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La pluma fuente

Pedro Sorela se preciaba de tener parientes en ocho países. Sus bitácoras de viaje, decoradas con dibujos, le servían de cantera para los cuentos en los que contagiaba su síndrome de Marco Polo. México no fue ajeno a sus intereses. “¿Qué busca aquí?”, nos preguntábamos, sorprendidos de que incluso nosotros le pareciéramos explorables.
Nacido en Bogotá en 1951, emprendió hace unas semanas su último traslado. Su alumno Javier Morales le dedicó un obituario en el que recuerda su gusto por el silencio, la patria en la que ahora se encuentra, a salvo de los ruidos.
Pedro no conocía la indiferencia. En una ocasión le pregunté dónde quería comer y exclamó con énfasis: “¡Es que me da igual!”. Incluso en la indecisión era vehemente.
Al discrepar, decía: “¡Mentira podrida!”. Sus barrocos interlocutores mexicanos sospechábamos que la discusión terminaría en golpiza, pero él recapacitaba con la nobleza con que embestía. Enfrentarlo era una incruenta tauromaquia.
Lo conocí en 1991 cuando mi novela El disparo de argón se publicó en España. Era la primera vez que un libro mío aparecía en ultramar y todo indicaba que sería la última. El editor fue despedido por sus “malas contrataciones” y su sustituto resultó ser un argentino deseoso de congraciarse con los españoles: “no esperes nada, aquí están hartos de los sudacas”, me dijo al llegar. A la presentación no asistió un solo medio español. “Es el peor acto que he organizado”, confesó la encargada de prensa con aniquiladora franqueza. Sorela, que también publicaba en Alfaguara, se propuso rescatarme, me invitó a comer y escribió una nota para El País, donde colaboraba regularmente. Aquel solitario intento de hablar de mi novela no llegó a nada porque Nadine Gordimer recibió el Premio Nobel y no hubo espacio para sacar del apartheid a un autor desconocido.
En El otro García Márquez: los años difíciles, Sorela explica que el célebre novelista fue posible gracias al ignorado periodista (por fabulaciones de la realidad, ambos eran la misma persona). Los logros se confunden con fracasos, pensaba Pedro, favorito de los equívocos. No mencionaba su origen bogotano para que no lo descartaran como autor español, pero todavía en 2016, en un foro del Diario Madrid, fue presentado como colombiano. Los enredos se extienden a la cronología: en su página, el Instituto Cervantes informa que murió en 1918. Pocos autores alcanzan el mérito, sin duda profético, de fallecer con un siglo de antelación.
Para librarse de las etiquetas de la identidad, creó países imaginarios en los que ubicó las tramas de Aire de mar en Gádor y Viajes de niebla. Aunque ya Juan Benet había propuesto el espacio ficticio de Región, esas novelas encontraron escaso acomodo en la geografía literaria española.
Sorela renunció con valentía a su trabajo en El País para consagrarse a la narrativa. Vivía en una calle que parecía inventada por él (Risco del pájaro), en una casa que parecía inventada por los hermanos Grimm. Su barba, su mirada penetrante y sus palabras enjundiosas hacían pensar en un ogro o un duende, lo cual significa que era un mago gruñón.
Desencantado de una cultura entregada al consumo y los falsos prestigios de la moda, criticaba el entorno sin dejar de proponerle alternativas. Urdió una novela sobre las pasiones y las decepciones del periodismo, El sol como disfraz, pero evitó las referencias a la prensa española que la hubieran convertido en morboso bestseller.
En la Universidad Complutense enseñó periodismo con la seriedad de quien se considera su propio alumno. Escribió con denuedo en un mundo que cada vez lo escuchaba menos. Su probada calidad no conectó con el mercado y los editores, atentos al lápiz óptico, le cerraron espacios. En México, Silvia Molina publicó su espléndido libro de relatos Ladrón de árboles. Su novela para jóvenes, Banderas de agua, parábola sobre las fronteras protagonizada por peces, no encontró el editor que merecía a pesar de la urgente vigencia de su tema.
De los muchos regalos que le debo, rescato uno. Comimos en Madrid y sacó su Pelikan para dedicar un libro. Elogié esa pluma fuente y conversamos hasta que cayó la noche. Era invierno y llevábamos abrigo. Nos despedimos; al cabo de unas cuadras, metí la mano en el bolsillo del abrigo y encontré la Pelikan.
Pedro Sorela era capaz de esos desprendimientos. Deseo, sin merecerlo, que mi escritura salga de su pluma.

 

Juan Villoro
Agencia Reforma

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