractarias a asumir la complejidad, pero altamente «pegadoras»; pero también el hartazgo producto de fenómenos de corrupción reiterados, de la expansión de la inseguridad y la violencia, de la marcha de una economía que es incapaz de ofrecer un horizonte medianamente promisorio a millones de jóvenes y de una desigualdad social que se vive con absoluta insensibilidad por parte de las élites; más una percepción extendida y elemental que coloca toda la responsabilidad de las carencias y rezagos en la mal llamada clase política («ya fallaron los otros, le toca a él»), han sido el terreno fértil para el crecimiento de su candidatura.

(Me) Preocupa, sin embargo, su resorte autoritario. En cada ocasión que una institución o individuo discrepan de sus opiniones o iniciativas la descalificación se produce en automático. A nadie le gusta ser contradicho, pero la reacción de AMLO nunca toma en cuenta lo expresado (las razones) sino los supuestos intereses y motivaciones «inconfesables» de sus adversarios. Ha descalificado en distintas ocasiones a la Corte y a bancadas de legisladores, a empresarios y comentaristas, a publicaciones y agrupaciones civiles, por el simple hecho de apartarse de sus puntos de vista. Y por supuesto que se puede y debe debatir con ellos. No existe ni debe existir institución o actor intocable. Pero su método no consiste en rebatir los argumentos, en colocar mejores diagnósticos sobre la mesa, en matizar o desmontar las aseveraciones de sus contrarios, sino en la descalificación de bulto, colocándolos en un cajón de sastre que si no fuera ominoso sería risible: «la mafia en el poder». Lo que «descubre» son presuntas intenciones aviesas, jamás se detiene a pensar que pueden ser saberes e intereses legítimos. Educado en un arcaico código autoritario que establece que hay momentos para obedecer y otros para mandar, durante varias décadas asumió lo primero y desde hace algunos años no activa más que el resorte de ordenar. Una conducta renuente a la deliberación, incapaz de apreciar los valores de la disensión.

Ahora bien, no llegará a un espacio vacío sino a un escenario plagado de contrapesos. Un mundo institucional muy diferente al de -digamos- los años setenta del siglo pasado. Existe una Corte independiente, un Congreso donde se reproduce la pluralidad, gobernadores de diferentes partidos y coaliciones para no hablar de los presidentes municipales y los congresos locales. Y si a ello sumamos unos medios de comunicación que han ampliado sus márgenes de libertad, las agrupaciones empresariales, el rosario de organizaciones de la sociedad civil, más las redes e incluso las muy debilitadas asociaciones de trabajadores, el nuevo Presidente tendrá restricciones reales, funcionales y potentes para el ejercicio de un eventual poder autoritario. Se trata del laberinto democrático construido en las últimas décadas y que a algunos nos parece venturoso, aunque otros no lo valoren de la misma manera.

No obstante, desde otra esquina se puede decir que esos contrapesos pueden ser vencidos; son débiles, novísimos (en términos históricos) y existe la posibilidad de una reconstrucción absorbente de la Presidencia. No solo por el talante del nuevo Presidente, sino porque dado el reblandecimiento de los partidos e identidades y el papel central que está asumiendo el personalismo, acompañado de un robusto pragmatismo (en la coalición Juntos Haremos Historia están presentes el PES y el PT), puede reactivarse la corriente mayoritaria, la del oportunismo, que puede ponerse a las órdenes del nuevo «jefe». Legisladores, gobernadores y presidentes municipales junto con grupos empresariales, asociaciones civiles, medios de comunicación que decidan alinearse, por conveniencia, con el flamante «Jefe de Estado».

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