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La duda

A través de la cerradura de la puerta el marido pudo ver cómo su mujer se desnudaba ante aquel hombre. Desde hacía tiempo sospechaba que la señora le era infiel. Llegaba tarde y oliendo a jabón chiquito de los que en los moteles se usan. Traía marcas de chupetones en el cuello, el busto y la cara (interna de los muslos). Y -lo más revelador- las raras veces en que hacían el amor la mujer le pedía con tono arrebatado: “¡No termines, Pitongo! ¡No termines!”, en vez de preguntarle con aburrido acento, como hacía siempre: “¿A qué horas vas a terminar, Astiel?”, que era su verdadero nombre. A pesar de tan claras evidencias el marido seguía dudando. ¿Cómo era posible que su esposa lo engañara, si se había educado en colegio de monjas y su padre era portaestandarte de la Cofradía de la Reverberación? Un día halló en el cajón de la señora un juego de ropa interior sexy que nunca se había puesto para él: brassiére de media copa color rojo; pantie crotchless de igual color; liguero y medias de malla. Siguió dudando, sin embargo, de la infidelidad de su mujer: quizás había comprado esa ropa a fin de darle a él una sorpresa. Aun así, receloso, advirtió que esa tarde, después de darse un prolongado baño de tina, se puso aquellas eróticas prendas y luego le dijo que iba a merendar con sus amigas. Sospechando lo peor la siguió. Su esposa se encontró con un sujeto en el estacionamiento de un supermercado. Ahí la mujer dejó su coche y subió al del individuo. Fueron directamente al Motel Kamaua y ocuparon el cuarto 110. El marido burló la vigilancia del encargado y se escabulló hasta llegar a la puerta de la habitación. Por la cerradura pudo ver cómo los amantes se abrazaban y besaban apasionadamente, y se acariciaban con encendido ardor. A continuación, sensual y voluptuosa, ella empezó a despojarse de su ropa ante su ansioso amasio. Se quitó la blusa; dejó caer la falda; se despojó del lúbrico brassiére; con lascivos movimientos deslizó las medias y el liguero. El esposo, desconcertado y sorprendido, veía todo eso a través de la cerradura de la puerta. Finalmente, la señora se quitó la última prenda íntima y la arrojó con ademán de stripper o bailarina exótica. La pantaletita cayó en la perilla de la puerta y tapó la cerradura, con lo que el marido ya no pudo ver al interior del cuarto. Dijo entonces desilusionado: “¡La duda! ¡Siempre la maldita duda!”. Así, dudoso, recibo ya la promesa de López Obrador de no reelegirse. Por virtud de mi oficio profeso la duda metódica, y noto que el juramento hecho por AMLO está matizado por un pero. Dijo él: “Ciertamente, fui elegido para ejercer la presidencia durante un sexenio, pero, según nuestra Carta Magna, el pueblo tiene en todo momento el derecho de cambiar la forma de su gobierno; es decir, el pueblo pone y el pueblo quita”. En ese enorme “pero” finco mis recelos; en esas cuatro letras baso mi resistencia a creer sin más en el compromiso de López Obrador, sobre todo cuando ya antes ha faltado a su palabra. Sólo el tiempo dirá si esta vez hará honor a su promesa o si de nueva cuenta dejará en manos de “el pueblo bueno y sabio” la decisión de cumplir o no el ordenamiento constitucional que prohíbe la reelección del Presidente. La duda. Siempre la maldita duda. El prestigiado vendedor de autos le comentó a su amiga: “Si por estos días no vendo algunos coches perderé mi buena fama”. Replicó ella: “Y si por estos días yo no pierdo algo de mi buena fama tendré que vender mi coche”. Terminado el trance de pasional amor Dulcilí se echó a llorar: “¡No supe lo que hice!”. “Qué raro -se extrañó su galán-. Lo hiciste muy bien”. FIN.

MIRADOR.

Por Armando FUENTES AGUIRRE.

Aquel hombre tuvo un sueño la otra noche.

En ese sueño soñó que había soñado un sueño.

El sueño consistió en que estaba soñando.

Estaba soñando un sueño.

El sueño tenía nombre.

Se llamaba “vida”.

Soñó el hombre ese sueño.

Lo soñó, y en el sueño vio aquel sueño, el de la vida.

No lo soñó: lo vivió.

Cuando despertó se dio cuenta de que no lo había vivido: lo había soñado.

Su sueño no fue la vida. La vida fue su sueño.

Ahora el hombre no sabe si está viviendo o está soñando.

Si me lo pregunta no podré contestarle.

Yo tampoco sé si estoy soñando o estoy viviendo.

A lo mejor estoy viviendo y soñando al mismo tiempo.

A lo mejor las dos cosas son la misma cosa.

¡Hasta mañana!…

MANGANITAS.

Por AFA.

“. Se acerca otra onda fría.”.

En manera inoportuna,

con acento de reproche,

dijo un tipo: “Cada noche

yo me acuesto al lado de una”.

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