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Lógica básica y chocarrera

Ciudad de México, 1982. El Partido Socialista Unificado de México era aún una novedad. Se había fundado a fines de 1981 por la fusión de cinco organizaciones (los partidos Comunista Mexicano, del Pueblo de México, Socialista Revolucionario y de los movimientos de Acción Popular y de Acción y Unidad Socialista). Estábamos en una reunión del Comité Central. No recuerdo el punto que discutíamos, pero sí, de manera viva, la intervención de un compañero. Se trataba de un hombre enfático, de convicciones arraigadas, buen orador, que provenía del PC y no doy el nombre porque ya murió. Lo estoy viendo ahora y han pasado 36 años. Dijo: «Compañeros, no podemos apoyar lo que hace bien el gobierno y criticar lo que hace mal… eso nos conduciría al más degradado lombardismo». Y siguió. Creo entender lo que era su preocupación central: que por la vía de reconocer algún o algunos actos y políticas del gobierno nuestro perfil opositor se fuera diluyendo, hasta eventualmente acabar girando en la órbita oficial. No obstante, entonces y ahora, esa formulación me pareció y me parece extraviada, porque las otras tres opciones lógicas que deja vivas resultan peores. Veamos.
1. Aplaudir lo bueno y lo malo. Se requiere asumir que uno se encuentra alineado con el gobierno y declinar cualquier objeción a su actuar. Se trata de la típica opción de los fans. Es decir, seguidores que, como en los deportes, sellan su identidad en el acto de creer, en este caso, en el gobierno. Suelen hablar en plural, se sienten parte de un colectivo y como buenos fanáticos no pueden aceptar crítica alguna. Una refutación es una agresión, un disenso muestra de un alineamiento malvado. Su aplauso es continuo y durable. Y la recompensa no es menor: produce una sensación de pertenencia, identidad política, sentido de cuerpo y causa. Una fórmula para trascender el aislamiento porque el opinante se adscribe a una red colectiva, una red de protección. Suele suceder, sin embargo, que la credibilidad del sumiso, entre aquellos que no pertenecen a su tropa, paulatinamente se erosiona. Al convertirse en groupie se transforma en un propagandista rutinario.
2. Criticar lo bueno y lo malo. Es la cara radicalmente opuesta a la anterior. Si el primero es un aplaudidor profesional del gobierno, éste es un crítico absoluto, entusiasta y sin matices. No puede reconocer algún acto o política venturosa porque siente y resiente que su identidad opositora se deslava. No pocos han construido graníticas famas públicas como fustigadores agudos a base de no apreciar ni un gramo de virtud en las políticas que despliega el (o los) gobierno(s). Por supuesto que ello también proporciona una clara identidad, prestigio en algunos círculos, gloria entre los suyos. Es más, es una derivación natural de un cierto espíritu público que acabó por convertir el siempre pertinente antiautoritarismo en un reflejo inercial antiautoridad (sea la que sea). Sobra decir, que al igual que el primero, se vuelven predecibles, maniqueos e inexactos.
3. Apoyar lo malo y criticar lo bueno. Es la otra posibilidad lógica. Aunque para ejercerla hay que romper con todas las leyes de la lógica. Convertirse en un payaso y militar contra las convicciones propias. Llevar la contraria por el simple gusto de hacerlo. Pasearse en el escenario público como un excéntrico, una figura caprichosa y ocurrente; bueno, casi un chalado.
Lo cual nos conduce al inicio. No hay, y menos en democracia, más que una sopa lógicamente pasable: apoyar lo que nos parezca bien y criticar lo que nos resulte preocupante o descarriado o contraproducente o… Quizá sea más complicado que optar por las posiciones 1 y 2, quizá no genere «protección y abrigo» como dice la canción, pero parece ser lo único medianamente sensato.
(Por último, las claras debilidades del juego. Existen gradaciones: oficialistas dispuestos a aceptar errores del gobierno y opositores que reconocen sus aciertos. Y además no es lo mismo percibir 9 acciones buenas y una mala o 1 buena y 9 malas o, digamos, 5 y 5. También, no es lo mismo opinar sobre el gobierno en regímenes democráticos que en autoritarios o, peor aún, en dictatoriales. Por ello, no me digan que el texto es burdo porque en efecto lo es. Se trata de una simplificación para subrayar solo una idea. Si es que la hay).

 

José Woldenberg
Agencia Reforma

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