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El pueblo

Si el pueblo fuera uno, monolítico, sin fisuras; si encarnara una sola voluntad, un mismo proyecto y hasta una única sensibilidad; entonces, toda la parafernalia democrática sobraría, estaría de más, sería un estorbo.

Esa parafernalia incluye la necesidad de construir cauces para la expresión del pluralismo que palpita en «el pueblo», dividir los poderes públicos para que una sola voluntad no se imponga, fijarles límites y responsabilidades a cada uno de ellos, ofrecer un marco de garantías a los individuos frente a los poderes constitucionales, establecer una serie de derechos universales, edificar vías jurisdiccionales para la resolución de conflictos, diques de protección de las minorías frente a la mayoría y la posibilidad de que las primeras se conviertan en la segunda, y síganle ustedes. Y por supuesto esa normatividad e institucionalidad, que semeja un laberinto o un juego de balanzas, resulta innecesaria e incluso impertinente si creemos que esa constelación masiva, diferenciada y contradictoria que realmente es el pueblo, resulta, en nuestra concepción, una especie de escuadrón indiferenciado y único. Un bloque monocolor.

Porque si el pueblo fuera uno sería mejor contar con una sola voz que lo expresara. Y esa voz, por supuesto, debería ser la de un líder que lo «represente». Que los deseos y la voluntad de ese pueblo unido, fuente además de todas las virtudes, manantial inagotable de legitimidad, voz auténtica y por definición mayoritaria, encuentre quien lo exprese y si es sin mediaciones, mejor.

No importa que todas las evidencias a la mano indiquen que el pueblo no es uno y que en su seno existen intereses y aspiraciones diversas y en ocasiones encontradas, quien habla a nombre del pueblo, con una mano en la cintura, podrá prescindir de esas pruebas. Lo sabemos: ponga cualquier tema a discusión en las redes, escuche los comentarios sobre algún problema público (y si quiere privado), haga una relación de los juicios sobre partidos, gobiernos, asociaciones civiles, medios de comunicación, universidades, empresas, marcas comerciales, equipos de futbol, y lo que usted guste y mande, y constatará una diversidad de puntos de vista no solo múltiples sino enfrentados. Eso es lo natural cuando contemplamos sociedades modernas o modernizadas -aunque sea de manera contrahecha- y es muy difícil que el pueblo único y unificado aparezca.

En el mismo sentido, y como si hiciera falta ejemplificar, el pueblo vota de manera diferenciada y cambiante, y eso ha generado contrapesos en el entramado representativo, fenómenos de alternancia, congresos plurales, es decir, esa constelación compleja y abigarrada a la que por economía del lenguaje llamamos pueblo, se identifica con muy diversas propuestas y opciones. No solo con una.

Es el a, b, c, del ideario democrático. Reconocer que las sociedades son entidades en las que coexisten diversos intereses, ideologías, programas, iniciativas e incluso sensibilidades y que en ellas radica la riqueza de la misma. Que intentar extirpar esa pluralidad, homogeneizando lo que es disímil, no solo suele acarrear tensiones sin fin, sino que priva a la propia sociedad de su vitalidad mayor. El ideal democrático busca construir los conductos para que la variedad de ofertas que cruzan a la sociedad puedan expresarse, reproducirse, coexistir y rivalizar de manera institucional y pacífica. Se escribe fácil pero es una estratégica construcción civilizatoria.

El peligro mayor es que alguien con poder realmente se crea el representante del pueblo y actúe en consecuencia. No de una parte, no de una fracción, no de una corriente o partido o coalición, sino de esa constelación inabarcable y compleja a la que llamamos pueblo. Porque de manera «natural» acaba por convencerse que sus dichos y obras son no la expresión de sus convicciones e intereses (y si se quiere ideales), sino de los anhelos, expectativas y necesidades del Pueblo. De esa manera, suele invertirse el rol del mandante y el mandatario. El segundo suele independizarse del primero y habla en su nombre, porque en su imaginación uno y otro se han fundido de tal manera que no existe posibilidad de error. El otro riesgo es que parte del pueblo acabe convenciéndose que ellos son El Pueblo y que quienes se le oponen no son más que el antipueblo.

José Woldenberg
Agencia Reforma

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