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Heriberto Pfeiffer Cruz, In Memoriam

El 2017 concluyó con una infausta noticia, el sorpresivo fallecimiento del licenciado Heriberto Pfeiffer Cruz, uno de los más reconocidos abogados en Hidalgo, paradigma de muchas generaciones de la segunda mitad del siglo XX. Su vida, íntimamente ligada a temas jurídicos y de política regional, es una sucesión de apasionados capítulos en la historia reciente del estado de Hidalgo.
Lejos parecen hoy los aciagos días de 1939, cuando el azaroso gobierno alemán del Tercer Reich, encabezado por Adolfo Hitler, iniciaba la última conflagración mundial –la segunda guerra– que obligó a muchos jóvenes germanos a abandonar su patria entre ellos, los tres hermanos Pfeiffer Weis, quienes al llegar a América tomaron rumbos distintos, uno se dirigió a los Estados Unidos, otro marchó a Brasil, en tanto que el padre de Heriberto –que llevo su mismo nombre–desembarcó en Veracruz y se trasladó a Tulancingo, donde se empleó como administrador de un importante rancho de la familia De la Concha, allí conoció a doña Alicia Cruz Sosa, con quien se casaría poco después, para formar una sólida familia en la que crecieron sus hijos: Mario –también abogado–, Justo Guillermo, Heriberto y Alicia.
Mario y Heriberto, tras concluir su educación primaria y secundaria en Tulancingo, vinieron a Pachuca para continuar sus estudios de bachillerato en los últimos años de vida del Instituto Científico Literario Autónomo (ICLA) y los profesionales, en los primeros de la naciente Universidad Autónoma de Hidalgo. Heriberto formó parte de la segunda generación de abogados de la Escuela de Derecho y Ciencias sociales, aunque que fue el tercero en recibirse en la historia moderna de esa institución educativa, su examen se efectuó el 9 de febrero de 1968 –hace unos días se cumplieron 50 años de aquella fecha– con la tesis, Necesidad de un Tribunal Contencioso Administrativo en México, órgano por cierto, creado una década después.
Imposible sería olvidar sus facciones teutonas –tez blanca, ojos verdes y cabello castaño obscuro– pero menos, dejar de evocar su extraordinaria bonhomía y risueño carácter, este último, herencia materna, como él mismo lo reconocía. Para mi generación, Heriberto Pfeiffer, fue un verdadero ejemplo a seguir, en razón de su meteórica trayectoria; antes de terminar la carrera se había despeñado ya como actuario y secretario de juzgado y en el mismo año en que concluía sus estudios, se le designó juez civil en Pachuca. En 1969, como reconocimiento a su amplio conocimiento del derecho, se le distinguió como magistrado del Tribunal Superior, cargo desempeñado por profesionistas de probada carrera judicial; en su gestión intervino de manera directa en la redacción del Código Penal de 1970, junto a Jesús Ángeles Conteras.
Entre 1973 y 1975, fue electo presidente del Tribunal Superior de Justicia, cargo que abandonó al ser designado secretario de Gobierno en el efímero periodo de 29 días del doctor Otoniel Miranda Andrade. Durante tres lustros, se dedicó por entero a atender su notaria en la ciudad de Pachuca, de donde salió para desempeñarse por segunda ocasión como magistrado, del Tribual Superior en 1993 y nuevamente como presidente del mismo –de 1995 a 1997, en este último año fue designado por segunda ocasión secretario general de Gobierno del licenciado Jesús Murillo Karam. Al concluir esta responsabilidad, se dedicó de lleno a atender su notaria en la ciudad de Tizayuca.
En su segunda gestión como presídete del Tribunal Superior de Justicia, compartí su visión para fortalecer al Poder Judicial, no sólo en los aspectos meramente jurisdiccionales, si no en los de orden cultural; un abogado sin cultura, es como un marinero sin barco, solía decir, la visión simplista del derecho puede generar resoluciones legalistas, pero no siempre justas. De ahí que en unión de doña Dora Luz Varela –su esposa– iniciáramos una verdadera cruzada cultural en el Ppoder Judicial hidalguense.
Entendió los cargos públicos, como oportunidad para servir, sin que ello fuera impedimento para ganar amigos en razón de su conducta recta e intachable, por ello concitó siempre el respeto de tiros y troyanos, en la política hidalguense.
Fue un incansable estudioso de todo tema que explicara los sustanciales cambios en la legislación mexicana, recuerdo aún sus participaciones en las reuniones que sostuve con los expresidentes del Tribunal Superior de Justicia, cuando tuve el honor de dirigir a la que llamé la gran familia judicial; su bonhomía y don de gentes, acompañada de su gran conocimiento del derecho, fueron siempre factores determinantes en los encuentros sostenidos hace apenas dos años. La sonrisa a flor de labio y la serena mirada con la que daba respuesta a cualquier interrogante, incitaban al trato cordial y hasta íntimo en algunas ocasiones.
El pasado 29 de diciembre, rodeado de su familia, dejó de existir quien fue paradigma de muchas generaciones, entre ellas la mía, mas como le manifestara a su hija, la magistrada Lorena Pfeiffer Varela, su padre no morirá mientras haya motivos para recordarle como honesto y sabio funcionario público, pero ante todo para evocar al extraordinario amigo y al insustituible padre para ella.

Pachuca Tlahuelilpan abril de 2018

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