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El poder ante la nada

No hay más brújula que la presidencial. No hay en el país otro instrumento de orientación pública. Todos nos ubicamos en el espacio a partir de las señales que de ahí surgen. Todos viéndolo a él.

Escuchándolo a él. Alabándolo o condenándolo. Reaccionando a lo que él dice y deja de decir. Sus ceremonias son, sin duda, eficaces: el presidente es el único generador de sentido. Ahí el norte y sur, el pro y el contra.

Su presencia es abrumadora. Todos los días se hace sentir su poder. Más que como poder de decisión se presenta como un poder de fabulación: el presidente convertido en el gran narrador que todas las mañanas no relata el cuento que somos. El poder se ubica en la voz de un hombre que no ha guardado silencio un solo minuto. El presidente habla y parece que solo el presidente tiene voz. Si alguno de los suyos habla es bajo la severa vigilancia del presidente. Al hablar, sus ministros sienten la respiración del jefe en el cuello. Sin descanso, la voz presidencial denuncia los horrores del pasado y celebra las maravillas del futuro inminente. Anuncia programas, aplaude la nueva era de México, señala a los traidores, da consejos de crianza, predica, extrae lecciones de la historia, insulta, se burla de los otros y los consuela. Todos los días, la voz del presidente. Y frente a esa voz, la nada.

De esa nada hay que hablar. De la nada en que se convirtió la oposición desde julio. De la nada que nada ha entendido desde entonces. De esa nada que hoy nada propone. De la nada que se empeña en ser menos.

El vacío de la oposición es la marca más preocupante de la nueva política. El problema que enfrentamos no es la aparición de un gobierno mayoritario. Tener un gobierno que tenga el respaldo de la mayoría de los votantes y el apoyo de legislatura puede tener sus ventajas: despeja el terreno para las decisiones, aclara la responsabilidad, alienta, en principio, la eficiencia. La formación de un gobierno mayoritario permite escapar de la política de los vetos, esa que con tanta facilidad se convierte en política de atascos, extorsiones y complicidades. Pero aún un gobierno de despejada mayoría necesita una oposición sólida que se prepare para el relevo. Una oposición atenta, capaz de ofrecer alternativa y dispuesta a señalar errores y abusos. Una opción que exponga a la opinión pública otra manera de entender la política, que ofrezca otro relato, que dibuje otra posibilidad.

No se ve por ninguna parte esa alternativa que haga sombra al gobierno, que siga con atención sus pasos para hacer públicos sus tropiezos, que le dispute al gobierno el monopolio del relato público. No hay oposición que vigile, que explique, que cuestione, que destape y que critique. No se escucha la voz de las oposiciones y si aparece de pronto, resulta irrelevante. Las minorías siguen, al parecer, lamiéndose las heridas de julio. Saben bien que, en buena medida, se provocaron su propia desgracia y no se atreven a afrontar su propia crítica. Quisieran pasar página, pero no podrán hacerlo si no encaran la responsabilidad que les corresponde. Por ello no pueden levantar la cabeza. Por ello siguen pasmadas. Despistadas y disminuidas, se esconden en sus sótanos.

La única esperanza que tienen es llegar a cosechar el error de los otros. No encuentran más palabra que el lugar común. La frase gastada, el lema hueco. Temen el aire libre, les aterra el futuro.

Continúan pagando la cuenta de sus despropósitos y no logran dar el salto al presente. Las oposiciones saben bien que los votos no solamente les quitaron poder. La derrota de julio no fue una derrota ordinaria. El castigo sumió a los partidos tradicionales en la más profunda crisis de identidad de su historia. Se trata de una crisis de sobrevivencia. No exagero. Los interrogantes son complejos: ¿cómo reinventarse en el nuevo régimen? ¿Cómo lidiar con un liderazgo tan potente y tan disruptivo como el de López Obrador? ¿Qué hacer con el pasado propio? ¿Cómo encarar el magnetismo de la nueva hegemonía? ¿Hay espacio para la reforma o es necesario disolverse para inventar algo nuevo?

Lo cierto es que murió el sistema de partidos. Murieron los defectuosos equilibrios de la transición. Tenemos frente a nosotros a una nueva mayoría con ambición hegemónica. Una situación de partidos que, por imbatible que parezca ahora, no podemos dar por consolidada.

 

Jesús Silva-Herzog
Agencia Reforma

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