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Los volados

La historia de los volados, como instrumento aleatorio para tomar decisiones, ante condiciones de incertidumbre, debe ser tan antigua como el surgimiento de la moneda, instrumento de cambio, según su peso y composición material, normalmente realizada en forma de disco, a base de metales diversos, cuyo valor intrínseco o legal facilita el comercio.

Toda moneda de metal presenta dos partes, llamadas la una, anverso o cara principal, y la otra, reverso o lado posterior, en las que se distinguen insignias o grabados del país y autoridad que las acuña o legitima en la mayoría de los países del orbe se les conoce como cara a la primera y como cruz a la segunda, en México se denomina al anverso sol y al reverso águila, lo que derivó de las insignias en las monedas de cobre de 20 centavos –acuñadas entre 1930 y 1975– que tenían en la primera cara la figura de la pirámide del sol construida en Teotihuacán y del águila del escudo nacional en la otra.

En razón de las características descritas, las monedas de metal se convirtieron en objeto de un peculiar juego de azar, operado mediante su lanzamiento al aire procurando que la moneda diera vueltas a efecto de que la eventualidad, al caer, dejara al descubierto el anverso o reverso, de esta forma la apuesta por cualquiera de las dos caras permitía que la suerte decidiera situaciones de indecisión y es a lo que en México hemos llamado tradicionalmente “volados”, juego aleatorio o de azar que deja a la suerte del águila o sol el futuro y la fortuna de personas o cosas.

Hace ya decenas de años que los volados se juegan tanto en las pequeñas comunidades como en las grandes ciudades, en los barrios pobres o en las colonias acomodadas y forma parte de la cultura que se hereda, pero también de la que se lega a la posteridad, sus reglas no están descritas en ninguna ley pero todos las conocen y las respetan sin necesidad de intermediación alguna.

El Pachuca de mediados del siglo pasado enseñó a aquilatar en toda su magnitud el auténtico valor de los volados y la legitimación de su existencia, y puedo asegurar que mis contemporáneos aprendieron la experiencia que significaba jugarse en un volado la exigua raya que nos otorgaban nuestros mayores, El domingo, frente a un contrincante a veces desconocido y otras tantas de la misma parvada. Era el todo o nada, la satisfacción de ganar o la infelicidad de perder, pero en todo caso el orgullo de respetar la decisión de la diosa fortuna.

Pero permítanme recordar un ejemplo que bien ilustra aquellos días de nuestra niñez a fines de los años cincuenta, surgido de la aparición de álbumes de estampas sobre diversos temas, que debían llenarse mediante la compra de pequeños sobres en los que se contenían fotografías o grabados que se pegaban en la medida de su aparición, en espacios previamente impresos en cada hoja. El reto era llenar aquel cuadernillo al paso de uno o dos meses.

El negocio era redondo para los editores de aquellos álbumes, pues mucho trabajo costaba conseguir las doscientas o trescientas estampas que integraban aquellos libelos, lo que implicaba adquirir cientos de sobres para obtener todos los grabados, ello propiciaba acumular enormes fajos de estampas repetidas, que les llamábamos papelitos, los que podían intercambiarse con otros coleccionistas, en la escuela o en la calle, frente a los expendios de estampas: La dulcería Canel´s de las calles de Guerrero, el puesto de El Gordo en la cuchilla; El Caribe, en Abasolo, y otros más.

Aquella moda generó entre muchos de los integrantes de mi generación el espíritu coleccionista que trascendió a otros muchos objetos. Pero regresemos a vivir aquellos años entre los coleccionistas de álbumes como: Caminos del Mundo que apareció en 1957, en el que se contenían imágenes históricas de todos los transportes terrestres, marítimos, pluviales y aéreos. De ese álbum hubo una estampa, la número 332, relativa a un automóvil marca Lancia Aurelia, que fue tan difícil de conseguir, que por ella no pude concluir mi colección.

En la búsqueda de esa estampa, participé muchas veces en el juego de volados, apostando fajos de papelitos, actividad que juntaba a decenas de chiquillos frente a los negocios de venta. ¿Ahí les va, de todos estos, quien le atora?, decía un mozalbete con voz aguda y no faltaba el que contestaba sacando un fajo similar: “échamelo”; acto seguido la moneda se lanzaba muy alto y todo mundo corría hasta donde caía, sin levantarla; en seguida el perdedor entregaba el fajo comprometido. En algunos casos, cuando el montón apostado era muy grande se buscaba un depositario cuya misión era entregar al ganador los dos montones apostados.

Este juego de suerte se trasladó a los vendedores de merengues o paletas, quienes por cierto gozaban, a mi leal saber, de buena fortuna, aunque hubo quien atribuyó todo a una técnica específica para lanzar la moneda al aire. Así aprendimos en la niñez el valor de los juegos de azar que en México tanto se respetan.

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