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El peligro de ser niño

“Todas estas historias comienzan igual: un pequeño pueblo de León, un pasaporte, una maleta y el sueño de una vida mejor. Son historias lejanas, del siglo pasado, pero a la vez fácilmente reconocibles: es el eterno relato de la emigración humana”, escribió el 20 de junio en El País Raquel Vidales al relatar la apertura del Museo de la Emigración en León, España.
Muchos de esos migrantes eran menores de edad. Entre ellos se encontraba mi abuelo materno, Juan Ruiz, nacido en un sitio tan pequeño que no merece el nombre de “pueblo” sino el de “lugar”: Villaverde, en la zona leonesa de los Maragatos. En 1905, a los trece años, perdió a su padre, caminó al mar y zarpó a Veracruz sin otros recursos que soportar el frío, montar a caballo y entender a las ovejas. Su esperanza dependía de un leonés afincado en México, que lo empleó como si lo secuestrara. De cinco a doce de la noche, debía atender el mostrador que de doce a cinco se convertía en su cama. En el museo de León se reproduce uno los comercios de ultramarinos en los que mi abuelo descubrió y malgastó su adolescencia.
También la Fundación Archivo de Indianos ofrece en Colombres, Asturias, un recuento de los niños salieron de España huyendo de los rigores de la pobreza (uno de los más temibles: ser reclutado para el ejército). Algunos llegaron a ser magnates como Íñigo Noriega Laso, que edificó la fabulosa mansión de Colombres, pintada en los azules del mar Caribe; otros envejecieron en el Asilo Mundet o la Beneficencia Española, hablando de la lejana maleta de cartón en la que un crucifijo había sido lo más similar a un juguete.
“El eterno relato de la emigración humana” alcanzó otro drama en días pasados. En Estados Unidos, más de dos mil niños migrantes fueron separados de sus padres. Esta acción cruel sigue la política discriminatoria de Trump, pero fue iniciada durante la administración de Obama.
En 2017, Valeria Luiselli publicó en inglés su estremecedora crónica Tell me how it ends, que apareció en México con el título de Los niños perdidos. Ahí comparte su experiencia como intérprete de niños que viven sin papeles en Nueva York y están en peligro de ser deportados.
Entre abril de 2014 y agosto de 2015 fueron detenidos más de 102 mil niños que cruzaron la frontera sin compañía de adultos. El gobierno no se propuso reunirlos con sus familiares (que en muchos casos ya habían llegado a Estados Unidos) sino deportarlos.
El título original del libro (“Dime cómo acaba”) proviene de las conversaciones de la autora con su pequeña hija y de la dificultad de responder sus preguntas sobre el destino de los niños encerrados en centros de detención (conocidos como “neveras”) y sometidos a un interrogatorio que los criminaliza.
La historia del mundo ha sido la historia de quienes viajaron sin papeles en la infancia. Numerosos centroamericanos han llegado a México de ese modo. Mi amigo Luis Enamorado vio a su madre morir en la guerra de El Salvador y caminó hacia el norte para salvar la vida. En Tijuana pensó en cruzar al otro lado, pero un impulso lo llevó a seguir la ruta que las gaviotas trazaban en el cielo. Bajó hasta Mazatlán, donde hoy recorre las playas ataviado con sombrero y traje blanco para fotografiar turistas.
Mi abuelo Juan, Luis Enamorado, los niños con los que habló Luiselli pertenecen a la misma urdimbre. Las infancias pobres no dejarán de recorrer la Tierra en busca de horizontes.
Hacia 1212, una frase del evangelio de Lucas, “Dejad que los niños vengan a mí”, propició La cruzada de los niños, descrita por Marcel Schwob como el desventurado ejército que se perdió en los desiertos con el irrealizable propósito de recuperar el Santo Grial. Ahí, la pequeña Allys conduce a Eustaquio, un niño ciego, esperando que “al fin del blanco viaje” el Señor le devuelva la vista. No hay noticias del milagro. Las últimas palabras son del papa Gregorio IX: “Dios condujo hacia Él a los niños cruzados… los inocentes fueron asesinados… Me devolverás los cuerpos de mis niños, mar inocente y consagrado; los depositarás en las playas de la isla; y los prebendados los colocarán en las criptas del templo; y encenderán, encima, eternas lámparas donde arderán óleos santos, mostrarán a los viajeros piadosos todos esos huesecillos blancos esparcidos en la noche”.
Esa noche no ha dejado de ocurrir.

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