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Inocentes

El último día de este mes aparecerá aquí “El chiste más pelado del año”. Lo acompañarán otros igualmente sicalípticos que reñirán entre sí por ver cuál conlleva picardía mayor. No se pierdan mis cuatro lectores esas vitandas historietas, a cual más escandalosa. Hoy, en cambio, narraré puros cuentos blancos, tomando en cuenta que es el Día de los Inocentes.

A propósito de inocentes, inocentes son quienes todo lo esperan del nuevo Gobierno en vez de fincar en la participación cívica la esperanza del bien comunitario. Inocentes son los que creen que un regreso al estatismo populista será el remedio a los males causados por un gobierno corrupto y dilapidador. Inocentes son los que creen en la demagogia de los malos políticos, sean rojos, azules, verdes, morados, amarillos, anaranjados o de color de rosa.

Inocentes son los que piensan que la democracia radica en los partidos políticos, todos los cuales han mostrado que buscan más su interés que el bien de la nación. Son inocentes los que solo miran los males que hoy por hoy afligen a México y no ven que a lo largo de su historia nuestro país ha atravesado crisis peores y siempre ha salido de ellas para ser mejor.

Inocentes son los que suponen que ahora sí los mexicanos pobres verán remediada su situación y podrán vivir una existencia digna. Inocentes seremos, finalmente -y aquí el vocablo es peor- quienes caigamos en el error de la desesperanza, dejemos de creer en nosotros mismos y no sigamos trabajando en la paz y en el ejercicio democrático a fin de dar a nuestros hijos, y a los hijos de ellos, un México mejor…

Goretina, joven mujer de atractivas prendas personales, era sumamente religiosa. Fue a una cena de Navidad, y cuando los anfitriones la iban presentando a los invitados ella les decía a modo de saludo navideño: “Gloria in excelsis Deo”. Terminada la cena se le acercó Afrodisio Pitongo, hombre salaz, y le preguntó al oído: “¿Qué vas a hacer saliendo de aquí, Gloria?”.

Pepito estaba llorando desconsoladamente. Su mamá fue hacia él: “¿Por qué lloras?”. Respondió el niño: “Mi papi estaba clavando un clavo, y se golpeó un dedo con el martillo”. “No debes llorar por eso -lo tranquilizó la señora-. Es un accidente sin importancia. Antes bien debiste haberte reído”. “Eso fue lo que hice” -gimió Pepito frotándose la parte posterior.

Babalucas fue detenido por la policía: una mujer que sufrió un asalto dio una descripción de su atacante, y esa descripción coincidía con la del badulaque. Lo pusieron en una fila con otros individuos. La mujer entró en la sala. Y Babalucas dijo de inmediato: “¡Ella es!”.

Si alguien no cree eso de que la Navidad dura todo el año es porque no usa tarjetas de crédito. Don Chinguetas , el marido de doña Macalota, bebía solo en la cantina. Al tabernero le llamó la atención que a cada rato sacaba una fotografía de su cartera, la miraba, la volvía a guardar y seguía bebiendo. “Perdone, caballero -le preguntó sin poder contener su curiosidad-. ¿Quién está en el retrato?”. “Mi esposa” -respondió Chinguetas. “¿La perdió?” -inquirió, conmovido, el cantinero. “No, -contestó el otro-. Me está esperando en casa”. “Y entonces -quiso saber el de la taberna- ¿por qué mira tanto su retrato?”. Replicó don Chinguetas . “Es mi termómetro para beber. Cuando me empieza a parecer bonita es que ya ando bien borracho”.

Se casó Dulcilí, muchacha ingenua. La noche de sus bodas le dijo a su flamante maridito: “Hay demasiada luz. Me dará pena verte sin ropa”. Ofreció el novio, comprensivo: “Apagaré el foco para que no veas nada”. “No lo apagues-lo detuvo la inocente joven -. Nada más desenróscalo un poquito”… FIN.

Catón

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