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Les cayó como anillo al Evo

El presidente López Obrador llegó al poder con el mantra de que la mejor política exterior es la política interior. No meterse con nadie para que nadie se meta con nosotros era su argumento. Sin embargo, su gobierno ha hecho tres grandes apuestas de política exterior que tienen gran impacto en la política interior. Al revés del mantra.

La más importante fue plegarse por completo a las exigencias migratorias del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y destinar la mayor parte de la apenas naciente Guardia Nacional a perseguir migrantes en lugar de atender la grave crisis de inseguridad en el país. Fue un giro de 180 grados a la política de puertas abiertas que postulaba al llegar al gobierno y el rompimiento de la tradicional postura mexicana frente a los migrantes indocumentados.

Las otras dos fueron la de apoyar en los hechos a la dictadura de Nicolás Maduro y la de reconocer antes que nadie, solo con Cuba y Venezuela, el fraudulento triunfo electoral del boliviano Evo Morales para un cuarto mandato en el poder.

Desatada la crisis en Bolivia por las multitudinarias protestas contra el fraude electoral, la rebelión policial y la indeseable intervención política del Ejército para pedir la renuncia del presidente que lo arrinconó a dimitir, México dobló la apuesta, sostuvo su reconocimiento a Evo y finalmente concedió el asilo político.

Esta apuesta demuestra que la “no intervención” esgrimida para abstenerse de condenar a la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela era solo un pretexto. La aplicación del citado principio de política exterior depende del filtro ideológico que le ponga el gobierno de López Obrador.

La decisión de recibir a Evo Morales es oxígeno puro para el gobierno del presidente AMLO que llevaba semanas en crisis por el llamado Culiacanazo, la inseguridad y la parálisis económica.

El anuncio del asilo se ha convertido en el tema que une a los defensores de la llamada 4T y los revitaliza cuando estaban de capa caída.

Del otro lado, quienes tenían la preocupación de que López Obrador mostrara sus tendencias “chavistas”, el apoyo a Morales les confirma sus peores miedos.

La polarización se profundiza y el debate se vuelve a dar en términos maniqueos: para unos, apoyar la salida de Evo es golpismo de derecha, para los otros, dar asilo a Morales es inscribirse en el bolivarianismo totalitario.

Veremos cómo se resuelve el vacío de poder en Bolivia y si se nombra un gobierno civil que convoque a elecciones o se profundiza la intervención política de los militares que históricamente tanto han dañado a las democracias del mundo.

El asilo a la persona de Evo Morales puede ser bien recibido. Pero no se puede pasar por alto que al avalar el fraude electoral, el gobierno de México no se detuvo a escuchar las denuncias del verdadero cochinero en el conteo de los comicios, que incluyó una caída del sistema tras la cual aparecieron los miles de votos que le faltaban a Morales para proclamarse vencedor sin necesidad de una segunda vuelta.

México tampoco tomó en cuenta el pequeño detalle de que antes Morales había perdido una consulta popular para cambiar la Constitución que le prohibía volverse a postular y que, ante el resultado adverso, usó a sus leales para torcer la ley y ser candidato de nuevo contra viento y marea.

La supuesta adhesión mexicana a la “no intervención” fue tirada a la basura con el reconocimiento a la reelección de Morales.

El gobierno mexicano eligió cerrar los ojos durante todo el camino y abrirlos solo cuando escuchó a Evo gritar ¡golpe
de Estado!

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