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La Navidad en la vecindad de Tejas

Allí, donde hoy se encuentra el bulevar Guzmán Mayer, frente a la esquina que la calle de Guerrero hace con la de Salazar, se encontraba hasta por ahí de 1955 –hace ya más de 60 años– la llamada vecindad de Tejas, un enorme espacio prolongado desde la calle de Guerrero hasta la de Trigueros, que era asiento de al menos unos 80 cuartos redondos –que eran a la vez recámara, cocina, comedor y baño– habitados por paupérrimas familias, en su mayoría de mineros empleados en las decenas de fundos que se mantenían en explotación todavía por aquellos días.

Seis patios tenía aquella enorme vecindad, diferenciados cada uno por la lejanía que tenía con la puerta de acceso, ubicada, como se dijo, en la calle de Guerrero frente a la de Salazar, de modo que, entre más alejada fuera su ubicación, menor era la renta por su ocupación. Era aquella vecindad un mundo aparte, sitio al que ni la policía se arriesgaba a entrar si no era acompañada por un piquete de soldados que les ayudaran a aprehender algún delincuente o malandrín.

Existía gran rivalidad entre los habitantes de cada patio –en los que había un promedio de 10 a 15 viviendas– pues no faltaban por semana un promedio de tres a cuatro reyertas, muchas degeneradas en verdaderas batallas campales que dejaban buen número de heridos trasladados al Hospital Civil de la ciudad.

Había, sin embargo, un periodo de auténtica tregua entre los habitantes de aquella vecindad: el de Navidad, que iniciaba con la fiesta de Guadalupe, seguida de las posadas y la Nochebuena, de modo que el 12 de diciembre se iniciaba la suspensión de hostilidades, a fin de organizar a los vecinos de todos los patios para marchar en peregrinación al pequeño templo de Nuestra Señora de Guadalupe. Cerca de 500 personas de todas las edades y sexos caminaban, entonando canticos, por las calles de Guerrero y avenida Juárez hasta llegar al templo, donde eran recibidos por el párroco, quien celebraba una misa especial.

A partir de ese momento, las lideresas de cada patio se daban a la tarea de organizar las nueve posadas, en las que participarían todos los habitantes de la vecindad, después de ponerse de acuerdo sobre dónde partirían las andas –imágenes de San José, la Virgen y algunos animalillos colocadas en una parihuela–, quiénes las cargarían y en qué sitio descansarían cada día (el único lugar que no tenía cambio era el templo del Carmen, de donde salían el primer día y a donde llegarían el 24, poco antes de la misa de Nochebuena).

¿De dónde sacaba aquella buena gente tan pobre las toneladas de especies frutales, ponches, dulces, colaciones, piñatas, flores de bengala, cohetes y libritos con los cánticos? Es imposible saberlo, pero nada de ello faltaba cada año para delicia de la chiquillería. Había, desde luego, quien al calor del ponche con piquete iniciara alguna reyerta que de inmediato, como no sucedía nunca, era apaciguada por los organizadores de los seis patios de la vecindad.

Escogidas las siete casas donde permanecerían cada día las andas, los organizadores hablaban con el sacerdote encargado del templo del Carmen, quien asistía cada día a la celebración. El patio, donde se encontraba la vivienda en la que permanecerían las andas, era el encargado de organizar la posada, que ese día rezaría los responsos que correspondían a los personajes de adentro –los posaderos que se negaban en principio a recibir a la pareja divina aunque terminaban por aceptarlos– y eran estos quienes, al día siguiente, entonarían los cantos correspondientes a María y José, para después ser aceptados como peregrinos, tras lo cual, corrían los aguinaldos de frutas y dulces y se procedía a quebrar las piñatas.

Delfina Hernández, la mujer que todo esto me narró, recordaba que había una verdadera rivalidad entre los patios para organizar cada posada, pero ante todo para elaborar piñatas. Cuatro se quebraban cada día; las hubo, decía Delfinita, de los más vivos colores y con distintas imágenes, que iban desde la estrella de cuatro o cinco picos, hasta las que representaban imágenes de personajes, tales como artistas y políticos.

Todos los habitantes de la vecindad participaban, alumbrado los barandales de los patios con farolitos multicolores y algunos con lasos de verde y oliente pino salpicado de flores de Nochebuena, que cultivaban algunas mujeres. Al terminar la fiesta, el sacerdote que solía acompañar cada posada, impartía la bendición y todo mundo se retiraba en santa paz.

El último día, la posada iniciaba más temprano, pues debía terminar alrededor de las ocho de la noche en el templo del Carmen, donde permanecían para asistir a la tradicional misa de Nochebuena, donde los habitantes de la paupérrima vecindad se confundían con el resto de los fieles llegados de los alrededores del templo. Al concluir, se entregaban las andas al sacerdote, quien, acompañado de los vecinos, las colocaba en el lugar en el permanecerían hasta el año siguiente.

Este, decía doña Delfina Hernández, era el mérito de la navidad en aquella bravía vecindad, apaciguar rivalidades y reconciliar enemigos, aunque fuera tan solo una semana, la semana más grande y larga del año para todos, sobre todo para los chiquillos, que crecieron recordando, como yo, agregaba aquella ancianita, los hermosos días de la Navidad.

Hace ya más de 60 años que aquella vecindad fue demolida, tras registrase una gran epidemia de tifo; de sus paredes no queda hoy vestigio alguno, solo el testimonio de aquella mujer.

Juan Manuel Menes Llaguno

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