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Los empeños de una casa

Un misterioso efecto del cambio es que al proponer un futuro renueva el pasado. El próximo presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ha instalado su equipo de transición en una casa de la colonia Roma que antes sirvió a un propósito digno de recuerdo. En agosto de 1965 ahí abrió sus puertas el Centro de Teatro Infantil. La directora era mi madre, Estela Ruiz Milán, psicóloga dispuesta a convertir emociones y arrebatos infantiles en puestas en escena.
Siguiendo la tradición de los cómicos de la lengua, recorríamos las calles disfrazados de “gigantes y cabezudos” para que los vecinos nos siguieran a la casona donde se ensayaba en los sótanos y se representaba en el patio. Esta labor proselitista tenía éxito en tiempos donde las flautas y los panderos pertenecían a las redes sociales.
En 1966, poco antes de cumplir diez años, participé en un montaje que los años volverían premonitorio: El traje del emperador, de Hans Christian Andersen. En el sitio donde López Obrador recibe incontables peticiones y escucha la monocorde melodía del elogio, un elenco infantil representó la vieja historia de un monarca sometido a la adulación.
López Obrador recibió más de treinta millones de votos, el doble que hace seis años. Y no sólo eso: sus adversarios se le han acercado. Horas antes de que el Instituto Nacional Electoral ofreciera datos provisionales, el PRI reconoció su derrota. En términos de dramaturgia electoral, fue un gesto de civilidad. Pero las cosas importantes de nuestra política ocurren en la tramoya, conocida como “lo oscurito”. Incapaz de ganar, el PRI capitalizó su derrota. En aras de un “interés superior”, se hizo a un lado como quien sella un pacto para no ser perseguido. Afines a esta actitud, comentaristas que habían repudiado a López Obrador como candidato le descubrieron virtudes como triunfador. Durante la campaña, Alejandro Moreno Cárdenas, que gobierna Campeche bajo la enseña del PRI, ofreció dar a López Obrador la educación que no recibió en casa. Al saber que su partido reconocía la derrota, se apresuró a felicitar al licenciado ganador.
Este teatro de los aplausos recuerda el momento en que el emperador de Andersen recibe una prenda imaginaria que todo mundo celebra. Está en calzoncillos, pero el fervor popular le hace creer que lleva ropas magníficas. El engaño prospera con el contagioso efecto de las fake news hasta que un niño grita: “¡El emperador está desnudo!”.
Seguramente, López Obrador es más refractario al consenso súbito que el personaje de Andersen; sin embargo, como al destino le gustan las advertencias, ha situado al político que tendrá mayoría en el Congreso en el escenario donde se representó una fábula sobre las perniciosas consecuencias del poder absoluto.
El traje del emperador fue dirigido por María del Carmen Farías, quien tuvo como asistente a Jaime Nualart, actual embajador en Tailandia. La música fue compuesta por Eugenio Toussaint, que se convertiría en un jazzista fuera de serie. Sus hermanos Cecilia, Fernando y Enrique formaron parte del elenco, al igual que los hermanos Bermejo. El reparto incluía a estupendos músicos del futuro. Otro de los actores, Ramón Saburit, hoy organiza el Encuentro de la Voz y la Palabra. Mi hermana Carmen, poeta que dirige la Cátedra Fernando del Paso, fue dama de la corte. Bernardo Schurenkämper, nuestro provisional monarca, ya murió, al igual que Eugenio y Fernando Toussaint.
Hace más de medio siglo, la casa donde hoy se planea un país fue un semillero artístico. El tiempo encuentra maneras de volverse extraño. ¿Qué podemos decirle a quien arrolló en los comicios? Las opiniones de la vida adulta pueden parecerse al fantasioso traje del emperador. Más verdadero es lo que dijimos de niños en las habitaciones donde ahora despacha el futuro presidente de México.
Como los poetas se adelantan en todo, ya en 1683 sor Juana Inés de la Cruz había abordado el asunto en su comedia Los empeños de una casa: “Era de mi patria toda/ el objeto venerado/ de aquellas adoraciones/ que forma el común aplauso;/ y como lo que decía,/ fuese bueno o fuese malo,/ ni el rostro lo deslucía/ ni lo desairaba el garbo,/ llegó la superstición/ popular a empeño tanto,/ que ya adoraban deidad/ el ídolo que formaron”.

 

Juan Villoro
Agencia Reforma

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