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La noche de terror de Mayra

El pasado lunes 1 de julio, Mayra salió de la farmacia en la que trabaja. Eran las diez de la noche. Caminó por avenida San Mateo, en Atizapán de Zaragoza, hacia donde debía abordar el transporte público.

Frente al club de golf que existe en esa zona, un hombre de sudadera roja y pantalón de mezclilla se le acercó por detrás, y le clavó una pistola en el abdomen.

“Vamos a caminar. Me vas a dar tu dinero”, dijo. “Tenía la voz ronca, no sonaba tan joven”, recordó ella.

El sujeto la golpeó en la cabeza y la obligó a seguir de frente. Llegaron a un baldío cercano al Teatro Zaragoza. “Empiézate a meter por la milpa y no hagas ruido”, agregó el hombre.

Era la noche de terror que el Edoméx le deparaba a Mayra. El hombre le arrebató la bolsa y comenzó a revisarla. “Como no me gusta lo que traes, te vas a tener que hincar”, le dijo.

El hombre de la sudadera le puso la pistola en la cabeza y se bajó la bragueta. “Por pendeja”, escupió. Más tarde, ordenó a la joven que se desnudara. Mayra quiso ver el rostro del desconocido, y recibió un puñetazo. Fue violada en medio de golpes e insultos.

Cuando todo terminó, el hombre revisó el teléfono de la joven. Halló la foto de un compañero de trabajo. “¿Luis? ¿Es tu esposo?”. “No, es un compañero de trabajo”. “Vamos a hablarle”. Cuando Luis tomó la llamada y oyó a Mayra, el hombre dijo: “Necesitamos cinco mil pesos antes de las tres de la mañana”.

Salieron de la milpa. La muchacha fue obligada a caminar con la vista baja. Caminaron por la avenida durante casi una hora. Luis había llamado a la familia de Mayra. La familia reunió seis mil pesos. El esposo de ella intentó averiguar si, efectivamente, estaba secuestrada, y le marcó. Mayra, con el arma en la cabeza, dijo que todo estaba bien. Por la tensión en la voz, el esposo supo que el secuestro había ocurrido. El agresor había pedido que Luis dejara el dinero en un callejón, al pie de una larga escalinata. “Ven solo, si veo algo que no me gusta, me la chingo”, advirtió.

Mientras llegaba el dinero, exigió: “Quítate otra vez la ropa, te voy a dar tu despedida”. La joven fue violada de nuevo.

Un policía vestido de civil acompañó a Luis. Dos patrullas rondaban en la oscuridad. Luis dejó el dinero. El hombre, cuenta Mayra, mandó a un cómplice a recogerlo. Cuando tuvo los billetes, le ordenó a la muchacha que corriera sin voltear, y soltó un tiro al aire.

Los policías no lo encontraron. Mayra terminó en el hospital. Vinieron entrevistas, la dolorosa declaración ante el ministerio público y una larga serie de exámenes médicos. Le pidieron un retrato hablado del agresor. “Nunca le vi la cara”, contestó ella. La respuesta fue: “¿Cómo quieres que agarremos a alguien que no tiene cara?”.

En compañía de su esposo, la joven recorrió la ruta del horror. Localizó diez cámaras de vigilancia. El agente encargado del caso le dijo que no podía revisarlas todas. “Elijan solo dos”. Como siempre, el caso no ha avanzado.

El agresor se quedó con el teléfono de la joven. Una noche llegó un mensaje de alguien que dijo ser El Castigo del Oriente. El municipio gobernado por Ruth Olvera le ofreció a Mayra un dispositivo de seguridad: una patrulla vigilaría su casa durante algunos días.

La patrulla nunca llegó. Ella dice que la voz del hombre no la va a olvidar: que nunca más la podrá olvidar.

 

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