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Lealtad, agandalle y pragmatismo, sucesión en Hidalgo (1) Carlos Muñoz

El futurismo político es un deporte nacional que se practica en los medios, en las sobremesas de café, en las tardes familiares, en reuniones con amigos y que no deja de ser la sal y la pimienta de casi toda charla laboral.

Hoy, a tres años de la elección de quien habrá de suceder a Omar Fayad como gobernador de Hidalgo, empieza la guerra sucia, las filtraciones, de fuego enemigo y amigo, como clara señal de una carrera que comenzó desde el día dos del gobierno de Fayad, pero que ahora se hace más visible.

Cuando llegó la nueva camada de políticos en un gabinete carente de rostros conocidos, salvo algunas excepciones—Benjamín Rico Moreno, Martiniano Vega Orozco y Daniel Jiménez Rojo—  empezó también el escrutinio para saber quién era “el bueno”, el “delfín” de quien llegaba, y en esa especulación se señaló casi de forma unánime al que, desde que fuera alcalde Omar Fayad, ha fungido como su secretario particular: Israel Félix Soto.

Y así, se habla de que la Secretaría Ejecutiva de
la Política Pública –rimbombante nombre de la otrora Coordinación del Despacho del gobernador— fue creada, ampliada y fortalecida para, desde allí posicionar, foguear, fortalecer e impulsar al joven político con el fin de convertirlo en el sucesor natural de Fayad Meneses.

Pero nada de esto es evidencia absoluta de dicha afirmación, pues, en primer lugar, ser marcado favorito no lo pone en realidad a la cabeza ni de las preferencias de los priistas, ni siquiera en las del propio gobernador, pues más de una vez los favoritos de los gobernantes en turno, o los que aparentaban serlo, terminaron lejos de aspirar a ser sucesores de su respectivo mentor.

Por ejemplo, del gobierno de Manuel Ángel Núñez se decía que había un acuerdo para hacer su sucesor a José Antonio Rojo García de Alba, pero Núñez Soto no se preocupó por mantener un control férreo del priismo local, se dedicó a promoverse persiguiendo el sueño de la presidencia de la república y Miguel Osorio Chong creó su propia estructura alterna, selló alianzas y compromisos para que, a la hora de elegir sucesor, solo quedara él como candidato; ni siquiera le valió a Julio Menchaca Salazar –hoy senador por Morena— ser amigo personalísimo y “delfín profundo” de Núñez Soto, para pelear siquiera la sucesión.

A la llegada de Osorio Chong se “palomeó” en las mesas de café a Ramón Ramírez Valtierra como el sucesor natural del gobernador en turno y se dijo que la Secretaría de Planeación estaba hecha a la medida de Ramírez Valtierra para arroparlo, foguearlo y fortalecerlo, de tal manera que tuviera bajo su mando las políticas públicas estatales.

Así, a la vuelta de los años fue Francisco Olvera, también amigo y operador político de Osorio Chong, quien resultó ungido como candidato a gobernador tras pasar la prueba de fuego, que consistió en ganarle la presidencia municipal a Daniel Ludlow, quien, pasando de priista a panista, contaba con el apoyo presidencial, en manos de Calderón, y aparentaba ser el candidato a vencer.

Francisco Olvera tenía un par de cartas, Fernando Moctezuma Pereda y David Penchyna Grub, pero, de manera inédita, tenía un fuerte contrapeso nacional en el secretario de Gobernación y exgobernador Osorio, quien impulsaba a Nuvia Mayorga, así que desde el inicio de su sexenio todo parecía un estira y afloja entre los dos liderazgos, amén de que el Grupo Huichapan, respaldado por el procurador de la república y también exgobernador, Jesús Murillo, tenía por carta a José Antonio Rojo.

Aquí es donde jugó fuerte la experiencia y el colmillo político del entonces senador y hoy gobernador Omar Fayad, quien, recuerdo, me dijo –palabras más, palabras menos— en más de una ocasión: “sé quién es el favorito de cada uno, y no soy yo, así que prefiero ser el plan ‘B’ de los tres, y así ganar la nominación cuando empiecen a excluir, mutuamente, sus primeras opciones”.

Y, tejiendo alianzas con empresarios, grupos religiosos, políticos, así como con la venia del propio presidente, alcanzó la nominación y el sueño de gobernar Hidalgo.

Dejando de lado la creciente fuerza de Morena –de cuyo caso me ocuparé en la siguiente colaboración—, las reformas a la ley electoral estatal y la aparente debilidad que hoy merma al priismo local, la pregunta obligada es saber si Israel Félix Soto alcanzará la fuerza, el posicionamiento, las alianzas y el empuje necesario, primero, para ser candidato y, luego, gobernador, como muchos agoreros de la política predicen.

Porque, entre otras cosas, será necesaria la unión del priismo, a fin de evitar un descalabro mayor que el de 2018; unión que, si no se refleja en la elección de alcaldes el próximo año, solo significará que el gobierno de Omar Fayad podría pasar a la historia, más que por las inversiones y las estrategias de seguridad, por ser el último de cuño priista y las discusiones futuristas sobre Félix Soto serán una anécdota nimia en una gubernatura Morena.

Es temprano para una apuesta, pues faltan tres años, pero el futuro es consecuencia de los actos del presente y así como el presidente López Obrador ve caer sus cifras de popularidad –aunque seguramente él tiene otros números—también es cierto que tener el 60 por ciento de aceptación le da un respaldo que en este año, y en tres, podría ser tan definitivo como lo fue al impulsar el avasallador triunfo de Morena hace un año en tierras hidalguenses.

Nada está escrito, pero en cada acción, los protagonistas de esta novela van redactando su propio futuro y sientan las bases de lo que ocurrirá en 2022. Veremos.

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