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La soledad internacional de la #4T

En materia internacional, el gobierno de la cuarta transformación parece enfrentarse a la soledad autopropuesta que, bien mirada, no sería tan negativa.

El argumento, la explicación o la justificación de esa soledad, según el ángulo desde el cual se le mire, es la reaplicación de la Doctrina Estrada, que data de 1930, hace 89 años, y choca con la abierta posibilidad de opinar y hasta intervenir en los asuntos de otros países, por lo menos en materia de derechos humanos, establecida en la era global.

La defensa de los derechos humanos en la globalización es una línea que gobiernos y todo tipo de organizaciones postula, inclusive más importante que la protección de la democracia, aunque usualmente van de la mano y, en efecto, es difícil pensar en una sociedad que sea democrática sin respeto a las garantías de los ciudadanos o donde estas imperen, pero no haya democracia.

Sin embargo, las violaciones a los derechos humanos siguen a la orden del día en todos los países del mundo, como se puede constatar en los informes anuales, o bien, en los de coyuntura que difunden respetadas organizaciones como Human Rights Watch o Amnistía Internacional.

Derechos humanos y democracia forman una ecuación donde la segunda puede dominar en un país aunque haya focos importantes de violaciones a los primeros. Es lugar común hablar del fenómeno migratorio como el rubro donde más se violan los derechos básicos de hombres, mujeres e infantes, lo mismo con los migrantes centroamericanos en Estados Unidos que con los provenientes de Medio Oriente y África en la Unión Europea.

El problema es cuando las violaciones a esas garantías y su defensa se politizan, es decir, afecta a una determinada relación de fuerzas políticas, porque usualmente tanto la violación como la defensa de ese tipo de derechos permiten enmascarar la lucha o defensa de una específica situación política.

Y eso es precisamente lo que pasa en Venezuela. De acuerdo con todos los indicios, si bien es cierto que la intervención foránea ha trabado la eficiencia de las políticas de la Revolución Bolivariana, no menos cierto es que estas han ido en picada desde la muerte de Hugo Chávez, lo que ha generado una crisis económica y social.

En esa erosión, lo que se ve ahora es el lento, pero continuo, desgaste de la base social que apoya a la Revolución Bolivariana. Y en este proceso, la defensa de los derechos humanos se ha politizado; defenderlos implica apoyar el cambio de régimen.

En la crítica y defensa de los derechos humanos hay posiciones duras, como la estadunidense, y moderadas, como la Unión Europea (UE), que, tras reuniones de su grupo de contacto en febrero, pactó otra hasta marzo, dando valioso tiempo para que el régimen del presidente Nicolás Maduro se rearticule.

Venezuela es también arena de la lucha geopolítica entre Estados Unidos y sus rivales Rusia, Irán, Turquía y China, llevando al país sudamericano a un escenario similar a los de la Guerra Fría. El que más se ha recordado en estos días es el de Cuba, tras los primeros años de la caída de Fulgencio Batista y el ascenso de Fidel Castro.

¿Se podría repetir en Venezuela lo que en su momento sucedió en la península de Corea en la década de los 50 o en Vietnam 10 años después o en África?

A lo anterior agreguemos que la erosión de la base social de Maduro existe, pero es lenta y se da en una sociedad donde varios de sus grupos, en su momento, apostaron por un proyecto, mientras la oposición no ha podido estructurarse de manera plena ante los seguidores bolivarianos, y ahora hace un nuevo intento con Juan Guaidó.

En ese marco, la posición internacional del gobierno mexicano en el tema venezolano es de riesgo, al alejarse de Washington cuando se insiste en la construcción de un muro en la frontera entre México y Estados Unidos y se acerca la época electoral, en la que el presidente Donald Trump buscará su reelección, por lo que es de esperarse que vuelva a subir el tono de su discurso antimexicano.

Es también de riesgo porque ofrece un flanco de ataque que se suma a otros que se han abierto a menos de dos meses y medio de iniciada la administración lopezobradorista.

Y, en la región, México queda aislado por su decisión de no tomar partido a favor de la salida del actual gobierno, mientras los países de más peso en el área (Brasil, Argentina, Colombia y Canadá, si vemos al norte) condenan a Maduro.

Jorge Esqueda

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