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Ingenua

Con tres palabras puede una mujer abatir el ego (y lo demás) de cualquier hombre. Esas tres palabras son: “¿Ya estás ahí?”. Después de correrse una de sus acostumbradas parrandas Empédocles Etílez llegó a su casa a las 7 de la mañana. Le ordenó a su mujer: “Guísame unos huevos”. Respondió encalabrinada la señora: “¿Cómo los quieres? ¿Fritos, revueltos o intravenosos?”. La señorita Peripalda, catequista, fue a confesarse. Empezó: “Me acuso, padre.”. “Momento -la interrumpió una voz de hombre-. No soy el sacerdote. Soy carpintero, y estoy arreglando el confesonario”.

Inquirió la penitente: “¿Dónde está el señor cura?”. “No lo sé -respondió el hombre-. Pero si oyó cosas como las que yo he oído en este rato, seguramente fue a dar parte a la policía”. La llorosa secretaria que mostraba evidentes señas de embarazo le reclamó a su jefe: “Usted me dijo que en esta empresa había oportunidades de crecimiento, ¡pero no precisó que de esta clase de crecimiento!”. Mi oficio de juglar itinerante es un amable oficio. No sólo me lleva por todos los rumbos cardinales del país; también me da regalos que no espero, y que por eso mismo gozo más.

El pasado miércoles estuve en Monterrey, ciudad tan cercana a la mía y a mi afecto. Ahí compartí con cerca de mil maestros mis experiencias de viejo profesor. Les dije que pasé 40 años de mi vida en el aula, frente a un grupo. Aprendí en ese tiempo que la tarea de enseñar no es una técnica: es un arte que debe estar presidido por el amor. Amor a tu vocación (hay profesores que lo son por dos razones solas: el día 15 y el día último). Amor a la materia que enseñas. Y, sobre todo, amor a tus alumnos, de modo de respetarlos siempre y no hacerlos jamás objeto de injusticia. El aplauso final de los maestros me hizo pensar que mi perorata no había caído en el vacío. Asistió al evento Jaime Rodríguez Calderón, el Bronco, gobernador de Nuevo León, a quien debo reclamarle el hecho de que más maestros quisieron tomarse una foto con él que conmigo. Saludé también al secretario de Educación, Arturo Estrada.

Con él coincidí recientemente en otro bello acto al cual asistió Lídice Rincón Gallardo, continuadora de la obra de su admirable padre, don Gilberto, que luchó contra todas las formas de discriminación que en México se ven. Esa reunión fue organizada por José Cárdenas Cavazos, un verdadero apóstol de la educación para los discapacitados. Al final de mi charla con los maestros tuve un encuentro gratísimo. He aquí que volví a ver a la talentosa María de los Ángeles Erizurriz Alarcón, gran educadora. Ella fue secretaria de Educación en mi natal Coahuila, donde llevó a cabo una excelente labor que aún se recuerda. Ahora esa inteligente dama ha puesto su talento y su dedicación al servicio de los niños y jóvenes nuevoleoneses.  Por cosas como las que he dicho doy gracias a mi chamba, pues me permite ver que en medio de tantas cosas malas hay en nuestro país muchas cosas buenas.

En la reunión de señoras se hablaba del valor del tiempo. Dijo una: “¿Saben ustedes cuántos segundos hay en un año?”. “¿Segundos? -suspiró una de las presentes-. ¡Ya me conformaría yo con unos cuantos primeros!”. Un niñito salió llorando del consultorio del doctor Ken Hosanna. En la antesala se hallaba Pepito, que quiso saber por qué lloraba el pequeño. Gimió éste: “Me hicieron un examen de sangre, y me picaron el dedito con una aguja”. “Entonces a mí me va a ir peor -se preocupó Pepito-. Me van a hacer un examen de orina”. Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, practica el sexo seguro. Antes de empezar las acciones pregunta siempre: “¿A qué horas llega tu marido?”. FIN.

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