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El Goliardo

Conocí a Juan Manuel García-Junco en 1995, en las agobiadas mañanas de La Jornada Semanal. Olvidé su nombre de inmediato porque él prefería que lo llamáramos H. Pascal. Hablaba con la celeridad de quien piensa con gran concentración en cinco cosas a la vez. Era experto en literatura de terror, fantasy, novela de aventuras, cómic y ciencia ficción. Llegaba a vernos con una bolsa hinchada por sus manuscritos y dejaba caer seis o siete sobre la mesa para que los revisáramos sin compromiso alguno (por más cosas que sacara, la bolsa no menguaba de tamaño, como si los textos se reprodujeran ahí adentro).

Nuestro suplemento dedicaba dos planas a las prosas apátridas que no respondían a un género preciso: El Curioso Impertinente. Pascal podría haber llenado esa sección como solista, pero aceptaba su turno con disciplina. Aunque tenía prisa para hablar, no protestaba por nuestros rezagos y en cierta forma nos compadecía por carecer de espacio.

No es de extrañar que buscara otras formas de circulación literaria. Inspirado en los monjes vagabundos del siglo XIII que divulgaban la poesía y el hedonismo, fundó la editorial Goliardos, dispuesta a desplazarse con la ligera tenacidad de las hormigas. Cuando me pidió un texto, lo publicó en el acto y no alardeó de su velocidad.

Como otros visionarios, amaba asuntos atávicos. La magia, el erotismo y la religiosidad determinaban las narraciones que situaba en el porvenir o en un pasado de su invención, como la China inmediatamente posterior a la muerte de Lao Tse.

Respetaba la impresión artesanal y aprovechaba en su favor la falta de recursos, convencido de que las voces alternativas merecen otro diseño y otra tipografía. Editó a numerosos escritores en fanzines y antologías, y gracias al apoyo de Paloma Sáiz y Paco Ignacio Taibo II tuvo un concurrido stand en la Feria del Zócalo.

La innovación no sólo ocurre hacia adelante. H. Pascal buscó la novedad del pasado y se convirtió en adalid del relato “La última guerra”, de Amado Nervo, demostrando que el autor que nuestras abuelas recordaban por sus poemas de amor trágico también había sido insólito precursor de la ciencia ficción en México.

Alguna vez hablamos de los comienzos literarios de J. G. Ballard, Harlan Ellison, Philip K. Dick, Alan Moore y otros goliardos afines a su estética, publicados por primera vez en pasquines que valían lo mismo que un refresco. “No estoy tan equivocado”, decía, acariciando una barba progresivamente blanca.

En efecto, no lo estaba. Hace cinco años coincidimos en La Mole, santuario del cómic. Me vio llegar con mi hija y sus amigas, todas de catorce años, y se hizo cargo de la expedición con la pericia de quien conoce los secretos del laberinto. Nos presentó con editores, ilustradores, actores vestidos de superhéroes y el locutor que doblaba al señor Burns en Los Simpson. Con el mismo sentido de la orientación, circulaba en los periódicos cercanos a Bucareli y en las ferias del libro.

El domingo pasado visité en Guadalajara la exposición En casa con mis monstruos, de Guillermo del Toro. Ante esa fantasmagoría, pensé en H. Pascal sin saber que había muerto el 2 de julio. Me enteré de la noticia por su hija, la escritora Aura García-Junco, a quien conocía sin asociarla con él, pues había olvidado el nombre cívico del emblemático Pascal.

Aura publicó en la Revista de la Universidad un sugerente texto sobre las curiosas confusiones que provoca el GPS.

Esa reflexión sobre los misterios de lo cotidiano es el correlato perfecto de Juan Manuel García-Junco, que recorrió mundos paralelos sin necesidad de GPS.

Nunca sabremos cómo se construye una tradición. Blaise Pascal concibió a Dios como una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. Su tocayo H. aparecía fugazmente en cualquier redacción; publicaba textos propios y ajenos; vendía, regalaba y soñaba libros. Muchos comenzaron a leer gracias a lo que él puso en sus manos. Proselitista sin tregua, hablaba de elfos en el Metro y de la lengua del dragón en el Zócalo. Poseía una imaginación sin jerarquías, abierta a cualquier estímulo. Inventó su identidad y nos permitió tener un amigo del siglo XIII que vacacionaba en el futuro.

La mayoría de los escritores queremos escapar a algún sitio.

H. Pascal vivió con la libertad de quien ya ha escapado.

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