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Impredecible dama es esa que se llama democracia

Cómo es posible que tengas dos mujeres, una aquí y otra a 10 kilómetros de aquí?”. Esa pregunta le hizo con severidad el padre Arsilio a uno de sus feligreses. Explicó el tipo: “Es que tengo bicicleta”.
Don Algón le pidió a su secretaria: “Mañana no vengas, Rosibel. Tendré mucho trabajo”. El juez leyó el expediente del reo: “Asalto bancario. Asalto bancario. Asalto bancario. Acoso sexual. ¿Por qué ese cambio?”. “. Explicó el tipo: “Descubrí que el dinero por sí solo no hace la felicidad”.
Impredecible dama es esa que se llama democracia. Hoy da, mañana quita; ahora dice que sí y luego niega. Tiene una excusa para justificar sus veleidades: hace lo que manda el pueblo, y ese señor es más tornadizo y caprichoso que ella. Se parece al público que asiste a las corridas. El toro es noble y tiene casta. Aunque la faena ha sido larga embiste todavía con bravura.
No obstante eso el diestro se dispone a darle muerte. Alza el estoque y se perfila para consumar la suerte suprema. La plaza entera estalla en una sonora silbatina. El torero no atiende la protesta. Se tira a matar y clava una estocada perfecta, por todo lo alto y hasta los gavilanes. En una milésima de segundo la rechifla se torna en ovación, y todos en el coso se levantan a aplaudir al que hace un solo instante deturpaban. Igual sucede en la política. Por eso López Obrador haría bien en recordar lo que le pasó a Vicente Fox.
Elegido en votación histórica, el guanajuatense llegó al poder con un capital político cuantioso. Muchos vieron en él la esperanza de un cambio que liquidaría los vicios derivados de la prolongada dominación del PRI. En menos de un año Fox desilusionó a aquellos que con él se ilusionaron. Su gobierno -bueno, el gobierno de “la pareja presidencial”- acabó en fiasco.
El mismo riesgo afronta AMLO. Sus desmedidas promesas de campaña le ganaron la devoción de millones de electores y lo llevaron a un triunfo de apoteosis. Ahora, sin embargo, él y sus personeros han empezado a matizar esas promesas; a decir que sí, pero no. La imagen misma de López Obrador cambió: hoy se le mira bien peinado, de traje y con corbata.
Ciertamente esa transformación corresponde a su nueva investidura, pero muchos adeptos suyos sentirán que es otro con el atuendo de pirrurris. El hábito no hace al Peje, eso es verdad. No obstante, y más allá de las apariencias, a algunos de los izquierdistas radicales que acompañaron a AMLO en sus campañas escuece el hecho de que su líder, a quien consideraron revolucionario, esté teniendo ahora encuentros prácticamente cotidianos con los dueños del capital, y les ofrezca gobernar juntos. Ese acercamiento es bueno para el país, pero los extremistas -y hay muchos en el nuevo régimen- no lo entenderán así.
López Obrador está en el riesgo de no dar gusto ni a tirios ni a troyanos. Deberá escoger entre hacer un gobierno prudente y mesurado o arrostrar las iras de los jacobinos y los ultramontanos por igual. Al recorrer el país AMLO hizo muchas promesas. Yo temo que las cumpla, pero ante sus seguidores no podrá dejar de concretarlas so riesgo de incurrir en el enojo de quienes votaron por él. Mientras tanto su reciente anuncio de que el precio de la gasolina bajará, sí, pero hasta dentro de cuatro años, empieza a desinflar el globo. Pipino, muchacho enteco, escuchimizado y cuculmeque, casó con Gordoloba, mujer que pesaba 12 arrobas, cada una equivalente a 11 kilos 502 gramos. Aun quitando los 2 gramos eso es mucho. En la noche de bodas la mamá del novio llamó por el celular a su hijo y le preguntó cómo le estaba yendo con su robusta desposada. “Bastante bien, mami -respondió Pipino-. Ya voy llegando”. FIN.

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