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El método Ollendorff

Tengo una gran facilidad para los idiomas. Con el único que batallo es con el español. El inglés lo aprendí en el famoso método Ollendorff, que consistía en dotar al aprendiente del mayor vocabulario posible. Eso se lograba por medio de diálogos en los cuales la respuesta jamás correspondía a la pregunta: “Dime, sobrino: ¿tienes tú el paraguas del notario?”. “No, abuelo. El corsé de la marquesa lo guarda el predicador”.

En forma parecida respondió Javier Jiménez Espriú, secretario de Comunicaciones, al señalamiento de José Antonio Meade en el sentido de que la cancelación del aeropuerto de Texcoco habrá de costar a México una suma cercana a los 145 mil millones de dólares -en pesos casi todos-, la cual terminaremos de pagar más o menos en 145 mil años. Lejos de aducir razones para rebatir tal dato y justificar esa cancelación el funcionario respondió en el más puro estilo Ollendorff, en este caso con un argumento ad hominem, o sea un ataque a la persona.

A eso recurre quien carece de explicaciones para dar respuesta a su adversario. En este conato de polémica Meade se mostró mesurado y razonable, en tanto que Jiménez se vio altanero y carente de razones. Su actitud es un reflejo del autoritarismo con que actúa el nuevo régimen. El secretario de Comunicaciones tiene un prestigio que cuidar. En ocasiones como ésta responda con evidencias, no con ocurrencias.

Al día siguiente de la noche de bodas el recién casado amaneció laso, feble, cuculmeque y escuchimizado. Su agotamiento era explicable: se había pasado la mayor parte de la noche haciendo obra de varón con su flamante esposa, y eso es más fatigoso para el hombre que para la mujer. “No es lo mesmo dar que recebir”, dice don Abundio el del Potrero. Además ella era feminista de tiempo completo, y puso como condición para llevar a cabo el acto connubial hacerlo en la forma que en los lascivos frescos de Pompeya aparece con el nombre de mulier equitans, o sea mujer jinete, esto es sentada sobre la entrepierna del másculo en vez de estar bajo él como en la tradicional, convencional, formal y poco imaginativa posición del misionero.

Así pues el exhausto galán bajó al lobby bar del hotel -pasaba ya del mediodía- a fin de procurarse la mexicana bebida llamada “polla”, restauradora mixtión confeccionada a base de leche, huevos, canela y añadidura de licor, ya sea aguardiente, brandy o ron. No conocía el barman ese elixir -la globalización funciona poco de aquí para allá-, pero cuando el muchacho le describió su malestar le preparó un Bloody Mary : 3 partes de vodka; 6 partes de jugo de tomate; una parte de jugo de limón y un poco de salsa Tabasco. Se mezcla todo, se añade hielo y se sirve en vaso jaibolero.

Para combatir el espantoso mal conocido como “cruda” eso es casi tan bueno como unos chilaquiles bien picosos o un menudo sonorense. El desfallecido galán bebió el dicho coctel y experimentó cierta mejoría, de modo que regresó a su habitación. Lo que en ella vio no es para ser descrito en una publicación seria como ésta. He aquí que su mujercita estaba en el tálamo nupcial refocilándose con varios integrantes del personal del hotel. Diré quiénes eran, aunque la lista será meramente ejemplificativa, no exhaustiva: el botones, el jefe de seguridad, el encargado de mantenimiento, los tres recepcionistas del segundo turno, el director de relaciones públicas, el chef de cocina, el jardinero, el gerente de eventos especiales y el concierge. Desde luego el recién casado se asombró a la vista de esa convención. Antes de que pudiera pronunciar palabra su dulcinea manifestó: “Ni me digas nada, Leovigildo. Tú sabes bien que siempre he sido algo coqueta”. FIN.

Catón

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