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Imagen de su reflejo

Phaedropus, moralista inmortal, grecolatino, / es autor de esta fábula en verso alejandrino: / “Un hombre no muy grande, mas con traza de viejo, / se miró cierto día la cara en el espejo. / La vio ajada, marchita, sin brillo y con arrugas; / los párpados caídos, anuncio de verrugas; / blanco el cabello y ralo muy prematuramente; cansada la sonrisa, con sombras en la frente; / fatigado el semblante en modo singular / quizás a consecuencia de tanto madrugar. / Al ver aquella imagen el hombre del relato / se irritó grandemente mirando su retrato. / Exclamó con voz ronca: ‘¿Por qué me veo así? / De seguro este espejo es espejo fifí; / amarillista, hipócrita, mensajero del mal; / conservador, mafioso y neoliberal. / Desde ahora lo cuento entre mis adversarios, / y voy a hacerlo objeto de mis denuestos diarios’. / Aunque era de su imagen un exacto reflejo / el individuo, airado, maldijo a aquel espejo. / En su encono furioso ni siquiera pensaba / que el cristal del espejo sólo lo reflejaba”. / El anterior apólogo me recuerda la forma / en que el señor del ganso se refiere a REFORMA”. Hasta aquí el texto de Phaedropus, fabulista a quien algunos estudiosos de la antigüedad clásica consideran apócrifo, pero cuyas enseñanzas han llegado hasta nuestros días. Daré salida ahora a una breve sucesión de chascarrillos a fin de aligerar la gravedumbre que debe haber causado a la República esa narración. Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le dijo con tono intencionado a Dulciflor, linda muchacha: “El día de mi nacimiento Diosito me dio a escoger entre tener una buena memoria o poseer un atributo varonil muy grande. No recuerdo qué fue lo que escogí”. Celiberia Sinvarón, madura señorita soltera, visitó a su amiguita Solicia Sinpitier, añosa y célibe también, como ella. Grande fue su sorpresa al ver que en todos los muebles de la casa había paquetes de condones. Condones en la mesa de la sala, lo mismo que en las del comedor y la cocina; condones sobre el piano; condones en la alacena y la despensa; condones dentro del refrigerador, en la cómoda, el ropero y el buró. Le preguntó, azorada: “¿Por qué tantos condones?”. Explicó Solicia: “Compro un par de ellos cada día. El farmacéutico que me los vende es joven y muy guapo”. “¿Estás saliendo con él?” -se interesó la señorita Celiberia. “No -contestó Solicia-. Pero ya empieza a fijarse en mí”. En el Ensalivadero, solitario lugar  al que acudían los enamorados, le dijo el ardiente galán a su dulcinea: “Te voy a follar”. Ella se disgustó: “¡Qué poco romántico eres!”. “Está bien -concedió el tipo-. En esta hermosa y cálida noche de luna llena, bajo el manto sutil de las estrellas, te voy a follar”. Dice un sabio refrán: “Casamiento a edad madura, cornamenta o sepultura”. Se refiere ese proloquio al caso del hombre viejo que desposa a mujer joven. Don Languidio, un viejo solterón, no hizo caso del proverbio y casó con Loretela, muchacha en flor de edad, pues ni siquiera llegaba todavía al -ta, o sea a los 30. Mis cuatro lectores habrán de suponer, y lo harán con acierto, que el provecto marido rara vez daba cumplimiento al débito conyugal que imponen tanto la norma canónica como la ley civil. A consecuencia de eso la joven esposa andaba siempre nerviosa y desasosegada, con erizado humor. Al verla así don Languidio la llevó con un doctor. Un breve interrogatorio bastó al facultativo para encontrar la causa de aquella sintomatología. Le indicó al senil cónyuge: “Su esposa necesita que le hagan el amor todos los días del mes”. Repuso don Languidio con voz feble: “A mí apúnteme el día primero y el día 15”. FIN.

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