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La cuesta china

Debo a mis visitas a los mercados de La Lagunilla, en la Ciudad de México; El Parían, en Pachuca, y a sitios como librerías y tiendas de antigüedades la adquisición de importantes fuentes para la historia de esta ciudad. Una de ellas, mi muy completa colección del periódico El Hidalguense, fundado a mediados del siglo pasado por el inolvidable Gilberto Zamora Escárcega y continuado, a su muerte, por el doctor Alfonso Mejía Schroeder.

En él, un viejo pachuqueño, don Andrés Ortega, colaboró con varios artículos sobre rincones pachuqueños, los que ahora darán forma a futuros artículos. El primero, dedicado a un lugar seguramente ya olvidado por los habitantes de Pachuca: La Cuesta China, que definía al empinado arroyo de la calle Ocampo,  vía que principia en el jardín de la torre y se tiende por donde sale el sol, trepando por el cerro hasta tocar el barrio de la Cruz de los Ciegos y entroncaba con el viejo camino a Real del Monte.

De tal lugar, dice el columnista, existen recuerdos de tiempos en los que por ahí desfilaban, muy temprano, mineros, amas de casa, estudiantes y hasta funcionarios públicos, que debían recorrer esta arteria para llegar al jardín de la Independencia o al de la Constitución, de donde partían las vías que les llevarían a su destino. Uno de los sitios de mayor renombre en esa calle fue sin duda la cantina y pulquería El Reloj Arena, tanto o más popular que el propio Reloj de la Torre. En aquel lugar, dice Ortega, se realizó una gran fiesta para celebrar el centenario de la Independencia, en septiembre de 1910, de la que aún se conservaban  (en 1964) un buen número de vasos adornados con la bandera mexicana y el águila porfiriana, en los que se sirvió el mejor de los pulques de entonces.

En la esquina frontera al Reloj de Arena estuvo la tienda del señor Salvador Mejía, padre del médico Alfonso Mejía Schroeder, y otra de una señora, conocida como Teresita, que, teniendo una hermosa voz de soprano y un brillante porvenir de haberse dedicado al Bel Canto, prefirió la vida hogareña al lado de su esposo, el violinista y director de orquesta Pepe de la Fuente.

Allá por 1920, la calle de Ocampo, entonces conocida como La Cuesta China, era una áspera y pedregosa vía que conectaba directamente con el camino a Real del Monte. Por ella circulaban, con gran dificultad, comerciantes y arrieros, que traían a lomo de burro o en carros rabones de tracción animal, pequeñas cargas de frutas, legumbres, frijol, chile, café, piloncillo y otros productos, quienes generalmente paraban en los afamados mesones de La Veracruz –ubicado en la arteria de ese nombre que desemboca en la calle de Ocampo– y el de La Cruz Verde –situado en la esquina de Ocampo e Hidalgo–. El primero de la familia Cruz y el otro, del español Ramón N., a los que se sumaban Los Charros, en Matamoros, o el de San José, en Abasolo, pero estos daban alojamiento a quienes llegaban por otros puntos a la ciudad.

En tiempos de cosecha, los mesones eran impotentes para alojar a los muchos arrieros que llegaban a Pachuca. En tales lugares se daban cita cada día, entre las 5:00 y 6:00 horas, los placeros –ahora locatarios de mercados–, para adquirir las mercancías con que surtirían a sus comercios, previo regateo, que en ocasiones duraba horas y era concluido en cualquiera de las pulquerías o cantinas de la Cuesta China, sellado todo con una cruzada de buen pulque.

De los viejos comercios establecidos en la calle Ocampo, quedaban en 1964 –cuando se escribió el artículo de Ortega– unos cuantos: la imprenta Castrejón, la sombrerería Tardan, la tienda abarrotera El Lazo Mercantil y las pulquerías El Reloj de Arena y la de los Mejía –que también era tienda–.

Allá en las alturas, algo debe permanecer de aquellos tiempos: tal vez alguna casa de adobe, los restos del camino a Real del Monte y qué sé yo, algún otro recuerdo de esa ciudad que ya se fue.

Había, dice Ortega, dos o tres “gallitos públicos”, donde las amas de casa hacían largas filas, a fin de llenar con agua sus botes o cántaros. Eran sitios donde se difundían las noticias, que de boca en boca circulaban rápidamente; no faltaba, desde luego, el chisme, con el que de manera impune se destruía la fama de individuos o familias.

Actualmente, la Cuesta China es, para algunos, muy pocos ya, un lejano recuerdo; para otros, la mayoría, un capítulo de la historia, pero las añoranzas evocadas por Ortega quedan latentes en los pliegues del pasado pachuqueño. Hoy el cemento y el pavimento han cubierto, desde hace muchos años, más de medio siglo. Las miserias del arroyo de esa calle, cuyo empinado ascenso hasta las estribaciones del hoy Cerro de la Bandera, sigue siendo un verdadero reto para niños, jóvenes y adultos, imposible, desde luego, para ancianos y discapacitados.

 

La fotografía que ilustra este artículo corresponde a la calle Ocampo en 1917, áspera y pedregosa, que conducía hasta el camino a Real del Monte. La escena es por demás ilustrativa, véanse las recuas de arrieros a media calle y al cambiador de la pila de carbón del alumbrado público encaramado en uno de los postes de esa arteria.

 

 

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