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Futuro ominoso

Los nuevos dueños del poder empezaron ya a dañar a México. No me refiero sólo a los malos efectos monetarios y bursátiles que tuvo el resultado de la consulta hecha por López Obrador sobre el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México. Hablo del populismo demagógico que ese acto evidenció; del autoritarismo que con él se anuncia, y hablo también de la sensación de incertidumbre e inquietud que la tal consulta provocó tanto en el interior del país como en el extranjero. Empezamos a retroceder por obra de concepciones anacrónicas y de acciones supuestamente democráticas pero que en verdad disfrazan malamente la voluntad autoritaria, absolutista, en cuyas manos está ahora la república. No es que se avecinen malos tiempos: es que ya llegaron. Y desgraciadamente todos los indicios muestran que debemos prepararnos para otros aún peores.

Al decir esto no pretendo sembrar en el ánimo de nadie la mala semilla del pesimismo. Esa tarea la están haciendo ya los que se estrenan como poderosos. Quiero, sí, dejar constancia del temor que han suscitado en muchos mexicanos los actos y actitudes de López Obrador y de quienes lo acompañan. Vayamos ahora por sendas menos abruptas, y compartamos algunos cuentecillos de humor leve, no para evadirnos de la realidad, sino para demostrarle que por ominoso que se vea el futuro, lo aguardaremos con buen ánimo y procurando siempre el bien de nuestra casa común: México. Un sujeto de nombre Musculino practicaba el fisicoculturismo. Más el físico que el culturismo, hay que decirlo. Contrajo matrimonio con una avispada chica de nombre Clarabel.

La noche de las bodas hizo ante ella jactancia de su atlética contextura. Se despojó de su camisa y le mostró los bíceps. “Mira -le dijo-. Un centímetro más y sería Míster Universo”. En seguida se quitó la camiseta, con lo que puso al descubierto su toroso torso. “Mira -repitió-. Un centímetro más y sería Míster Universo”. Luego dejó caer pantalón y calzoncillo. Su flamante mujercita lo vio y dijo: “Mira. Un centímetro menos y serías Miss Universo”.

Después de que el Titanic colisionó contra el imprudente iceberg el capitán Smith llamó a sus oficiales y les ordenó que tranquilizaran a los pasajeros. Una señora le preguntó llena de alarma al encargado de cubierta: “¿A qué se debe esta inclinación del barco? ¿Nos estamos hundiendo?” “Oh, no, señora -respondió prontamente el marinero-. Es que vamos a llenar la alberca”. Don Rupestre era hombre campirano, desconocedor de los convencionalismos de la sociedad. Tenía una hija en edad de merecer llamada Eglogia, dueña de prominentes atributos delanteros y traseros. Cierto día un muchacho citadino se presentó ante él y le dijo: “Señor: vengo a pedirle la mano de Eglogia”. “¿La mano? -contestó receloso don Rupestre”. “No me tome por tonto, jovencito. Ya sé lo que realmente quiere de ella”. El recién casado llegó a comer por primero vez en su nidito de amor. Al terminar le dijo a su flamante mujercita: “¡Qué rica estuvo la comida, cielo mío!”. Dijo ella, orgullosa: “¡Y la compré con mis propias manos!”.

Pepito vivía frente a una casa de mala nota. Todos los jueves veía entrar en ella a un individuo que se ocultaba tras unos gruesos lentes negros. Cierta noche Pepito le dijo: “Ya sé a lo que vienes”. Contestó el sujeto hablando con voz ronca: “No te metas en lo que no te importa, niño”. El día siguiente el director de la escuela llamó a Pepito y lo reprendió por una de sus tantas travesuras. En respuesta le dijo el chiquillo: “Trae usted aliento alcohólico”.

Respondió con ronca voz el director: “No te metas en lo que no te importa, niño”. “¡Ah! -exclamó Pepito-. ¡Ahora ya sé también dónde trabaja!”. FIN.

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